La primera cita de la nueva temporada de la Orquesta de Extremadura reunió la palabra y la música. La formación extremeña inició la velada con el Poema de cuento de hadas de Sofiya Gubaidúlina desde la delicadeza en cada sección instrumental. Los músicos comenzaron con de forma sutil, pero poco a poco, el jugueteo fue más fluido en las combinaciones de timbres y pases de testigo característicos entre violines, flautas y clarinetes. Mientras, el vibráfono y el arpa aportaron aire a cada fraseo, especialmente en las secciones más pianissimo. Aunque hubiera sido más gustoso unos tuttis más destacados rítmicamente. Aun así, se percibía una dirección muy atenta al detalle por parte de Roberto Forés, especialmente en el control de dinámicas y en la voluntad de mantener la textura de ensoñación de la obra.

Roberto Forés al frente de la OEX © Orquesta de Extremadura
Roberto Forés al frente de la OEX
© Orquesta de Extremadura

A continuación, la cantaora Esther Merino convocó el vibrante El amor brujo de Falla, en su versión de 1915. Forés arrancó con un ritmo vibrante y de carácter cantabile, lo que permitió que Introducción y escena, En la cueva. La noche, El aparecido y la Danza del terror, se caracterizaran por un tempo algo excesivo, pero efectivo, y de fraseos expresivos en cada momento tutti. El círculo mágico. Romance del pescador fue el momento en el que la textura orquestal respiró con mayor naturalidad, pues sonó onírico al poner especial énfasis en la brillantez sonora de los vientos frente a la masa de las cuerdas.

En los movimientos cantados (Canción del amor dolido, Canción del fuego fatuo, Danza del juego de amor y Final. Las campanas del amanecer), Esther Merino entonó los pasajes con autoridad y expresividad, lo que permitió una narrativa fluida, junto con un grato acompañamiento orquestal. Aunque por momentos, no se apreciada del todo la voz ante algunas dinámicas excesivas de la orquesta. En A medianoche, Los sortilegios, Danza ritual del fuego y Escena, la formación extremeña se centró en articular cada entrada y en hacer sonar plenos a los metales en su labor de solistas. Caracteres que lidiaron muy bien para reproducir las sonoridades con contrastes rítmicos y la superposición tonal presentes en Pantomima. Así, se alcanzó equilibrio sonoro en la obra completa.

Cerró el programa Stravinsky con Petrushka. Este caballo de batalla orquestal por la indudable complejidad armónica y rítmica fue abordado desde un gran trabajo por sostener fluidez. Por ello, Forés fue riguroso en una sonoridad limpia, otorgando protagonismo a las melodías. Rasgos que cristalizaron en poder apreciar el sentido de movimiento de las danzas en La feria de carnaval y En la habitación de Petrushka. En estas partes, el reparto fue equitativo entre los metales, manteniendo el protagonismo de la trompeta principal, junto con los staccatos y las polirritmias que fueron trabajados no como un aliento más, sino a favor de dar vida.

Sumar que Forés supo subrayar cada tensión armónica y cada irrupción orquestal en La habitación del moro y en La feria de carnaval. Secciones que fueron modélicas al integrar una masa orquestal cohesionada con transiciones fluidas y con un equilibrio de dinámicas en cada momento del tutti. Todos los alicientes indicados fueron significativos para decir que fue, con mucho, lo mejor de concierto. Definitivamente, fue un inicio de temporada victoriosa y con criterio para dibujar un recorrido narrativo sonoro.