El Teatro de la Zarzuela estrena su segunda y última zarzuela de una temporada atípica por el predominio de la ópera, la fundamental —y fundacional— Jugar con fuego de Barbieri. La atrevida y entretenida actualización propuesta por Marina Bollaín acierta gracias a la coherencia de su visión y un elenco en el que tanto protagonistas como secundarios se desenvuelven con convicción y soltura.

Hacía más de cuarto de siglo desde que este título se viera aquí por última vez, en una producción de corte más bien tradicional de Miguel Narros. Esta de Bollaín abre de forma chocante: antes de arrancar la música, imágenes y sonido nos trasladan a los aledaños del Bernabéu en los momentos previos a un partido, pero la apuesta es coherente, está bien trabajada y, lo más importante, funciona. La acción pasa de la corte de Felipe V en el palacio del Buen Retiro a las dependencias de un estadio antes, durante y después de un partido. Los decorados depurados de Blanca Añón, realzados por la inteligente iluminación de Marc Gonzalo, ofrecen un marco realista y eficaz para la trama de amoríos e intrigas, y además aportan su propio toque de humor: no es habitual que el público de la Zarzuela reaccione audiblemente ante una escenografía, pero la del acto II, que representaba la sala de trofeos, despertó muchas carcajadas.

Los vídeos de Félix Bollaín y la ambientación sonora de Lucas Laverty se integran bien en el conjunto, siendo especialmente conseguida la fusión de proyecciones, acción y sonido del cuadro final, con el marqués de Caravaca y los locos que le dan su merecido, aquí transformados en ultras amenazantes. La directora reescribe los hablados de Ventura de la Vega e interviene puntualmente en la letra de los cantados, para mantener la coherencia de su lectura. Estas libertades motivaron cierto rechazo, pero lo cierto es que la versión respeta, sin cargar las tintas, las dinámicas de poder entre los personajes, subrayadas hábilmente por el vestuario de Teresa Mora, y más allá del voseo y el uso de títulos, no chirría.

Ruth Iniesta hizo de la duquesa de Medina una joven viuda de armas tomar, igualmente cómoda como actriz que como cantante, con dicción cuidada, emisión clara y voz poderosa. Fue la gran triunfadora de la noche: brilló en sus dúos —notable el agudo final del dúo de la carta— y la prolongada ovación a su ciertamente espectacular interpretación de la romanza del acto III “Un tiempo fue que en dulce calma” pedía un bis, que no llegó. Alejandro del Cerro conquistó con su interpretación del enamorado Félix, ataviado con un ridículo disfraz de mascota que acentuaba la precariedad de su situación y del que sacó buen partido con su admirable vis cómica. Algo engolado pero de emisión segura y buena proyección, cantó con mucho gusto; su romanza “La vi por vez primera”, la interpretó con marcado lirismo. Estentóreos David Lagares como el duque de Alburquerque y José Antonio López como un marqués de Caravaca particularmente baboso e indeseable: el exceso de volumen refleja, quizás, la soberbia de unos personajes que el barniz de respetabilidad aportado por sus trajes no logra ocultar. Los protagonistas estuvieron bien acompañados: Zaira Montes, muy elegante en el rol hablado de la condesa de Bornos, amiga de la duquesa, y Manuel de Diego, divertidísimo en Antonio, primo metepatas de Félix disfrazado de balón de fútbol, que además de ser un cómico gracioso bordó su escena cantada con los ultras locos en el acto III.

El Coro del Teatro de la Zarzuela se entregó en sus diversos cometidos como vendedores, invitados del palco de honor y ultras locos. Álvaro Albiach defendió con brío la partitura italianizante de Barbieri, destacando su control en los grandes finales concertados de los actos I y II, así como el largo intermedio antes del acto III y el preludio que le sigue, de marcado carácter español —fue un error mantener las luces de sala encendidas durante estos pasajes orquestales, ya que se interpretó como una licencia para conversar en voz alta, aunque sonase la música.
En los saludos finales, hubo calurosos aplausos para todos los intérpretes; también para el equipo escénico, aunque tuvieron que compartirlos con algunos abucheos, a mi juicio inmerecidos. Es natural que existan discrepancias estéticas, y quien esperase una ambientación dieciochesca preciosista desde luego que podría sentirse defraudado, pero de lo que no cabe ninguna duda es de la calidad del trabajo de Marina Bollaín y su equipo.

Si Ventura de la Vega cambió la ambientación de la obra en la que se basó, Madame d’Egmont ou Sont-elles deux? de François Ancelot y Alexis Decomberousse, trasladando la acción de París a Madrid, Bollaín mantiene la acción en Madrid pero nos acerca la trama al presente. Las emociones y las motivaciones de los personajes permanecen intactas y nos llegan con viveza. Fue una estupenda velada de teatro cómico musical y las apenas dos horas de la representación pasaron volando.




















