De forma atípica la Orquesta Sinfónica de Galicia abrió su temporada 2019-20 con un programa constituido por cuatro obras. Infrecuente porque estas ocasiones suelen ser protagonizadas por obras del repertorio de gran calado, que garantizan un arranque exitoso. El director Dima Slobodeniouk planteó una selección de obras perfectamente escogidas, y manteniendo la intensidad de principio a fin gracias a interpretaciones musicalmente intensas e inspiradas, intelectualmente de lo más lúcidas.

La Sinfonía de los salmos contó con la atinadísima participación del Coro de la Sinfónica de Galicia, reforzado para la ocasión. Su participación fue impactante desde un principio, en la hierática introducción, directamente emparentada con el mundo sonoro del Edipo Rex stravinskyano. Disfrutamos de un coro entregado, cantando a plena voz, rebosando carácter, convicción y una fuerza abrumadora. En el segundo movimiento Slobodeniouk, con su habitual clarividencia en este repertorio, consiguió, con un tiempo vivo y un fraseo incisivo, que la abstracta doble fuga fuese más allá de la austeridad habitual. No olvidemos que años después de su composición, el propio Stravinsky la considerase demasiado dilatada. Con la entrada del coro, más cálida que católica, se inició una interesante transición desde la oscuridad a la luz, que aunque no terminó de cristalizarse, sería recuperada en el movimiento final. La sección a capella sobre el verso Et statuit super petram pedes meos emocionó tanto por la pureza de la línea de canto como por su expresividad. Tal vez no sería la palabra emoción el término más afín al credo del compositor ruso, pero lo cierto es que el contraste con el casi consecutivo clímax vocal del Et immisit in os meum canticum novrum, no se podría entender de forma exclusivamente racional. Slobodeniouk fue un paso más allá en esta concepción dando vida a un movimiento final plenamente laudatorio. En cierto modo es lo esperable, sobre todo a la luz del texto, pero no es en absoluto lo habitual. Lo más común es escuchar la obra transformada en una pesante y melancólica, por no decir desoladora, pieza litúrgica. Pero la magistral lectura de Slobodeniouk y la luminosa recreación del coro la convirtió en un optimista y hermosísimo canto de amor y esperanza.

Sin apenas recuperarse de tan intenso y conciso arranque, era el turno de una partitura sólo 58 años más temprana, pero perteneciente a un mundo musical situado a varios años luz; el Concierto para violonchelo y orquesta núm. 1 de Saint-Saëns. El solista fue el joven, pero reconocido, Johannes Moser. Este impregnó al Allegro non troppo con un impulso juvenil, que en ciertos momentos resultó excesivo. Los sucesivos contrastes con las evocadoras secciones lentas resultaron un tanto artificiales, muy especialmente en la segunda de ellas con su eterno pianissimo que da paso al Allegretto con moto. Lamentablemente, resultó empañada por una pasajera, pero molesta interferencia de los equipos de sonido. Este movimiento fue llevado a un tiempo igualmente, en este caso en consonacia con la indicación de la partitura. El acompañamiento de las cuerdas fue tan vital y emotivo como la declamación del solista. La transición de Moser hacia el final Tempo primo fue uno de los mejores momentos del concierto por su musicalidad y por el maravilloso que el violonchelista alemán extrae de su instrumento. En el tiempo final sorprendió una vez más la forma en la que la orquesta se amoldó al discurso enérgico, casi arrollador que impuso el febril solista. Este respondió a las ovaciones con una Sarabanda bachiana en homenaje a su amigo David Ethève, principal de la orquesta fallecido hace tres años.

La segunda parte fue menos intensa y estimulante. Se abrió con la recuperación de una partitura de Rogelio Groba, Danzas meigas (1997), escrita en estilo “etnogalaico”. Parece razonable que los compositores locales tengan la oportunidad de llevar sus obra a los atriles, pero tal vez un concierto de abono ante un público experimentado y exigente no sea la mejor carta de presentación para una obra que no va más allá de una correcta instrumentación de motivos folklóricos. Los apenas sesenta segundos de aplausos fueron buena muestra del sentir del público.

El programa se cerró con la obra más popular del programa; el Bolero. Como una bofetada en la cara a las teloneras Danzas meigas, el Bolero demuestra como con un par de simplísimas ideas musicales se puede llegar a escribir una obra de arte inmortal. Slobodeniouk optó por un tiempo vivo y nervioso, desde los primeros compases, el cual funcionó a la perfección. No fue óbice para que el crescendo se construyese de forma impecable. Entre las magníficas intervenciones solistas, destacaron el saxo tenor y el trombón, pero también una cuerda, en su conjunto empastadísima y llena de carácter, auténticamente francesa. La traducción estuvo teñida de una atípica melancolía, pero no por ello dejó de resultar una lectura efusiva, extrovertida, que fue coronada con un explosivo final; atípico en Slobodeniouk.

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