Una reseña biográfica del pianista Piotr Anderszewski que figura en la página del Círculo de Bellas Artes, institución que ha albergado el recital al que hoy nos referimos, afirma que el músico es reconocido por la “intensidad y originalidad” de sus interpretaciones. No parece, a priori, cosa fácil otorgarle más originalidad al segundo libro del Clave bien temperado, toda vez que podemos contar por decenas los pianistas de todas las generaciones que han afrontado esta inquietante partitura, y casi siempre con resultados interesantes. El pianista polaco nos ha ofrecido una selección de nueve preludios y fugas pertenecientes a este gran corpus, y tal vez podamos afirmar, con el permiso de los más puristas, que nos encontramos ante una nueva versión de referencia de esta gran obra. Quienes no hayan podido estar en este recital tienen la oportunidad de apreciar la interpretación de Anderszewski cuando deseen, a través de una grabación que ha aparecido recientemente. 

Decía “con el permiso de los más puristas”, porque aquí no van a encontrar una interpretación de esas que pretenden aproximarse al timbre o a la idiosincrasia del clavicémbalo, y que reducen la ejecución pianística a un tratamiento somero de las dinámicas y a un ataque más bien seco –creo que ya está más que superada esa visión según la cual El clave está compuesto para un instrumento singular y que el pianista debe esforzarse por emularlo en su interpretación. Destaca precisamente la interpretación de Anderszewski por el empleo de todos los recursos mecánicos del piano y por una variedad en el ataque y la dinámica que, sin duda, favorece la recepción de las voces de manera aislada, y del entramado contrapuntístico en su totalidad.

El pianista Piotr Anderszewski
© Robert Workman

Ya se pudo apreciar desde el do mayor inicial propiciado por la nota pedal que da comienzo al ciclo que íbamos a asistir a ese enfoque de “intensidad y originalidad” prefigurado en la reseña biográfica. Sin ser particularmente escueto en el uso del pedal derecho, dejó fluir las líneas de este preludio inicial con total claridad, a la manera del mejor organista, para luego recatarlo en el ataque de la vertiginosa fuga y permitirnos apreciar, como he dicho, cada línea de manera individual, sin vérselas en ningún momento con dificultades técnicas o notas falsas que pudiesen menoscabar la dirección del discurso.

Así que de momento nos encontrábamos ante una interpretación intensa de este primer ejemplo, y ante una suerte de anticipo de lo que iba a acontecer. Pero la expectación continuaba, pues este segundo libro del Clave, insiste en una profundidad en la declamación y en el impacto, que en ocasiones puede verse comprometida por la mayor duración de sus partes –también por la repetición de estas–, pudiendo provocar que el discurso se tambalee. En esto se dio también maestría; no solo en la habilidosa selección de los preludios y fugas, generalmente contrastantes en carácter, sino también en las meticulosas transiciones entre las piezas: el tiempo justo para continuar un discurso que en el fondo rehúye vacíos, y para mantener la atención exclusivamente en la música de Bach, y no en su intérprete.

También es necesario ajustar minuciosamente el tempo de cada pieza para que todo el entramado tenga sentido unitario, dada la selección. Algunos autores sostienen que la elección del tempo adecuado supone uno de los problemas más importantes para un intérprete, y más aún cuando el compositor no lo específica. Este es un problema que Anderszewski ha resuelto hasta sus últimas consecuencias; citemos, por ejemplo, la magistral conducción en el tiempo de las cuatro voces de la fantástica fuga número 8, que nos sobrecogió con su melancólica y pausada profundidad, coronada con una consoladora cadencia picarda.

Alejado completamente del artificio y de la originalidad debida a su propia figura o a sus gestos, Anderszewski se sometió intensamente a la declamación de las voces, que en el fondo es de lo que se trata esta música. Decía Forkel que el propio Bach “consideraba las voces de sus partituras como si fueran personas conversando juntas (…) si había tres, cada uno podía permanecer en silencio y escuchando a los otros hasta que tuviera algo que decir con algún propósito en la conversación” [David Ledbetter, Bach's Well-tempered Clavier]. Este es el diálogo musical que se percibió constantemente en el concierto y para el que se valió del piano empleando todos sus recursos con moderación, pero con una eficacia extraordinaria.

No podía ser de otra manera; solo los aplausos y los focos nos sacaron de la profunda meditación en que Bach y Anderszewski nos habían sumido durante estos inolvidables sesenta minutos, tras los cuales aún nos regaló otra brillante interpretación, en esta ocasión el preludio en fa menor del segundo libro del Clave. Sólo nos queda reconocer que ya estamos deseando volver a ver a este pianista extraordinario.

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