Hace más de una década que Plácido Domingo parecía entrar en su etapa final. La edad y su querencia por los papeles wagnerianos de más peso vaticinaban que la voz, que ya había alcanzado logros históricos, no aguantaría más. Los aficionados corríamos entonces a escucharle en lo que parecía iba ser la última oportunidad. No podíamos estar más equivocados: hoy, tantos años después, ha explorado nuevos territorios que parecían entonces impensables y sigue ofreciendo lecciones de gran canto.

Plácido Domingo (Macbeth) en la versión de concierto de la ópera de Verdi en el Real © Javier del Real | Teatro Real
Plácido Domingo (Macbeth) en la versión de concierto de la ópera de Verdi en el Real
© Javier del Real | Teatro Real

Como cada año, nos visita en Madrid para delirio del respetable, esta vez con ese Macbeth que ya ha paseado por toda Europa. Tras una vida de papeles verdianos, Domingo puede encarnar al desdichado rey con total credibilidad. Cantante y personaje se fusionan sin que uno domine al otro y, una vez más, exhibe ese arrebatador carisma escénico que es su principal seña de identidad. En la parte vocal, es obvio que el color no es de verdadero barítono, pero obsesionarse en este punto es perderse lo mejor que un gran artista tiene que ofrecer. Hay mucho más, Domingo posee una dicción ejemplar -necesaria para esta “obra de palabras”-, una emisión aun lustrosa en el agudo, suficiente caudal y un fiato inesperadamente largo. Supo además reservar sus fuerzas, sin desgastarse inútilmente en concertantes a todo volumen, a la espera de su aria final, un “Pietà”  estelar, pleno de patetismo, rabia e infortunio. El placer único de escucharle está en esa sabiduría en el canto, en el fraseo sagaz, lleno de emoción, y en esa manera tan reconocible que tiene de abrir las vocales en el agudo, que seduce porque solo le funciona bien a él; en definitiva, en poder contemplar un pedazo de historia en el presente.

La otra estrella de la noche fue la italiana Anna Pirozzi, experta en esos papeles retadoramente demandantes como Abigaille, Norma o esta Lady Macbeth. Defiende con nota la etiqueta de soprano dramática de coloratura: posee un agudo penetrante -squillante hasta hacerse furioso- y una zona baja marcadamente sólida. Puede además presumir de agilidades cómodas, bien cinceladas y magníficos ataques para los staccati. Es, en todo caso, una cantante que da lo mejor de sí misma en los pasajes de fuerza y reduce emociones en las dinámicas, medias voces y pianos. Así, estuvo soberbia y llena de inquina vocal en los dos primeros actos y bajó el nivel en su escena nocturna, de carácter más íntimo. Hay que agradecerle además la prudencia y generosidad en los dúos con Domingo, a sabiendas de que merendarse a un mito viviente le puede pasar factura a la reputación.

Para completar el cuarteto de solistas principales tenemos en primer lugar al correcto Branco de Ildebrando D'Arcangelo con un bello color, empuje y una pasión algo forzada. La gran sorpresa de la noche llegó con el Macduff de Brian Jagde, con una voz potente, repleta de salud, de color brillante, buen legato y homogénea en el paso de registros. Una voz de tenor redonda que levantó justificados “Bravos” tras su impecable “O fligli”.

El coro, el otro gran protagonista de la obra, sobrecogió en sus intervenciones a plena voz y mostró nobleza y un delicioso espíritu lírico y balsámico en su “Patria oppressa”. Rotundo y fiable, estuvo tan solo incomodo en las dinámicas al comienzo del tercer acto. Un momento que demuestra, que si los coros de Macbeth se han criticado por sencillos, esconden aprietos que no deben subestimarse. 

Hay que reconocerle a la orquesta la fuerza y energía explosiva necesarias para impactar en los momentos en forte, en los concertantes, y en sus acompañamientos al coro. Pero Macbeth es más que eso. Si en esta obra la intensidad dramática es obligación de los cantantes, lo sobrenatural y misterioso emerge del foso; y es aquí, en este punto, donde la dirección de James Conlon se quedó corta. Hubo buen oficio, pero poco trabajo en el fraseo, en esos detalles que faltaron en el aquelarre sin magia del tercer acto, o en una escena del sonambulismo sin misterio ni evanescencias oníricas.

A sus 76 años, y diferencia de otros cantantes que se empeñan en prolongar su carrera, a Domingo no hay que perdonarle nada en este papel. Lo demuestra en este fin de temporada del Teatro Real, triunfando en esta versión semiescenificada y acompañado de un buen cartel. Y puestos a hacer predicciones, tras haber comprobado que lo imposible a veces sucede, confiamos en seguir aplaudiéndole dentro de una década, o incluso más.

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