Más que el centenario de György Kurtág, felizmente en activo, lo que el Grup Instrumental de València (GIV) celebró fue la vida: la del compositor y la suya propia, puesto que el buque insignia del otrora poderoso Institut Valencià de la Música cumple treinta y cinco años. De ahí que el programa presentado tuviese un marcado carácter narrativo y, aunque sin solución de continuidad, se estructurase en tres partes bien diferenciadas.
La primera celebraba la llegada a la música de aquel pianista que quiso aprender de Béla Bartók en 1945. Se encontraba en Budapest y desconocía que éste había fallecido unos días antes en Nueva York. En la academia forjaría, sin embargo, una estrecha amistad con György Ligeti y Márta Kinsker, quien se convertiría poco después en su consejera y compañera hasta 2019. György y Márta difundieron los Játékok en numerosas actuaciones: miniaturas que, a dos manos, exigen una complicidad como la mostrada por Carlos Apellániz y Óscar Oliver, aunque sin alcanzar —por razones obvias— la ternura de la pareja original.

De este amplio ciclo escuchamos dos piezas: Adieu, Haydée I, como introducción meditativa, y L’homme n’est qu’une fleur (… Sons entrelacés), con un notable componente performativo. La media docena de sonidos espaciados en el tiempo que lo forman obliga a los intérpretes a entrelazar sus gestos, generando una imagen tan potente que me recordó unos juegos de manos infantiles con los que me entretenía mi bisabuela. Este último epigrama pertenece al Libro 8, donde también se encuentra Homenaje a J.S.B. Los Játékok se alternaron con las reinstrumentaciones del coral Nun komm, der Heiden Heiland —profundo y grave en su lectura— y la sonatina de la cantata fúnebre Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit, (Actus tragicus) —solemne y expresiva—.
El segundo bloque se centró en la creatividad, resaltando el imaginario sonoro de un músico prolijo en años, pero parco en números de opus (el último es el 47). Su producción ha sido elaborada con extrema lentitud, como si calibrara en una báscula de precisión el peso, la densidad, la resonancia y el espacio que cada uno de los sonidos ha de ocupar. En este contexto, resultó acertado el estreno de Fantasie über Themen von Gustav Mahler, de Joan Gómez-Alemany, como puente hacia la siguiente obra de Kurtág y a la conclusión del concierto.

Influido por las artes plásticas y la electroacústica, Gómez-Alemany vierte en esta página suficientes trazas de esos temas que le dan título para que su aura resulte reconocible en medio de un tejido textural cambiante. Requiere una lectura sentida y minuciosa, como la ofrecida por Carmen Antequera al violín y Apellániz al piano. Entre las obras grandes de Kurtág, Joan Cerveró eligió … quasi una fantasia…, op.27, n.º 1, una composición que bebe tanto de la condensación weberniana como de la composición por bloques instrumentales —véase Gruppen, de Karlheinz Stockhausen—. Aunque la masa de cada grupo estuvo perfectamente definida, el sonido no corrió por el espacio, en especial el de la pequeña percusión diseminada por el patio de butacas. Al menos así se apreció desde mi ubicación, tal vez, debido a las dimensiones de la sala. Sí pudimos disfrutar, en cambio, el color microtonal que caracteriza el cuarto movimiento, de reminiscencias ligetianas.
Como cierre, el hilo argumental del concierto condujo el tono elegíaco predominante en las dos primeras partes a la luminosidad y júbilo primaveral de la Sinfonía n.º 4, de Gustav Mahler, en arreglo del propio Cerveró. Su dirección fue lúcida, transparente y expresiva. El esfuerzo de los músicos, monumental; especialmente al sostener —despojados de todo aditamenteo orquestal— el, a mi juicio, desmesurado Adagio. En el Lied, Constança Pinter añadió su bonito color y expresión a los matices tímbricos del GIV. Juntos invitaron al público que llenó por completo la sala a disfrutar de los placeres de la vida: una vida que, aunque supere el siglo como la de Kurtág, no deja de ser finita.

















