Desde lo alto de un amplio taburete, luciendo la máxima economía de gestos, pero arrastrando lo indecible a los músicos con una mímica facial extremadamente expresiva, el director finlandés Leif Segerstam puso en pie una expansiva Octava sinfonía de Anton Bruckner. La duración de la interpretación –más de hora y media sin contabilizar las pausas–, pero también su carácter preciosista y refinado, la alinearon directamente con las magnas Octavas del gran Sergiu Celibidache. Con ellas compartió una concepción análoga en la que por encima de todo predominó la máxima claridad.

El director Leif Segerstam © PGM
El director Leif Segerstam
© PGM

El estatismo en el fraseo permitió que no sólo cada parte instrumental pudiese ser apreciada con la máxima nitidez, sino que al mismo tiempo se clarificasen a la perfección las relaciones internas entre cada una de las voces. Aunque un enfoque tan expansivo, en una obra tan dilatada, requiere del oyente la máxima concentración, por paradójico que resulte, la interpretación en ningún momento se hizo larga. Al ir evidenciando de una forma tan cruda el sinfín de voces y relaciones internas que la partitura encierra, el director consigue generar en el oyente una tensión indescriptible. No asistimos al descubrimiento de una imponente y monolítica escultura de mármol, sino al de un organismo vivo cuya respiración y pulso, por lentos que sean, rebosan fuerza y pasión.

Tras el tremolo inicial, sobre el cual se superpuso el majestuoso rumor de los contrabajos, la evocadora melodía de los chelos fue recreada con un hermosísimo sonido, sensual y aterciopelado. Segerstam dejó claro desde el mismo comienzo que esta catedral sinfónica que es la Octava iba a ser levantada con el mayor mimo: piedra a piedra, nota a nota. Cada acento, crescendo, clímax… ¡Incluso cada silencio! cobraba vida propia en sus manos.

Tan minucioso y estático planteamiento supuso un reto colosal para maderas y metales, del que sin embargo salieron indemnes manteniendo a lo largo de la hora y media de música una sonoridad siempre robusta y pujante. Las numerosas intervenciones solistas del oboe, clarinete y flauta, fueron en todo momento impecables en su ejecución, proyectando sobre la sala un sonido pleno de carácter. Igualmente, las trompetas y trompas, reforzadas por las tubas wagnerianas, aportaron un sonido rebosante de temperamento. Pero una vez más, sería injusto destacar alguna sección de la orquesta, y qué mejor prueba de la labor colectiva que los apocalípticos clímax que la orquesta hilvanó en el Allegro moderato inicial.

Segerstam obviamente jugó con un arma de doble filo. Una aproximación tan extrema podría llevar a los oyentes dispuestos a seguirle a la excitación más sublime, pero también corrió el riesgo de ser incapaz de mantener la tensión intacta a lo largo de toda la obra. De ser así, todo el discurso sinfónico se podría venir abajo de la forma más penosa. Únicamente vi el fantasma de este peligro en algunos momentos del Finale. Probablemente este movimiento sí requería una aproximación convencional –más enérgica y menos episódica–, aunque sólo fuera para conferirle a la monumental coda un mayor sentido. Pero el resto de la interpretación que le precedió la resumiría en una palabra: sublime.

Al grandioso Allegro moderato sucedió un revelador Scherzo en el que Segerstam dio vida a la perfección al carácter rústico y bailable que muchos entendidos brucknerianos encuentran en este movimiento. A él le sucedió un bellísimo y conmovedor Adagio, en el que la música fluyó con una naturalidad asombrosa, sucediéndose a la perfección las bruscas y conspicuas transiciones dinámicas entre el forte y piano. Y aunque, efectivamente el Final se podría haber beneficiado de una paleta orquestal más rica y variada, la llegada de la coda, con una trompetería liderada por unos rotundos y brillantes trombones representó un glorioso final a un viaje en el que una vez más Bruckner y su música nos abrieron las puertas de lo trascendental.

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