Los estrenos en Bayreuth suelen convocar la atención mediática, por un motivo u otro. Este año toca reimaginar Parsifal y, semanas antes de la premiere, algunos de sus asuntos ya ocupaban primeras páginas en muchos medios: la espantada de Andris Nelsons por desavenencias con el director artístico del festival, el siempre polémico Christian Thielemann, y el temor a un atentado islamista por algunas escenas supuestamente irreverentes. Presagios de lo que estaba por venir.

Escena de <i>Parsifal</i> en el Festival de Bayreuth © Bayreuther Festspiele | Enrico Nawrath
Escena de Parsifal en el Festival de Bayreuth
© Bayreuther Festspiele | Enrico Nawrath
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Lejos de los sugerentes excesos de las últimas producciones de Parsifal en la colina verde, la propuesta de Laufenberg supone una vuelta a la inocencia, a la simplicidad, recreándose en lo más literal de las posibles miradas. Apuesta por una visión panreligiosa de la obra, por una lectura de redención que transciende a la cristiandad y se extiende a las otras religiones abrahámicas. Hay algo de colonialismo sospechoso en ese final feliz con Parsifal redentor, rubio y armado de la cruz, liderando la liberación de musulmanes y judíos, pero el principal problema de la propuesta estaría más bien en la factura escénica. Laufenberg se empeña en hacer evidente lo que el libreto, sabiamente, solo sugiere. Sabemos que Amfortas revive la pasión de Cristo, que fue seducido sexualmente por Kundry y que Kingsor tiene una relación de amor-odio con la cristiandad. Insistir obstinadamente en estos puntos tan solo encumbra lo obvio y limita el alcance de su interpretación. Los símbolos quedan reducidos a sus significantes y, paradójicamente, las pretensiones de universalidad de la obra son heridas de muerte, por mucho que se nos recuerden con unas proyecciones del cosmos que parecen sacadas de Google maps.

Algunas escenas, como las de las muchachas flor en niqab, o el templo del grial como fotografía de guerra y refugio para los más necesitados, tienen un buen atractivo visual, pero carecen de desarrollo y, definitivamente, no compensan el carácter pueril del edén del tercer acto o los ya mencionados vídeos. Se adivina una lectura ambiciosa, postreligiosa, que propone una visión unificadora de las diversas creencias, redimidas del sufrimiento y liberadas de lo accesorio. Una idea que hubiera podido funcionar mejor de no ser por una realización tan decididamente epidérmica.

El Coro del Festival, Mareike Morr (escudero), Ryan McKinny (Amfortas), Alexandra Steiner (escudero) © Bayreuther Festspiele | Enrico Nawrath
El Coro del Festival, Mareike Morr (escudero), Ryan McKinny (Amfortas), Alexandra Steiner (escudero)
© Bayreuther Festspiele | Enrico Nawrath

El elenco vocal fue, por contraste, motivo de bastantes satisfacciones. Andreas Schager, que se estrena en el festival, sustituyó a un indispuesto Vogt y dio una buena exhibición de ímpetu wagneriano. Creíble dramáticamente, su interpretación explora sobre todo el lado heroico del personaje -se podía argumentar que su Parsifal sonó mucho a Sigfrido- y se cimenta en un agudo brillante y en la potencia de la plena voz. Frente a él, Elena Pankratova, tiene los recursos vocales para una buena interpretación. No fue la suya una Kundry de alto voltaje ni seductora –en parte por tener que permanecer separada de su inocente víctima durante el todo el segundo acto–, pero resuelve su faceta torturada y reflexiva.

Georg Zeppenfeld (Gurnemanz) © Bayreuther Festspiele | Jörg Schulze
Georg Zeppenfeld (Gurnemanz)
© Bayreuther Festspiele | Jörg Schulze
Pero lo mejor de un elenco notable fue la impecable y magistral actuación de Georg Zeppenfeld como Gurnemanz. Su papel es el menos musical de toda la obra y consiguió sin embargo hacer lírica en cada sílaba de su Sprachgesäng. Posee además una dicción totalmente clara y una proyección impecable que le mantiene siempre lejos del tan habitual grito sin perder por ello potencia ni rotundidad. Su interpretación satisface a los sentidos tanto como al espíritu. Completan este reparto el Amfortas de Ryan McKinny, empático y suficientemente doliente, y el Titurel de Karl-Heinz Lehner, apropiadamente severo para el papel.

El coro del festival, haciendo honor a su leyenda, fue capaz de resolver las inmensas exigencias de esta obra. Grandiosos, potentes y estremecedores en la ceremonia del grial, aportaron una sustancia muy necesaria al momento, un tanto caótico por la dirección de actores. La calidad se mostró también en las medias voces, delicadas, afinadísimas y deliciosamente envolventes.

Y en el foso, el maestro Haenchen tuvo que sustituir en el último momento a un Nelsons muy esperado y que seguramente se hubiera centrado más en la intensidad dramática que en ningún otro aspecto de la partitura. Su lectura fue un tanto irregular. Ofreció un primer acto de oficio, de tiempos apresurados para una ceremonia en la que no sobró solemnidad ni dolor. En el tercer acto música y drama se unieron más íntimamente, se pudo entonces disfrutar de un Encanto del Viernes Santo emotivo, luminoso y redentor, y escuchar las sombras de muerte en la escena final.

Algunos creemos que, en honor a su historia, Bayreuth debería ser sinónimo de gran creación en los aspectos escénicos y de calidad indiscutible en lo musical. Lo hemos visto en otras ocasiones pero no en este Parsifal, que navega entre lo correcto, lo simple y lo ingenuo. El lugar y la comunión de la audiencia –algo único en el mundo– aportan su parte, pero sobre el escenario falta metafísica y transcendencia. La peregrinación al "festival escénico sagrado" deberá buscar otros destinos en los próximos años, otros templos wagnerianos que bien pueden estar en Múnich o en Berlín.