Las celebraciones del 25º aniversario de la Orquesta Sinfónica de Galicia llegaron a un punto álgido con la interpretación a lo largo de una semana de las nueve sinfonías de Beethoven bajo la dirección de su titular Dima Slobodeniouk. Un maratón musical en la que todos los miembros de la plantilla fueron turnándose a lo largo de los seis conciertos programados –seis, pues la interpretación de la Novena aquí comentada se repitió al día siguiente.

Estábamos ante la primera ocasión en que Slobodeniouk dirigía a su orquesta en las partituras sinfónicas beethovenianas. Este hecho coincidía con la aparición de la noticia de su debut en la próxima temporada de abono de la Filarmónica de Berlín. Giraban por tanto todas las miradas en torno a lo que el director ruso-finlandés tenía que decir a su público sobre tan glorificado ciclo. La interpretación de la Novena cristalizó a la perfección las impresiones que se fueron acumulando a lo largo de los cuatro conciertos previos. Slobodeniouk dio vida a un Beethoven moderno, ágil, flexible y sobre todo, muy sincero hacia la partitura. En algunos aspectos, a pesar de ser producido con una orquesta moderna, su enfoque recordó a las aproximaciones historicistas de un Norrington o Herreweghe.

Los profesores de la OSG y el director titular Dima Slobodeniouk
Los profesores de la OSG y el director titular Dima Slobodeniouk

El hecho más llamativo correspondió a los tempi extremos que Slobodeniouk desplegó de forma invariable a lo largo de toda la obra –y de todo el ciclo. Enfrentado al eterno dilema de las indicaciones metronómicas beethovenianas, desde el pódium intentó acercarse en la medida de lo posible a las discutidas indicaciones que Beethoven nos legó. No es un enfoque exclusivo de los historicistas pues por ejemplo, similar rasgo caracterizó al celebrado Beethoven de David Zinman con su orquesta de la Tonhalle de Zürich. Igualmente, Slobodeniouk exhibió de forma llamativa un cuidado extremo en evitar el más mínimo exceso retórico que fuere más allá de lo que está escrito en la partitura.

Fue por tanto una interpretación de la Novena perentoria y rotunda, lo cual sin duda provocó no pocas controversias entre músicos y público. Pero lo cierto es que al mismo tiempo que el director llevó a los magníficos músicos de la OSG más allá de sus límites, extrajo de ellos tal tensión y concentración que la interpretación estuvo animada de una energía y una pasión inusitada que compensó sobradamente aquello que se quedaba en el camino. Únicamente el Adagio se resintió perceptiblemente, más que por el tempi, por la comentada ausencia de retórica. Escuchándolo, uno no podía dejar de recordar las palabras de Toscanini quien solía decir que este movimiento requería que el director en su sección central realizase una genuflexión. Obviamente la concepción de Slobodeniouk resultaría totalmente ajena a este tipo de mistificaciones. Pero en el resto de la obra el carácter de la música siempre permaneció inalterado e incluso clarificado. Otro aspecto que confirió personalidad a la interpretación fue la decisión de disponer a los violines primeros y segundos separadamente, de forma antifonal, lo cual siempre es arriesgado en una sala como el Palacio de la Ópera, pero a cambio nos permitió gozar de la abrumadora escritura contrapuntística, tan característica de esta sinfonía.

En lo vocal disfrutamos de la intervención de cuatro excelentes solistas, los cuales se mostraron muy cómodos en sus intervenciones, proyectando la voz sin dificultad, en parte ayudados por su ubicación a ambos lados del director. Impecables el alla marcia del tenor y el recitativo del bajo y magnífica Arteta trasladando a la partitura todo su talento dramático. El Coro de la Sinfónica de Galicia confirmó la línea ascendente de las últimas temporadas, exhibiendo un sonido compacto y un gran carácter y afinación, desenvolviéndose con gran musicalidad, incluso en los registros más remotos o en las no pocas modulaciones en fortissimo. Fueron sobrecogedores sus crescendi y sus forti en la conclusión de la obra, convirtiéndose el coro en el verdadero catalizador de toda la tensión acumulada a lo largo de la intensa hora de música previa.

El resultado global fue un Beethoven fresco, rejuvenecido que si bien pudo provocar el fruncido de más de una ceja, contó con el apoyo unánime del público. Ocho minutos de aplausos cosechó una interpretación que demostró la modernidad y la vigencia del mensaje beethoveniano, pero que al mismo tiempo nos invitó a reflexionar sobre cuánto hay de maleable, incluso en una obra tan venerada y venerable como esta.