Una modesta pero muy disfrutable producción de Pericca e Varrone aporta la nota discordante y barroca a la tercera edición del festival “Ópera a quemarropa”, organizado por la Comunidad de Madrid, por lo demás dedicado este año a obras posteriores a 2010. Defendido con gran profesionalidad por la mezzosoprano Sandra Ferrández y el barítono César San Martín, este entretenimiento liviano cuenta con el aliciente de una partitura de inesperada profundidad compuesta por Alessandro Scarlatti.

Inicialmente integradas en su ópera Scipione nelle Spagne, ambientada en la segunda guerra púnica y con libreto de Apostolo Zeno, estas cinco escenas cómicas, cuyo texto se le atribuye a Nicola Serino, conforman una trama secundaria trufada de divertidos anacronismos que la sitúan de lleno en la época de su público original. En ellas se traza la relación entre Pericca y Varrone —sirvientes respectivamente de la cartaginesa Sofonisba y de su enamorado, el magnánimo Scipione (Escipión el Africano), protagonistas de la trama principal— desde su primer encuentro hasta el lieto fine que los reúne como pareja.

Mientras que la ópera no volvió a verse tras su estreno en Nápoles en 1714, sus escenas cómicas fueron refundidas y presentadas, con importantes cortes, como una obra autónoma, La dama spagnola ed il cavalier romano, para el carnaval de 1730 en Bolonia. La presente recuperación utiliza la edición crítica de Roberta Mangiacavalli de 2019, que se basa en la partitura original de 1714 y la restituye en su integralidad. Para darle más entidad al espectáculo, amén de proporcionarles a los cantantes un respiro, el clavecinista José Antonio Montaño, director del ensemble La Madrileña, incorporó el Concierto para laúd, RV 93, de Antonio Vivaldi, utilizando sus tres movimientos a modo de preludio para cada uno de los tres actos. La elección se justifica por ser obra contemporánea de la versión boloñesa del intermezzo, pero su gran fama quizás eclipsase injustamente una partitura ignota con muchos atractivos y que merecía brillar por cuenta propia.

El director de escena, Ignacio García, no intenta hacer del material nada que no es, ni lo desvirtúa con discursos ajenos. Respeta su humor blanco incluso cuando más se acerca a lo picante, sin cargar nunca las tintas ni caer en lo soez. La dirección de actores es cuidada y los gags bien conseguidos. Antonio Bartolo configura eficazmente el espacio escénico con unos pocos elementos: un par de bastidores dieciochescos y atrezo que le asigna a cada personaje un extremo del proscenio. Su vestuario combina lo moderno —la ropa militar de él y las mallas y botas de ella— con tontillo y corsé, guiños a la época de composición y reflejo actual del anacronismo inherente a la obra.

El calor intenso y la humedad de la vega del Tajo no eran condiciones ideales para los delicados instrumentos de época, que sonaron algo destemplados. La posición del clavecín al fondo del escenario realzó el protagonismo sonoro de la tiorba de Josías Rodríguez en los recitativos acompañados y su guitarra barroca en los preludios vivaldianos, pero en su conjunto, el acompañamiento orquestal pareció magro en exceso.
Esto contrastaba con la plenitud de medios de los cantantes, que sin embargo supieron ajustar sus voces a lo íntimo del teatro. La escritura vocal no es virtuosística y gran parte del peso de la interpretación recae en la palabra. Ferrández y San Martín se entregaron a la creación de sus personajes, diciendo muy bien el texto e interactuando con naturalidad y buena química. El Varrone de San Martín era un panoli a quien su amada le daba mil vueltas, interpretado con una seriedad que resaltaba el humor. La Pericca de Ferrández era más salerosa. Graciosísimos ambos en la escena final llena de equívocos, en la que ella canta en español y él intenta contestar en español macarrónico. Igualmente acertados en sus arias menos joviales, como “Non serve la testa”, donde Varrone expresa su frustración, y la bella “Il ciglio serena”, en la que Pericca intenta consolarlo y le pide volver a reír en un melancólico diálogo con los violines.

Es una lástima que tan notable trabajo no tuviese apenas público: se rozaría el centenar de espectadores, tan solo la cuarta parte del aforo de este diminuto teatro de corte. Tampoco era de sorprender, dada la nula presencia visual del festival en la ciudad, incluida la fachada del propio teatro. Quizás sea en parte una cuestión de identidad del festival, fuertemente escorado hacia la creación contemporánea, en el que no se termina de entender cómo encaja una propuesta barroca. En todo caso, siempre es una alegría descubrir una obra barroca de calidad y los pocos que sí tuvimos la fortuna de asistir a la función prodigamos aplausos generosos.

