No abundan las ocasiones de escuchar en vivo la integral de los Concerti grossi, op. 3 de Handel, y menos aún con intérpretes de la talla de Marc Minkowski y Les Musiciens du Louvre, por lo que esta primera cita de la temporada 2026-2027 del ciclo Universo Barroco Sinfónico del CNDM resultaba sumamente atractiva. No defraudó.

En las más de cuatro décadas que lleva al frente de su orquesta, uno de los mayores referentes de la corriente historicista, Minkowski ha ido expandiendo su repertorio desde el barroco hasta llegar a Wagner, pasando por Offenbach. Este programa Handel supone, pues, una vuelta a los inicios: no en vano, en 1994 publicó una grabación de esta colección de piezas recopiladas por el editor John Walsh en 1734.
En palabras del propio Minkowski, quien se dirigió a los espectadores entre los conciertos, este opus es como una ópera sin palabras —y sin cantantes, añadió con una pizca de maldad. En sus expertas manos, desde luego que destacaba el lirismo de algunos movimientos, como el Largo central del Concerto grosso núm. 1, con el melancólico oboe de Daniel Lanthier, en diálogo con las flautas, sonando casi como una voz. Los instrumentos de viento madera tienen en estas obras gran protagonismo: el virtuosismo de Florian Gazagne quedó de manifiesto en sus solos de flauta (soprano y contralto), en el Concerto grosso núm. 3. Los violinistas Alice Piérot y Stéphane Rougier brillaron con sus expresivas intervenciones en el Concerto grosso núm. 2, a uno y otro lado del director, y la clavecinista Louise Acabo impresionó en su ágil solo de órgano del Concerto grosso núm. 6.

En los movimientos con texturas más densas, como la fuga del primer Allegro del Concerto grosso núm. 5, el más cercano al modelo corelliano, la orquesta mantuvo la nitidez incluso en los pasajes más rápidos. Minkowski dirigía ya sentado, ya de pie, sin dejar de bailar. Aunque el público pareció apreciar sus comentarios, extrañaba un tanto la insistencia en hablar entre los conciertos: comunicaba bastante mejor con su batuta, quedando perfectamente diferenciados y definidos los distintos movimientos, con total dominio de tempi y dinámicas.
Se ofrecieron tres bises. El primero supuso una radical ruptura con el lenguaje handeliano: la “Entrée de Polymnie” de la ópera Les Boréades, grabada en 2005 por Minkowski para su CD Une symphonie imaginaire, recopilación de piezas instrumentales de Rameau. Las cuerdas sonaron intensamente suntuosas y nos sumergieron de lleno en el universo armónico tan particular del compositor francés. El segundo, la repetición del Allegro final del Concerto grosso núm. 5, le permitió a Minkowski agradecerle a su asistente Clément Pottier el haberle sustituido en junio en otro concierto en el Auditorio Nacional. Pottier saltó al escenario y dirigió la breve pieza enérgicamente, mientras Minkowski observaba orgulloso a un lado.

El tercer bis volvió a recordarnos lo ecléctico de los intereses musicales del director, quien, con bastante guasa, introdujo la propina describiéndola como un arreglo de un motete escandinavo para voces femeninas: no era otra que la canción “Gimme! Gimme! Gimme! (A Man After Midnight)” de ABBA, en una versión barroquizante de enorme fuerza y virtuosismo. Reforzando el ambiente festivo de este final de concierto, los aplausos se fundieron con el “Cumpleaños feliz” que la orquesta, a la que se unieron muchos espectadores, les dedicó a su compañero David Glidden, viola, y a su director, que cumplía 64 años.

