Dentro de la amplia programación musical de la Casa da Música de Oporto, el “Premio Internacional Suggia” ocupa un lugar preminente. Este certamen, que en 2026 ha alcanzado su novena edición, no se plantea como un concurso completamente abierto, sino como una plataforma diseñada para jóvenes profesionales propuestos por centros superiores de enseñanza musical. De este modo, la dimensión competitiva se combina con una fuerte vocación pedagógica: situar a intérpretes emergentes ante un jurado internacional, un público exigente y, en la final, ante la Orquestra Sinfónica do Porto. La final de esta edición reunió a tres jóvenes de perfiles muy distintos: la checa Karolína Žáková, la china Ziyang Zhao y la neerlandesa Florianne Remme. Žáková optó por el Concierto para violonchelo núm. 1, H 196, de Bohuslav Martinů, una obra mucho menos frecuentada que los grandes títulos del repertorio, exigente por su nervio rítmico, sus cambios de carácter y su lenguaje incisivo. Zhao y Remme eligieron el Concierto para violonchelo en mi menor, op. 85, de Elgar, quizá el más expuesto de los conciertos del siglo XX para el instrumento, tanto por su dificultad técnica como expresiva. Música que exige un fraseo amplio, profundidad sonora y una rara capacidad para comunicar sin exceso.

La interpretación de Žáková desbordó vitalidad, compromiso y una evidente madurez musical. Su dominio del carácter inquieto de la partitura se percibió en su lirismo anguloso y sus inteligentes cambios de tensión, proyectando su voz con firmeza y convicción. Žáková se movió con naturalidad en la compleja mezcla de estilos que define el universo de Martinů: el impulso rítmico incesante, las reminiscencias del concerto grosso, los guiños jazzísticos y los ecos de la tradición checa. Todos estos elementos fueron articulados sin dispersión, dando unidad a una partitura que demostró conocer a fondo. En su contra jugó el hecho de ser la actuación en la que la comunicación con la orquesta resulto más comprometida. Aunque orquesta y Wierzba respondieron con profesionalidad, este repertorio era probablemente afrontado por vez primera por los músicos y acaso también el director, pero en modo alguno esto deslució a una Žáková que defendió satisfactoriamente una obra injustamente poco conocida.

La velada estuvo marcada por las dos lecturas del Elgar. La interpretación de Ziyang Zhao, formada en la berlinesa “Universität der Künste”, destacó por una combinación poco común de seguridad técnica y madurez expresiva. Zhao impresionó por la intensidad de una lectura profundamente interiorizada, capaz de sostener la tensión emocional de la obra sin perder naturalidad en el fraseo. Contó con un aliado decisivo en el sonido que nacía de su Niccolò Bianchi: asertivo y resonante. El arranque tuvo la gravedad necesaria y, al mismo tiempo, una cualidad casi hablada; los movimientos centrales estuvieron moldeados con elegancia y flexibilidad; y el final encontró un equilibrio muy convincente entre contención y liberación emocional. Lo más notable no fue solo la limpieza técnica, sino la sensación de estar ante una personalidad artística capaz de comprender la mezcla de melancolía y nobleza que define esta partitura.

Tras la pausa, Florianne Remme se vio en la obligación de estar a la altura de tan gran versión del mismo concierto. Más contenida en lo expresivo que Zhao, su técnica fue su mayor aliado, resolviendo los pasajes más exigentes con seguridad asombrosa gracias a su agilísima articulación. Sin embargo, el sonido que obtuvo del instrumento y la dimensión expresiva de su interpretación no alcanzaron el mismo grado de conexión emocional. No faltaron inteligencia musical ni recursos, pero en una obra como la de Elgar, exuberante en matices, la interpretación de Zhao mostró una voz más personal y, en último término, más conmovedora.
El resultado final, con Zhao y Remme compartiendo el primer premio ex aequo, puede considerarse justo. Fueron las dos intérpretes que más brillaron, y sus respectivos Elgar, compartieron muchas señas de calidad: dominio técnico, solidez estructural y una clara conciencia del peso expresivo de la obra. Con todo, la lectura de Zhao pareció alcanzar una síntesis más completa entre sonido, técnica e imaginación interpretativa. Žáková, por su parte, tuvo el mérito de aportar a la final una voz distinta a través de Martinů, asumiendo los riesgos de un repertorio menos agradecido y más exigente desde el punto de vista de la complicidad orquestal.

Más allá del palmarés, la final confirmó el valor del Premio Suggia dentro del panorama musical portugués y europeo, no solo por la calidad de sus finalistas, sino también por la impecable organización del certamen y por un cuidado de los detalles que contribuyó a reforzar su dimensión humana. Así lo reflejó, por ejemplo, la serie de vídeos dedicados a los concursantes seleccionados, presentada previamente al dictamen final. En resumen, disfrutamos en la Sala Suggia de una gran noche de música: una ocasión única para descubrir a tres grandes jóvenes violonchelistas y para recordar, al mismo tiempo, la vigencia de Guilhermina Suggia en la historia del violonchelo.
El alojamiento para Pablo Sánchez en Oporto ha sido facilitado por Casa da Música















