A juzgar por la cantidad de veces que figura el nombre de Christian Zacharias en los carteles del Auditorio Nacional se diría que esta es una de sus salas favoritas. El pianista se ha ganado una sobrada reputación como intérprete solvente del repertorio, llamémoslo así, clásico, y por tanto nadie quiere perderse una velada prometedora que incluye sonatas de Haydn, una Suite francesa de Bach y la grandiosa Sonata para piano núm. 18 en sol mayor, D.894, de Schubert. También los amantes de las sonatas de Scarlatti están de suerte, porque aunque no figure ninguna en el programa, uno ya se imagina que ofrecerá una de tantas como propina.

Tal vez se haya disgustado Zacharias en esta ocasión: a poco estuvo de interrumpir el recital por dos veces, con motivo de sendas llamadas telefónicas que alguien recibió y no cortó a tiempo. El pianista renegó con la cabeza con gesto severo, se paró en mitad de las propinas, y luego, al continuar tocando, ya desconcentrado, erró llamativamente. ¿Hasta cuándo Catilina -habría dicho Cicerón -seguiréis abusando de nuestra paciencia? Uno se plantea seriamente la idoneidad de hablar de estas molestias en una reseña, pero hay que señalar que afectan realmente al devenir del recital, y que además son absolutamente evitables.

Christian Zacharias
© Constanze Zacharias

Se presentó, pues, Zacharias en el escenario, y sin apenas dar tiempo a percibirle ya estaba interpretando la Sonata en do mayor, Hob XVI:21, de Haydn. Resultó muy interesante verle dominar la estructura a través de una atención constante al fraseo y a la articulación de unas líneas contrapuntísticas que exigen diálogo continuo, y que se desenvuelven en el contratiempo, con enfoques rítmicos y acentuaciones que se enfrentan constantemente a lógica del compás de dos por cuatro. Resaltó Zacharias por su extraordinaria limpieza en el sonido y por el uso bien perfilado de una dinámicas apropiadas al estilo. Y además se mostró impecable con el uso del pedal, un enfoque arriesgado que sin duda habrá llamado la atención de los más puristas. Suponemos, en todo caso, que tal vez un poco menos de su uso habría redundado en una mejor audición de las líneas melódicas del tercer movimiento, que, por vertiginoso, puede producir una cierta confusión melódica. No obstante, en conjunto, los tres caracteres más perceptibles de la sonata –majestuoso, contemplativo y fogoso– fueron estructurados de suerte que la obra se proyectó como una unidad completa y coherente, y no como tres simples movimientos consecutivos.

Tal vez fue este problema de estructura el que se percibió con mayor notoriedad en la Sonata de Schubert, probablemente por su fuerte condición de Fantasía, aunque respete la forma sonata. Es una obra de una riqueza creativa extraordinaria (todos sus entresijos se encuentran profundamente detallados en el programa de mano); con un desarrollo intenso y emocional de los materiales temáticos, y con una considerable duración. Todos estos elementos crearon un severo contraste con las obras precedentes, de materiales y desarrollos más escuetos y concisos, propiciando la sensación de un discurso musical más o menos divagante, que en todo caso benefició Zacharias con un sonido brillante y sin fisuras, y con unas capacidades rítmicas que sin duda impulsaron hacia delante toda la interpretación. 

En el otro extremo de estos dos grandes compositores nos presentó Zacharias una fantástica versión de la Suite francesa num. 2 en do menor, de Bach, en esencia, no demasiado dispar a otras interpretaciones con respecto a los tempi de cada danza, pero muy personal en cuanto al enfoque sonoro y al uso de los pedales. Se dio aquí una muestra de comunicación extraordinaria donde parecían convivir los elementos contemplativos con los bailables en una suerte de entramado musical completo. Muy eficaz en los ritmos e incontestable con la articulación y el contrapunto, proyectó un fraseo coherente entre las distintas voces que no requirió para su descubrimiento ningún esfuerzo por parte del oyente. Agradecimos, por el simple placer de poder escucharle por más tiempo, que considerase idiosincrásico de la obra interpretarla respetando todas las repeticiones: confiamos, deseamos, mejor, que para una próxima ocasión quiera el pianista incluir también los minuetos en esta Suite, que en algunas ediciones no aparecen y que siempre echamos de menos los apasionados de la música de Bach.  

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