Venida del Teatro alla Scala y el Théâtre des Champs-Élysses, la producción de Werther, firmada por Christof Loy y dirigida por Henrik Nánási, se estrenó en el Gran Teatre del Liceu teniendo como factor de atracción principal la del tenor Xabier Anduaga en el papel protagonista. Basada en una de las obras literarias románticas más archiconocidas -la de un joven que se evoca al suicidio como única vía ante la imposibilidad de un amor correspondido- teniendo como disyuntiva el idealismo enfrentado a la normativa supeditada al contexto social de los personajes, siendo el culmen mortal esta tragedia personal.

En un contexto plenamente romántico, y teniendo en cuenta el furor (enfermizo) que desató la obra de Goethe, el fervor desmedido podía tener su propia contextualización, pero, ¿qué clase de significado adquiere en nuestros tiempos un acto así contra uno mismo? En este caso, la dirección artística propone la exposición de la salud mental como centro dramatúrgico, posibilitando una relectura próxima a la obra de Massenet; el drama del joven Werther se reconduce hacia la contemporaneidad sobrevolando la gestión de las emociones contenidas y la incapacidad comunicativa como factor catalizador de una tragedia. Una intencionalidad adaptada más legitimada y acorde, en el que se reflexiona la importancia de aprender a quererse y cuidarse a uno mismo.

Escenografiado por Johannes Leiacker y con vestuario de Robby Duiveman, ambos acercan al público una estética cincuentera donde la acción se da plenamente en las puertas de un hogar franqueado por un gran muro. Los personajes se desenvuelven con familiaridad; entra, salen, ríen y bailan, compartiendo una dimensión emocional en equilibrio. Mientras que Werther jamás logra traspasar las puertas de esa casa, compungido, sin posibilidad de comunicarse más allá de lo que tiene en su propia mente y quedándose así aislado en su propia dimensión psicológica. Ciertamente, a pesar -o más bien, por ello- de la sencillez del planteamiento escenográfico, el Werther de Anduaga no necesitaba de más. La proximidad de la escena chocaba frontalmente con el distanciamiento del protagonista, subrayando la potencia contenida de las emociones del drama: las líneas melódicas casaban a la perfección con la carga psicológica de ese vacío de amor propio, defendido con una fragilidad lírica expresiva y fluida por el tenor vasco que le otorgó un triunfo pleno con ovaciones.

El buen trabajo fue extendido al resto del reparto, encontrando una Kristina Stanek y una Sofía Esparza de primer orden; sus antagónicos caracteres retroalimentaron sus cualidades tanto actorales como musicales, contraponiendo una Charlotte de amplio rango expresivo, dominando las coloraturas y con un fraseo equilibrado, con una Sophie en la que relucía espontaneidad y frescura, de timbre luminoso y agilidad en las ornamentaciones. Menos deslumbrante resultó el Albert de David Oller, más contenido en la práctica vocal y viéndose con cierta frialdad, supeditado a la sombra de Anduaga. De este, todas las apreciaciones del dominio estilístico son pocas. Su control del legato y dinámicas en crescendo, los ataques limpios, la agilidad rítmica, la expresividad de las articulaciones, la precisión de los sobreagudos o la elegancia del fraseo sentenciaron un dominio de la técnica y de virtuosismo absoluto del tenor, defendiendo con afinidad y madurez las líneas del personaje.

La solidez y la sensibilidad de la partitura fue apoyada por la batuta de Nánási, quien priorizó la conexión entre foso-escena, subrayando tenuemente la expresividad y connotando claridad en las líneas internas, optando por un resultado refinado. Las secciones se ajustaron a la expresividad de los tempi, así como a las dinámicas narrativas, y optando por la contención orquestal que sustentaban las voces en un plano efectista, con la especial ejecución de las cuerdas y las maderas. Nánási también destacó las suspensiones armónicas y las dilataciones temporales, contrastando estos momentos con la ejecución de las tensiones cromáticas de la partitura, destacando la luminosidad de la paleta tonal de Massenet. Favorecer la reducción sonora de la orquesta y premiando un tiempo suspendido, la inflexión dramática dio como resultado la contención expresiva de un ejercicio que se pudo apreciar atenuado, dando un resultado global de texturas integradas y una modulación gradual en lo emotivo en el desarrollo.

El Werther de Anduaga, Nánási y Loy logró una muy buena recepción en el Liceu, demostrando un trabajo elegante, medido y preciso del espíritu romántico de la obra; con un control del pulso musical, la naturalidad del ejercicio y manteniendo la homogeneidad en los registros, hizo del estreno una oportunidad para repensar lo que es el amor -lo que puede llegar a ofrecer y a quitar- y reescribir su significado en nosotros mismos.

