"Siguiendo la tradición de los ballets rusos…" y así comienza, como siempre en los últimos 40 años, la función de "Les ballets Trockadero de Monte Carlo". Estos extraordinarios bailarines, amantes del clasicismo, juegan con la rigidez, los brillos y las muchas sombras que se ocultaban, y ocultan, tras las bambalinas de las grandes compañías de danza que hicieron furor en el siglo XX. Su estrategia ha sido moverse sobre la fina línea que distingue la parodia del homenaje y lo logran, con tal grado de exquisitez, que permite todos los niveles de lectura. Para el profano, aquello es un espectáculo divertido donde hombres vistiendo tutús bailan en puntas, para el entendido el goce toca la cúspide.

Una inspirada instantánea de bailarines © Jean-Philippe Dobrin
Una inspirada instantánea de bailarines
© Jean-Philippe Dobrin

En esta temporada, "Les Trocks", como son conocidos, nos traen a los Teatros del Canal de Madrid un programa divertido y de difícil ejecución. Luego de la esperada locución donde anuncian cambios de última hora y revelan el estado anímico de sus bailarinas, salta al escenario el emblemático Lago de los cisnes en una versión muy "Trocks". Respetando los elementos esenciales de esta conocida coreografía hacen gala de un humor inteligente, dejando entrever aquellos fallos, despistes y rivalidades de las grandes divas y el cuerpo de baile. Seguidamente, presentan un bloque dedicado a dos pas de deux elegidos con certeza y atino, El corsario y Go for Barocco, y cierran con un clásico de esta compañía, la Muerte del cisne. En El corsario, los ejecutantes tienen como objetivo dejar claro que su técnica es equiparable a la de los grandes. Este pas de deux exige una preparación física de primer nivel que conjuga pasos acrobáticos con las sutilezas propias del romanticismo en la danza. Su ejecución fue impecable y el público así lo hizo ver. Momentos después "Les Trocks" se permite una licencia, abandonan durante unos minutos el corsé de la danza clásica estricta y se dejan llevar por la ligereza de Ballanchine. Es entonces que hacen suya la máxima "bailar por bailar". Sin embargo, no dejan de ser ellos, la parodia se torna absoluta haciéndose eco del absurdo con el que ciertos coreógrafos han impregnado sus creaciones. Allí están todos: la monja-boxeadora de Bejart, las corredoras de fondo de Duato, la incomprendida de Mats y un largo etcétera creando, posiblemente, una de las coreografías mejor lograda de la compañía.

Escena de la <i>Muerte del cisne</i> © Oleg Hmelnits
Escena de la Muerte del cisne
© Oleg Hmelnits
Para finalizar el acto, ¿qué mejor que hacernos reír con una versión cuidada de lo que tantas veces nos ha hecho llorar? En la Muerte del cisne el público no deja de reír ni un sólo instante y es que el bailarín enfundado en su blanco atuendo de plumas, sin perder el lirismo ni la punta, lucha infructuosamente contra eso que llaman muerte mientras atrapa al espectador. Tras una segunda pausa el broche final lo pone Paquita, donde una vez más despliegan la técnica perfecta que les lleva a cerrar fouttes con tres y cuatro pirouettes, balancés impensables para el cuerpo masculino y situaciones delirantes.

Fue una noche perfecta que incluyó un cambio real de protagonista durante la función, probablemente imperceptible para público en general pero evidente para el conocedor de la coreografía… "como en los ballets rusos". Les Trocks, fiel a la filosofía que les hizo nacer, sigue irradiando inteligencia y precisión en su propósito de perpetuar el amor a la danza clásica desde el humor.