El ballet La Cenicienta, compuesto por Sergei Prokofiev entre 1940 y 1944, es un notorio ejemplo de los cambios musicales a mediados de siglo pasado. El uso de disonancias y variaciones melódicas abruptas le han ganado el apelativo de "oscura". Prokofiev parece haber suspendido cierta ironía bajo el cuento de hadas; una mofa a lo que no es sino imposible, donde la magia asume su doble cualidad de inentendible y atractiva. El pasado viernes 29 de mayo, el Municipal de Santiago estrenó una nueva producción con coreografía de Lachlan Monaghan y escenografía de Christopher Ash. El trabajo evitó penetrar las capas más inquietantes de la obra, priorizando el lado humorístico y romántico. La falta de integración generó incongruencia; la fosa y el escenario comunicaron dos historias distintas.

<i>La Cenicienta</i> en el Municipal de Santiago &copy; Alberto Díaz | Municipal de Santiago
La Cenicienta en el Municipal de Santiago
© Alberto Díaz | Municipal de Santiago

Uno de los principales conflictos estuvo en la escenografía. Columnas bidimensionales, proyecciones digitales, uso excesivo de luces y plantas de plástico hicieron perder credibilidad al mundo ficticio del relato. Los decorados tenían un excesivo sombreado en el coloreado que, aparentando ser real, solo convencía menos. Un distinto uso de iluminación –tanto en tonos como intensidad– habría hecho de aquello un interesante guiño satírico a lo kitsch. No obstante, acabó siendo lo contrario. Parte de la gracia de La Cenicienta está en lo implícito, pero en el escenario resaltaba todo al mismo tiempo. Desde los carros al columpio, todo era material de utilería con excesiva pintura para simular madera ajada.

En algunos casos, fue difícil la diferenciación entre vestimenta y disfraz. Nuevamente, hubo combinaciones de colores muy poco naturales y maquillajes sobrecargados en los bailarines masculinos. Los protagonistas, en cambio, lograron descolgarse por sus telas planas y ligeras adaptadas a sus caracteres y movimientos.

El Ballet de Santiago demostró una gran calidad técnica e interpretativa con consistente continuidad narrativa y uso del espacio. La coreografía de Monaghan combinó pasos clásicos y expresivos con una importante carga teatral, aunque tendió a sobrecargarse en las partes grupales, lo que condujo a leves desórdenes. Hubo una carga desigual entre los personajes, provocando cierto desequilibrio del conjunto. Las hadas, por ejemplo, se vieron perjudicadas por ello, adelantando ocasionalmente a la música.

Los protagonistas de <i>La Cenicienta</i> en la nueva producción del Municipal de Santiago &copy; Alberto Díaz | Municipal de Santiago
Los protagonistas de La Cenicienta en la nueva producción del Municipal de Santiago
© Alberto Díaz | Municipal de Santiago

El papel de las hermanastras fue uno de los más recordados por su cómica y tosca teatralidad, la cual no estuvo exenta de altísima precisión coreográfica. A lo largo de la obra, mantuvieron la constante humorística. Sus gesticulaciones y dinámicas les valieron no solo las carcajadas del público, sino también enternecidos aplausos. Un bien pensado contraste al romanticismo de Cenicienta, quien evocó con inocencia las distintas facetas de su personalidad sumisa y soñadora. La protagonista tuvo su clímax al fin de la obra, en un maravilloso amoroso de vulnerable entrega que ya se había previsto en su primer baile con el Príncipe. La historia parecía advertir que, en realidad, Cenicienta no había mudado. No obstante, Monaghan pareció evitar aquel tipo de juicios.

Llamó la atención el hecho de que los animales, tan promocionados en redes sociales, acabaron con muy poco tiempo en escena. Lo teatral que tan bien había funcionado con las hermanastras, fue aquí desaprovechado, y tras una breve intervención, pasaron a segundo plano. Quedó el interrogante de qué habría pasado con un rol más allá de lo accesorio, considerando el esfuerzo en la creación de sus máscaras y trajes.

Pedro-Pablo Prudencio ofreció una dedicada dirección musical con la Filarmónica de Santiago. La discusión acerca de si se debe esperar perfección en la música en vivo es un tema casi obsoleto, por lo que fue un espectáculo ver cómo director y orquesta se reorganizaban luego de ligeras desincronizaciones en las secciones más rítmicas. Los vientos de registros medios, encargados de marcar pulso en los vals y galopes, tendieron a retrasarse con respecto al resto. Una de las escenas más memorables ocurrió al principio del tercer acto, cuando el director subió al podio tarareando el ritmo para entonces afrontar un atropellado y brillante diálogo entre bronces. Contrario a parecer un error, fueron ese tipo de circunstancias las que ahondaron en las capas de la música, aportando la necesaria tensión e inquietud. Cabe destacar los pasajes del reloj de medianoche, donde, con vigor en la percusión, la orquesta se aunó en una interpretación con gran manejo de disonancias.