La gran atracción del cuarto concierto de abono de la Sinfónica de Galicia, Maria João Pires, respondió con creces a las expectativas más exigentes. A sus 72 años se mostró en una asombrosa plenitud, demostrando desde la mismísima primera nota con la que hace su entrada en el Segundo concierto de Chopin –un fortissimo ¡sutilísimo en sus dedos!– por qué ha sido y sigue siendo una grande del piano. Si hubiera que explicar en que radicó esa grandeza, la respuesta se reduciría a algo, en apariencia, tan sencillo, como decir que Pires es de esos músicos excepcionales que obran el milagro de hacer que la música nazca directamente del interior del propio artista.

La pianista Maria João Pires
La pianista Maria João Pires
En las manos de Maria João Pires, ese mismo piano con el que en la primera parte su discípulo Julien Brocal había interpretado de forma estimable el Primer concierto chopiniano, se transformó en un instrumento absolutamente distinto. Un instrumento del que por arte de magia emanaron colores, sonoridades y matices hasta ese momento inéditos. Pires hizo que cada frase, cada crescendo, cada pianissimo resonase con una musicalidad y una pureza sobrecogedora. Si a esto sumamos la facilidad y la elegancia con las que abordó las cascadas de semicorcheas, trinos y ornamentos que recorren la obra, el resultado fue una interpretación absolutamente memorable. Comprensiblemente, el poético y ensoñador Larghetto, inspirado por Constantia Gladowska –amor platónico del compositor– fue el momento cumbre de la interpretación. A la máxima delicadeza y sensibilidad en la exposición de la melodía se le unió un exquisito despliegue de precisión y expresividad en la dramática sección central. Disfrutamos, en resumen, de una inconmensurable artista que movió y conmovió al público de un Palacio de la Ópera como pocos pianistas han conseguido.

En la primera parte, Julien Brocal tuvo que lidiar con el Primer concierto, sabedor de que cualquier cosa que hiciera iba a ser contrastada con la interpretación de Pires. Intencionadamente o no, fue el suyo un Chopin bien distinto: una interpretación correcta, pero en la que se echó en falta una paleta de colores más rica que le hubiese dado más vida a una concepción emocionalmente gélida y técnicamente mecánica. Brocal es un joven y valioso pianista todavía a la búsqueda de su propia voz. Sin duda, su participación en el proyecto 'Partitura' enriquecerá su carrera.

Un atractivo adicional del concierto fue la inesperada sorpresa de poder ver al frente de la orquesta a su concertino Massimo Spadano. Una seria indisposición provocó que el tan esperado Trevor Pinnock tuviese que renunciar a dirigir el día previo al concierto. De entre las opciones que se abrían, se optó por la de Spadano, que atesora una relativa experiencia dirigiendo, pues ha debutado en el papel con más de una orquesta española.

Tras Guy Braunstein, se ponía por tanto nuevamente, y antes de lo esperado, un concertino al frente de la orquesta. La visión de conjunto, la interiorización del sonido de la orquesta y la capacidad de reacción que este puesto requiere se reflejaron en su conducción. Spadano, como cualquier director que se enfrenta a estos conciertos, tuvo que hacer lo indecible para desmentir la ácida reflexión de Berlioz: "la parte orquestal de estas obras no es más que un frío y casi inútil acompañamiento". Lo consiguiese o no, su labor fue atinada en ambas obras, controlando con precisión las entradas, aportando carácter a las secciones brillantes y un dosificado lirismo a los segundos temas. En ellos gozó de la complicidad de unas cuerdas sutiles y de unos fabulosos solos en momentos clave de la escritura chopiniana, muy especialmente de trompa, flauta y oboe. Esta labor fue preludiada por una ágil obertura de Las criaturas de Prometeo. Un interesante debut en la temporada de conciertos de la OSG y que confirma la globalidad y versatilidad de su aproximación a la música.