Desde la llegada del nuevo equipo artístico al Festival Internacional de Santander, uno de sus objetivos prioritarios ha sido incorporar como una de sus señas de identidad la ópera escenificada, una apuesta propia de los festivales internacionales de mayor prestigio y un evidente salto cualitativo en la proyección artística del FIS. La inauguración de la 75.ª edición ha hecho realidad ese propósito. El desafío no era menor, especialmente por la necesidad de acomodar una representación operística a las circunstancias escénicas de una sala como la Argenta, pero precisamente por ello la elección de La flauta mágica y, sobre todo, de la recién estrenada producción de Rolando Villazón, de escala contenida, pero visualmente muy rica resultó particularmente acertada. La colorista iluminación, un vestuario imaginativo y un inteligente uso de elementos móviles conformaron un ameno espectáculo de gran dinamismo visual.

Lejos de ofrecer una lectura convencional, Villazón sitúa a Mozart en el centro de la acción durante los últimos compases de su vida -recordemos que la obra fue estrenada apenas dos meses antes de su muerte e interpretada durante su convalecencia. Lo que sobre el papel podría parecer una idea algo forzada se reveló como una concepción de sorprendente solidez narrativa. La presencia permanente del compositor genera un nexo emocional con el espectador, confiriendo una dimensión profundamente humana tanto a los episodios más trágicos como a los más lúdicos. Esta conexión alcanza una especial intensidad con la incorporación del Lacrimosa del Réquiem en dos momentos clave, muy particularmente en la conclusión; una libertad dramática de gran eficacia, aun cuando pueda difuminar los límites de la partitura original.

El reparto reunía un atractivo global difícilmente mejorable. Javier Camarena dio vida a un Tamino de emisión luminosa, línea de canto depurada y fraseo siempre refinado. Su Dies Bildnis del primer acto fue merecedor de un aplauso más rotundo desde un público aún algo frío. Emily Pogorelc construyó una Pamina de gran sensibilidad, caracterizado por un timbre cálido y una línea de canto de notable delicadeza, especialmente conmovedora sus momentos más introspectivos. Theodore Platt se adueñó del escenario con un Papageno muy espontáneo y carismático, de gran proyección vocal. La Reina de la Noche de Kathryn Lewek impresionó en sus dos grandes arias por la seguridad de sus sobreagudos, una coloratura deslumbrante y una autoridad escénica que multiplicó el efecto de su virtuosismo. Su inminente regreso al Festival, junto a Piotr Beczała, promete convertirse, de hecho, en una de las veladas más atractivas y esperadas de la programación de este año.

El wagneriano Franz-Josef Selig aportó a Sarastro la nobleza, profundidad y serenidad que exige el personaje, con sus resonantes graves en asombrosa plenitud. Sofía Esparza ofreció una Papagena de emisión bien apoyada, timbre luminoso y fraseo ágil, mientras que Daniel Domínguez resolvió con comicidad un Monostatos bien caracterizado, aunque con una emisión de alcance limitado. También brillaron Valeriano Lanchas como Orador y Primer Sacerdote, así como Javier Alonso y Esteban Jesús Serrano en sus cometidos sacerdotales. Las tres damas -Mercedes Arcuri, Sofía Gutiérrez-Tobar y Marina Pardo- ofrecieron un conjunto homogéneo y empastado.

Un inspirado David Afkham fue uno de los pilares esenciales de la representación. Su dirección, siempre atenta a la escena y al desarrollo dramático, sostuvo con firmeza toda la arquitectura musical de la obra y garantizó un equilibrio ejemplar entre el foso y las voces. La juvenil Orquesta Sinfónica Freixenet respondió con un sonido compacto y elegante al reto de mantener intacta la arquitectura de la partitura. En algunos momentos se echó en falta una mayor incisividad dramática y un punto adicional de mordacidad, pero el resultado global fue sobresaliente. Grato hallazgo fue la aportación de la recién creada Academia Vocal de Cantabria, preparada por Marco Antonio García de Paz, que completó con brillantez un apartado coral de gran nivel y dio soporte vocal a los tres muchachos.

Solo resta felicitar a Cosme Marina y a todo su equipo por convertir en realidad uno de los proyectos más ambiciosos de esta nueva etapa y abrir una edición tan emblemática con una propuesta artística a la altura de la ocasión.
El alojamiento en Santander para Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.























