El programa ofrecido resultó, sin duda, luminoso y transfigurador: conformado por Cielo bajo, de la madrileña Rosa García Ascot, y el Concierto para flauta y arpa de Mozart, con la presencia, de nuevo, de Richard Strauss y sus poemas sinfónicos Don Juan, op. 20 y Muerte y transfiguración, op. 24, estuvo dirigido por Pablo González, y se rindió homenaje al recuerdo de Armando Alfonso, recientemente fallecido y quien ocupó el podio del conjunto insular desde 1968 a 1985 como segundo director en su historia.

Cielo bajo es una pieza breve de su multidisciplinar autora marcada por la exquisitez y originalidad de sus melodías, merecedora de mayor difusión y que representa una auténtica novedad en la producción femenina en el noble arte de la composición, tan carente de ellas, o menospreciadas secularmente. La obra evoca motivos naturales y bucólicos ejecutados por una orquesta reducida al efecto, y que no planteó mayores problemas interpretativos, combinando sencillez con pulcritud sonora.
El Concierto para flauta y arpa en do mayor de Mozart, protagonizados por Clara Andrada y Magdalena Hoffman constituyó un momento de elegancia clásica y luminosidad, y si bien el maestro González parece encontrarse más a gusto en el repertorio romántico y post-romántico de mayores volúmenes sonoros, no le fue a la zaga la dirección de esta original composición, acreditando un sobrado conocimiento de la partitura y un trabajo exquisito con los profesores. Ambas solistas ofrecieron una sólida conjunción y empaste, particularmente en el Andantino, así como un virtuosismo fuera de toda duda en toda la ejecución, destacando asimismo el complicado Rondo final, que resolvieron en plena armonía con la orquesta y la batuta.

La segunda parte del programa fue íntegramente ocupada por dos poemas sinfónicos de Richard Strauss, continuando la profusión de repertorio tardo-romántico, sin duda, iniciativa del director principal invitado, quien manifiesta en sus habituales charlas iniciales un evidente entusiasmo por el mismo. Esta forma musical, en el caso de Strauss, supone una recreación evocadora de la temática elegida, no un relato de los hechos, y da fe de ello este Don Juan, cuyas aventuras amorosas inspiraron desde Mozart a Lord Byron y Lenau, (la versión de este último resulta a la postre fuente de inspiración de la presente) y con múltiples interpretaciones de las mismas. Estructurada libremente en forma de sonata, y pese a su temprana escritura por un Strauss de apenas 25 años, la versión ofrecida incidió en los leitmotiv que la trufan, especialmente el de las continuas conquistas amorosas y el desencanto final que llevan a la muerte al pícaro sevillano. Destacaron trompas y vientos en su innegable protagonismo, ofreciendo una versión redonda, de gran claridad expositiva en el complicado desarrollo melódico, reiterando la afinidad de Pablo González con el repertorio.

En la misma línea, Muerte y transfiguración, muy cercana en el tiempo a la anterior, recrea el final de la vida de un artista con sus recuerdos, la transición en este mundo y el deceso final, argumentados musicalmente con una apabullante emotividad y estructurada en cuatro partes: desde la enfermedad, los recuerdos de sueños incumplidos y el final de la vida. Todo ello fue llevado al oyente con igual finura y limpieza tanto en los momentos apabullantes representativos del clímax de una vida, como en los más delicados e íntimos alusivos al final de la misma. Nuevamente, los vientos y la madera acreditaron encontrarse en un momento de gracia, ampliamente agradecido por el numeroso público, cerrando de forma brillante una estupenda velada de recuerdos y emociones encontradas.

