El primer concierto del año del ciclo sinfónico de la Orquesta Nacional de España sufrió también las inclemencias de la borrasca Filomena que llevó a cancelar la primera de las veladas habituales y, además, modificó sustancialmente el programa. No faltó a la cita el director finlandés, Santtu-Matias Rouvali, pero en vez de incluir las piezas programadas de Sibelius, se presentó el Concierto núm. 2 para piano y orquesta de Camille Saint-Saëns de las manos de Eduardo Fernández. Fernández hubiera debido tocar el domingo pasado también con la OCNE pero no pudo ser y por ello el programa de anoche se modificó, proponiendo dos piezas que en efecto mantienen una afinidad por su riqueza melódica, su impulso y sus contornos nítidos. Dos compositores que tienen algo de clásico y romántico a la vez.

Santtu-Matias Rouvali en la dirección y Eduardo Fernández al piano © Rafa Martín | OCNE
Santtu-Matias Rouvali en la dirección y Eduardo Fernández al piano
© Rafa Martín | OCNE

El concierto de Saint-Saëns, compuesto en 1868, muestra sus peculiaridades desde el comienzo con esa apertura para el piano en solitario, con inevitables ecos bachianos, en un tiempo no demasiado vivaz y un despliegue paulatino del material. Fernández mostró buenas dotes técnicas desde el comienzo, con un toque más bien liviano, ágil, capaz de abarcar todo el teclado con facilidad, sin embargo le faltó incidir en la gravedad de los bajos en algunos momentos y sí que se notó, especialmente en el primer movimiento, un uso del pedal algo abundante. La orquesta en cambio sonó rotunda, con un buen empaste, especialmente en la madera, y con una notable sonoridad, aportando esa falta decisión que sin embargo faltó por momentos al piano. El equilibrio entre ambos no fue de los mejores, tendiendo a cubrir la orquesta al solista, aunque sí se mostraron bien sincronizados en los tempi y en el fraseo. En el segundo movimiento, destacó especialmente la cuerda en esos pasajes en pizzicato tan característicos; Fernández se mostró elegante en la articulación de las melodías y el diálogo con la orquesta fue más fluido. El último movimiento fue probablemente el más conseguido, aunque faltó igualmente un poco de ímpetu y decisión por la parte pianística y hubo cierta sobreactuación en la parte orquestal.

La Orquesta Nacional con Santtu-Matias Rouvali al frente © Rafa Martín | OCNE
La Orquesta Nacional con Santtu-Matias Rouvali al frente
© Rafa Martín | OCNE

La Sinfonía núm. 6 en do mayor de Schubert es considerada una de las obras tempranas del autor y fue compuesta en 1817. Obra no demasiado interpretada, no está empero exenta de las invenciones melódicas y la capacidad de sorprender típicas del autor. Sin duda mantiene una deuda con el universo de Mozart y Haydn, aunque incorpora elementos de la ópera italiana, especialmente rossinianos. Todo ello, lleva a una pieza que mantiene el equilibrio entre lo tradicional de la forma y las ganas de experimentar en la paleta de colores. Se mencionaba a Mozart y a Haydn, pero lo cierto es que la lectura de Rouvali llevó la sinfonía más hacia la región beethoviana. Desde el principio, las dinámicas apuntaron más hacia dimensión de gran orquesta (aunque en realidad el orgánico era más bien reducido) y también Rouvali mostró una predilección por unos tiempos bastante vivaces y eléctricos. Esto llevó a perder algunos matices y filigranas, en favor de una sonoridad pujante y pletórica. En general las pautas marcadas desde el primer movimiento, se mantuvieron constantes a lo largo de la obra. Rouvali sacó un color interesante de la Orquesta Nacional, trabajando bien en las combinaciones de la madera y sacando a relucir el metal y la percusión cuando se presentaba la ocasión. Puede decirse que Rouvali optó por sacar a Schubert del universo clásico e introducirlo en un mundo más robusto y menos amable. En parte funcionó y la lectura no dejó de ser coherente, pero aun así la sensación fue de perder la elegancia y los pasajes más delicados, por ejemplo, del Andante quedaron más bien desdibujados; el Allegro Moderato final no fue especialmente moderado, sino que sufrió un vértigo de aceleración, que aventajó la pulsión rítmica sobre el resto.

En su conjunto, el concierto se ejecutó con buena maestría y sin fisuras, aunque las elecciones interpretativas de ambas piezas, tanto por parte del pianista (en la primera parte) como del director (en la segunda), no nos dejaron un recuerdo memorable. El público, por lo general caluroso, apreció la interpretación, pero sin demasiado entusiasmo en un Auditorio semivacío. En todo caso, probados por las múltiples durezas del periodo, no debemos olvidar el esfuerzo de una Orquesta ejemplar a la que se ha de agradecer que con sus notas ayuden a derretir el hielo, el real hoy y el metafórico de estos meses difíciles.  

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