Tras su exigente y exitosa gira británica, la Orquesta Sinfónica de Galicia regresaba al Palacio de la Ópera con una de esas citas que, aun presentándose sobre el papel como rutinaria, acaban adquiriendo una dimensión inesperada. Como maestro de ceremonias, Víctor Pablo Pérez, quien en su visita anual propuso un convencional monográfico: el Concierto para piano núm. 3 y la sinfonía por excelencia, la Quinta. Un programa siempre agradecido para reencontrarse con la orquesta y comprobar en qué estado regresaba en lo que ha supuesto una importante inyección de autoestima artística. Y de hecho, la OSG volvió, no sólo en su habitual línea de excelencia, sino con un punto añadido de cohesión y energía expresiva. Al éxito de la noche se sumaron dos factores decisivos: un solista de primera fila, Rafał Blechacz y, muy especialmente, un Víctor Pablo Pérez reinventado, capaz de ofrecer la que a mi juicio ha sido su mejor actuación al frente de la orquesta en sus visitas posteriores a la conclusión de su etapa como titular. En estos tres lustros transcurridos sus retornos al podio de la OSG han tenido siempre una connotación sentimental, pero sin lograr restablecer su antigua electricidad con la orquesta y con el público. En esta ocasión sí ocurrió: hubo concentración, intención, carácter e inspiración.

La apertura con la orquestación de Galicia - Marcha triunfal, del decimonónico coruñés, Marcial del Adalid, no fue especialmente relevante. Es una página que Pérez ha defendido en ocasiones e incluso grabado y en la que en esta ocasión optó por tiempos más ceremoniosos, lo cual la hizo más prescindible que nunca. El Tercero de Beethoven, a pesar de su apego al modelo clásico, anuncia un desbordante horizonte dramático que encontró en Blechacz un traductor de lujo. La transparencia y la nobleza de su fraseo, unidas a una pulsación firme y resonante, revelaron a un intérprete profundo, capaz de enriquecer lo indecible la arquitectura beethoveniana. Exhibió equilibrio entre energía y control, con un fraseo nítido y limpieza en los pasajes de mayor exigencia. Desde la mismísima introducción, la orquesta desplegó un sonido vibrante, pleno de fuerza y vitalidad. La inveterada introspección de Pérez dio paso en esta ocasión a una narrativa diametralmente opuesta: transiciones fluidas, contrastes dinámicos muy vivos, riqueza de matices, y una tensión interna sostenida con admirable naturalidad. El Largo fue sostenido con amplitud, pero sin caer nunca en la languidez, mientras el Rondó tuvo empuje y claridad, cerrando una concepción de gran empaque. Resultó, sin embargo, anticlimática la propina: el Adagio sostenuto de la Claro de luna.

Y una vez más… la Quinta sinfonía. Sin embargo, como sucede con los clásicos absolutos, la repetición no agota su poder. Igual que una puesta de sol puede seguir emocionándonos una y otra vez, esta música conserva intacta su capacidad de sacudir al oyente cuando se interpreta con verdadera convicción. Y eso fue lo que ocurrió. Víctor Pablo optó por una construcción clásica, con tiempos vivos y narrativa fluida, a la vez que rebosante de sutilezas tímbricas y refinamientos de articulación. La energía renovada del director burgalés aportó nervio, claridad y un contagioso sentido de la progresión. Un aspecto clave fue la elección de timbales modernos, en detrimento de los modelos clásicos habitualmente utilizados, que contribuyeron a reforzar la concepción poderosa y monumental de la obra. No menos crucial fueron las trompas de Marta Montes y Manuel Moya con un sonido pleno y una presencia perfectamente integrada en el tejido orquestal. Sería igualmente injusto no citar las maderas, exhibiendo, por ejemplo, un sonido casi espectral en el diminuendo del con brio inicial. Víctor Pablo manejó con clarividencia los contrastes dinámicos, trabajados con limpieza admirable, desde el pianissimo hasta la máxima intensidad. El Andante con moto, adecuadamente animado, fluyó con grandeza y nervio. La aportación de los contrabajos con unas entradas sobrecogedoras (para mi inéditas en la obra) contribuyeron al peso específico del movimiento.
Todo un sinfín de detalles de máxima finura: músicos inspiradísimos al servicio de una dirección clarividente. El Scherzo pleno de misterio y de tensión contenida culminó con una magnífica preparación al Final, que estalló con toda la luminosidad requerida. Rotundo, afirmativo, de una plenitud casi física. La OSG sonó en estado de gracia: metales firmes, cuerda compacta, maderas expresivas y una percusión integrada en una visión global de enorme impacto.

















