Hay compositores que nunca pasan de moda porque, sencillamente, nunca quisieron estar en ella. Elgar y Rajmáninov fueron tildados en su tiempo de anacrónicos, románticos tardíos en un mundo que ya miraba hacia la modernidad más radical. Y, sin embargo, como esas arrugas que el tiempo acaba reivindicando, su música conserva una verdad emocional que sigue moviéndonos y conmoviéndonos sin necesidad de disfrazarse de novedad. Este fue el gran acierto del último programa de la Orquesta Sinfónica de Galicia: reivindicar una forma de expresión sin complejos, de amplia fuerza melódica y carga sentimental directa.

Maximilian Hornung junto a la OSG bajo la dirección de Case Scaglione © Orquesta Sinfónica de Galicia
Maximilian Hornung junto a la OSG bajo la dirección de Case Scaglione
© Orquesta Sinfónica de Galicia

No fue un aliciente menor la recuperación, en la temporada coruñesa, de la presencia de grandes solistas, y hacerlo además con uno de los violonchelistas más interesantes del panorama actual: Maximilian Hornung. Un chelista cuya trayectoria ha seguido una línea sólida y perfectamente construida. Si su juvenil acceso a la plaza de violonchelo de la Sinfónica de la Radio Bávara con Mariss Jansons al frente marcó un antes y un después, su recientísimo debut con la Filarmónica de Berlín ha sido la confirmación de su presencia consolidada en la élite orquestal europea.

Qué mejor prueba que su superlativa demostración en el Concierto para violonchelo de Elgar. Hornung desplegó una lectura madura, de fraseo amplio y con un control expresivo exquisito. Su sonido, noble y concentrado, evitó cualquier sentimentalismo superficial, apostando por una introspección contenida, especialmente lograda en el Adagio, donde el canto del violonchelo se sostuvo con una naturalidad admirable. Con el apoyo desde el pódium de un gratamente lúcido Case Scaglione, Hornung supo equilibrar lirismo y tensión estructural, sin caer en el exceso de vibrato ni en el dramatismo exacerbado que a veces amenaza esta partitura. El diálogo con la orquesta fue fluido, con una cuerda atenta y unos metales medidos, sin que los extremos dinámicos exigiesen un esfuerzo adicional por parte del solista. La propina —Bach una vez más, el Preludio de la Suite núm. 1—. Su interpretación, rebosante de énfasis y sutileza en las articulaciones, nunca resultó intrusiva ni afectada; antes al contrario, convirtió lo que en otras manos podría sonar rutinario en un pequeño milagro de naturalidad, pulso y elocuencia sonora.

Case Scaglione © Orquesta Sinfónica de Galicia
Case Scaglione
© Orquesta Sinfónica de Galicia

En la segunda parte, Case Scaglione abordó las Danzas sinfónicas de Rajmáninov con una concepción clara y técnicamente muy bien resuelta. La Orquesta Sinfónica de Galicia transmitió una magnífica impresión de cohesión, precisión rítmica y riqueza tímbrica. El Non allegro destacó por su energía incisiva y la nitidez de los planos sonoros; la madera mostró carácter y flexibilidad, mientras que la cuerda respondió con un empaste y proyección que ya es marca de la casa. El Andante con moto, con su carácter espectral y casi sarcástico, permitió apreciar la calidad del gesto del director estadounidense, atento a los contrastes y a los cambios de atmósfera. En el Final, verdadero despliegue orquestal, la orquesta brilló como pieza de exhibición: metales firmes, percusión contundente y una cuerda capaz de sostener dramatismo narrativo con una amplitud milagrosa. Lástima que los más exaltados interrumpiesen el resonar final del tam-tam. Es innegable que las Danzas carecen de la hondura trágica de otras páginas sinfónicas del compositor, pero poseen una potencia rítmica y una brillantez instrumental que, tal como las sirvieron Scaglione y la OSG, resultan altamente efectivas.

Una excelente velada en la que la sinceridad expresiva de las composiciones y la excelencia técnica de la orquesta fueron argumentos suficientes para conquistar a un público que, una vez más, virtualmente llenaba el Palacio de la Ópera.