La música de Penderecki no es en absoluto ajena a la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile. El conjunto estatal ha brillado en varias instancias con la obra del maestro polaco, y ha obtenido buena respuesta por parte del público, el cual parece sentirse atraído por uno de los nombres más transversales de la composición contemporánea, quizá por el cruce entre innovación y tradición que subyace en su música.

El director Daniel Raiskin © Dariusz Kulesza
El director Daniel Raiskin
© Dariusz Kulesza

En cada ocasión, los más entusiastas se podrían haber preguntado: “¿y cómo sería si el propio compositor estuviese dirigiendo su obra frente a la OSNCH?”. Ciertamente, la interrogante apareció con más claridad y fuerza ahora que la orquesta programó su Concierto para chelo núm. 2, de 1982, tan solo un par de semanas antes de que el polaco dirija en Lima y Sao Paulo. Y es que sus venidas a Sudamérica ya son una constante, y el propio Penderecki ha manifestado en entrevistas su interés por visitar Chile.

Aunque sin él, el resultado fue glorioso, emotivo y de enorme impacto artístico, además de contar con el mejor chelista de nuestro suelo para encarar esta pieza de enormes proporciones: casi cuarenta minutos de virtuosismo y exigencia técnica, tanto para el solista como para la orquesta. Celso López, primer chelo de la OSNCH, ha propiciado en sus apariciones las obras más cercanas a nuestro presente, y tras los conciertos de Lutoslawski, Dutilleux y la Sinfonía-Concierto de Prokofiev, era natural que sumara este título.

Celso López, chelista principal de la OSNCH, interpretó el concierto de Penderecki
Celso López, chelista principal de la OSNCH, interpretó el concierto de Penderecki

Una experiencia predecible para bien, pues indudablemente López deslumbró, tal como esas otras veces, con su sonido claro, su digitación precisa y un sensitivo manejo del arco. Además, conoce a sus compañeros, sabe cómo tocan, y estuvo en sintonía con la masa orquestal, que fue comandada por Daniel Raiskin. Este, por su parte, sacó lustre a los abundantes colores de la partitura, tan característicos del compositor, a los efectos de las percusiones, los secos acordes, y las cascadas armónicas.

Tamaña hazaña estuvo flanqueada por la obertura de Euryanthe de Carl Maria von Weber. Esta se ofreció sin fisuras, llena de vitalidad, y resultó otra prueba palmaria del gran momento que vive la OSNCH. Las virtudes de Raiskin se notaron aún más en la segunda parte, que contempló la Sinfonía núm. 7 de Beethoven. Una obra que es parte del ADN de la orquesta y a la que el director invitado le otorgó nuevos aires, notorio especialmente en el electrizante Allegretto, cuya fluidez y ligereza de tempo estuvo ligada a un enfoque voluminoso, creando un puente entre toda la carga musical precedente y sucesiva, y con un Scherzo particularmente inspirado. Junto a la cohesión orquestal, cabe destacar lo notable de las voces individuales, como el oboísta Jeremy Kesselman y el timbalista Gerardo Salazar. La esperable ovación final mutó en honesto griterío aclamatorio por parte de al menos una decena de los presentes en el Teatro Universidad de Chile. Este ha sido el mejor concierto de la OSNCH en lo que va del 2017 que este comentarista ha escuchado.

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