Plato fuerte de la primera edición del festival Escena Escorial, @Carmen. The reel story, basado en Carmen de Bizet, se presentaba como una ambiciosa relectura del clásico, con el reclamo de una Carmen de referencia, la mezzosoprano francesa Gaëlle Arquez. Si musicalmente Arquez cumplió con creces las expectativas, su excelente interpretación no bastó para rescatar una propuesta que no terminaba de cuajar.

Lo ofrecido no fue una mera selección musical de la ópera de Bizet, sino una versión fuertemente recortada con el objeto de imponerle un enfoque concreto. Cabe saludar la honestidad de haberle puesto un título nuevo, cuyo juego de palabras en inglés apuntaba a la naturaleza de la propuesta y a sus intenciones: la verdadera historia de Carmen, contada a través de las redes sociales. Gestado en el seno del centro de creación artística Brava Arts, el espectáculo es una coproducción de la Fundación ORCAM y el Festival Paax GNP de Cancún, donde fue estrenado el pasado julio, bajo la batuta de la mexicana Alondra de la Parra, directora artística de ambos festivales además de directora artística y titular de la ORCAM.

La adaptación se centra en el personaje de Carmen, en detrimento de los demás: Micaëla desaparece totalmente y con ella, buena parte del papel de don José. Esta mutilación musical y dramática del personaje lo aplana y acerca a la caricatura. Quedan igualmente eliminadas la trama de los contrabandistas y las escenas costumbristas que no encajan con la nueva dramaturgia ideada por la directora de escena Bárbara Lluch y el colectivo Brava Arts. El dispositivo escénico se reducía a dos pantallas electrónicas que se desplazaban por el escenario y que la mayor parte del tiempo hacían las veces de los móviles de don José y Carmen, ventanas a sus universos respectivos.

Más allá de las consideraciones éticas relativas al uso de una tecnología basada en la apropiación del corpus artístico y literario de creadores sin su consentimiento, los vídeos e imágenes generados por inteligencia artificial dieron una nota de pobreza estética y pereza intelectual —incompatibles ambas con la excelencia artística. No por ello carecía la propuesta de impacto emocional. Lluch y Brava Arts meten a su don José en un chat al estilo Pelicot en el que se ofrecía el cuerpo de una mujer para abusos no consentidos, muy duro de leer, y la agresiva presentación de diapositivas que acompañó la obertura, alternando titulares de crímenes machistas con imágenes alteradas de referentes destacados de la machosfera, desde Donald Trump hasta Andrew Tate, junto con citas que los retrataban, golpeaba al espectador como una bofetada tras otra con su hábil control del ritmo. A pesar de los aciertos, hubo más ocurrencias que hallazgos, algunas de las cuales minaban la fuerza dramática de la historia, como el traslado de la reyerta entre don José y Escamillo a la realidad paralela de un videojuego o los mensajes de Zuniga a don José, con emoji de trompeta incluido, que provocaron risas en el momento clave de la retreta.

Musicalmente, tampoco puede hablarse de una función redonda. Si bien De la Parra mostró garra en la apabullante obertura, perdía fuelle y tensión dramática en las arias y hubo desajustes molestos entre foso y coro. Este tuvo una bella prestación vocal, sobre todo las voces femeninas, pero actoralmente faltaba convicción y dirección. Los Pequeños Cantores de la ORCAM, dirigidos por Ana González, se lucieron en su escena del acto primero, trasladada al tercero y preservada como excusa para denunciar los riesgos a los que se exponen los menores hoy en día. Los comprimarios no eliminados de la obra, aunque escandalosamente sí del programa de mano, cumplieron satisfactoriamente. Fabio Barrutia fue un Zuniga hosco. En los papeles más agradecidos de Mercédès y Frasquita, Andrea Rey y Alexandra Tarniceru destacaron sobre todo en la introducción al trío de las cartas, transformado aquí en una reunión de amigas que consultaban una app de ligoteo. Gianluca Margheri disfrutó encarnando a un Escamillo especialmente fanfarrón que supo sin embargo explorar un lado más tierno en su dúo con Carmen, mientras que un Arturo Chacón algo pálido pero digno hizo lo que pudo con lo que quedaba de don José, sobresaliendo por su lirismo el aria “La fleur que tu m'avais jetée” (aquí un emoji de rosa enviado en un chat). Arquez dominaba la escena, pletórica de medios. El rol no guarda ningún secreto para ella y si en esta versión resultaba más transaccional que seductora, el timbre guardaba intacta toda su sensualidad.

A pesar de la omnipresencia de las redes, lejos de constituirse en una verdadera historia contada a través del formato de reels, como parecía prometer el título, la propuesta quedó en una serie de denuncias —cuya justicia queda fuera de toda duda— amenizadas con buena música y que, las más de las veces, guardaban poca relación con lo cantado. En un superfluo discurso previo, De la Parra pidió apoyo para Escena Escorial, que toma el relevo del Festival de San Lorenzo; sería deseable que un festival de artes escénicas con voluntad de continuidad apoyase la auténtica creación artística frente a la parasitaria y les diese el justo reconocimiento a todos cuantos participan en sus espectáculos, ya sean primeras figuras o no.




















