(No) Nada? es el título de la séptima velada de Serenates 2026. Propone un juego entre la negación y el vacío que, en realidad, esconde una pregunta mucho más incómoda: ¿queda espacio para la trascendencia en una sociedad dominada por el individualismo y la inmediatez? ¿Hay lugar para el silencio y la reflexión en medio de tanto ruido? La respuesta llegó a través de un recorrido sonoro concebido por Francesc Valldecabres y Joan Gómez Alemany.

El Orfeó Universitari de València en el claustro mayor © Eduardo Alapont
El Orfeó Universitari de València en el claustro mayor
© Eduardo Alapont

El estreno absoluto de Calix maudit, del propio Gómez Alemany, estableció las coordenadas del concierto. La obra confronta dos universos aparentemente irreconciliables: la significación que pueda tener el Santo Cáliz conservado en la Catedral de València y la rebeldía que mostraron Verlaine y Rimbaud —dos de los poètes maudits— al cuestionar los valores burgueses y la moral dominante de su tiempo. La escritura coral, sostenida por piano y cuatro percusionistas, superpone una textura salmódica a la recitación de los textos en un intenso juego de contrastes entre lo sagrado y lo profano, lo agudo y lo grave, lo rítmico y lo melódico, el latín y el francés. También la iluminación, teñida de un rojo evocador de la sangre y del vino eucarístico, y una videocreación del propio compositor reforzaron el carácter ritual de la interpretación.

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Sergi Izquierdo Pallardó en la percusión
© Sergio Alapont

Ese diálogo entre distintas formas de entender la sacralidad continuó con una selección de obras que recorrieron varias tradiciones espirituales. En The Lamb, de John Tavener, el coro desplegó una sonoridad de gran pureza, reforzada por la disposición espacial de los cantantes, que convertía el claustro de La Nau en un auténtico espacio litúrgico. La austeridad armónica de este villancico, las delicadas disonancias y el diálogo responsorial entre los grupos hicieron que el poema de William Blake adquiriera una especial sensación de recogimiento. Requiescat (in memoriam Igor Stravinsky), de Elisabeth Lutyens, una refinada miniatura para soprano y trío de cuerda, supuso un lapsus contemplativo. Nerea Benavent resolvió con sensibilidad una escritura de gran exigencia expresiva. Y, por último, una selección de las Vísperas, de Rajmáninov, devolvió el protagonismo al coro, que en diferentes disposiciones —inspiradas en los movimientos de una congragación durante la liturgia pascual— hizo gala de la sonoridad compacta y severa, arraigada en la tradición ortodoxa rusa.

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Francesc Valldecabres y el Orfeó Universitari de València
© Eduardo Alapont

El ofertorio gregoriano Calix benedictionis actuó como imaginario eje del concierto, enlazando épocas y estéticas. Desde la galería, el barítono Valentín Petrovici, acompañado únicamente por el tintineo de campanillas repartidas por el claustro, dio paso a una segunda parte centrada en la condición humana contemporánea. En el reiterativo Dona nobis pacem, el letón Pēteris Vasks convierte la tríada tonal —reflejada también en las tres palabras del título— en símbolo de resistencia frente a la fragmentación y disonancia del mundo actual. La obra exige al coro sostener larguísimas frases antes de alcanzar dos grandes clímax, resueltos con solvencia junto a la Camerata Babiloni. Again, de David Lang, comparte ese carácter obsesivo, aunque aquí el repetitivismo desemboca en un cansancio deliberado que el Orfeó supo subrayar mediante una lectura diáfana y sutil, especialmente en el tratamiento de las disonancias. El Agnus Dei, de Samuel Barber, supuso uno de los momentos de mayor intensidad emocional, a la que contribuyó, a modo de resonancia plástica, otra videocreación abstracta proyectada en el fondo del escenario. La extraordinaria exigencia de esta obra encontró una respuesta convincente en el coro, que mantuvo la tensión durante toda la interpretación sin perder homogeneidad ni calidad tímbrica. El programa concluyó con el vibrante Dies irae de John Trotta, cuya escritura neotonal alterna pasajes de enorme impulso rítmico con otros de amplia respiración lírica y permitió mostrar otra faceta del conjunto, capaz de pasar de la contundencia homofónica al fraseo más flexible sin perder precisión.

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Cantantes del Orfeó Universitari de València
© Eduardo Alapont

El éxito de la velada residió en la dirección de Francesc Valldecabres. Más allá de la solvencia técnica, modeló el sonido del Orfeó mediante una gestualidad precisa y expresiva, capaz de transformar continuamente el color, la textura y la dinámica del conjunto. Gracias a esa atención al detalle, un programa intelectualmente ambicioso nunca derivó en un ejercicio de erudición, sino en una experiencia estética coherente. Allí donde parecía no haber sitio para la búsqueda interior, la música demostró que todavía puede abrir puertas a la escucha, la calma y la paz.

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