La Orquesta Sinfónica de Galicia culminó los 25 programas de su 25ª temporada con un espectacular concierto conformado por tres clásicos orquestales del siglo XX. Al frente de la formación se puso uno de sus directores invitados más apreciado por la orquesta: el milanés Carlo Rizzi. Fue de hecho uno de los nombres que en su día sonaron con más fuerza para sustituir a Víctor Pablo Pérez como titular de la orquesta. No sólo esta posibilidad no cuajó sino que incluso se había cumplido un sexenio desde su última visita a La Coruña.

La inmensa mayoría del repertorio que Rizzi tradicionalmente ha hecho con la OSG ha sido música del siglo XX, hacia la cual muestra una especial empatía. Sus interpretaciones lo confirman, tanto por su precisión orquestal como por evidenciar que detrás de ellas siempre hay una idea. Asimismo, el diseño del programa –sin solistas y con tres caballos de batalla orquestales– respondía a la lógica pretensión de exhibir el nivel alcanzado por la orquesta 25 años después de su creación.

El director Carlo Rizzi cerró la temporada de la OSG © Tessa Traeger
El director Carlo Rizzi cerró la temporada de la OSG
© Tessa Traeger

La OSG estuvo a altura del reto del principio al fin de la noche. Las fuentes de Roma fueron un auténtico prodigio de sensibilidad que se inició con una Fuente del Valle Giulia al amanecer en la que destacaron las maderas ondulantes de la OSG –todas a 3 menos los fagotes–, y los sutilísimos cambios dinámicos de las cuerdas. Desde el pódium hubo una llamativa contención que retornaría en la segunda parte. Ese carácter introspectivo marcó igualmente a La fuente del Tritón por la mañana, mientras  que La fontana de Trevi al mediodía estuvo cargada de una imponente solemnidad que llegó de la mano de unos metales brillantes y rotundos. En el andante final, La fuente de la Villa de Medicis al atardecer, Rizzi y la orquesta recrearon de forma nostálgica y ensoñadora la magia de la hora crepuscular romana. Una vez más las cuerdas de la Sinfónica –subrayadas por el hermoso ostinato de las maderas, regalaron al público una lección de lirismo.

En El mandarín maravilloso la Sinfónica hizo ostentación de virtuosismo en un registro bien distinto. El brutal despliegue de energía cinética que la obra de Bartok requiere fue manejado por Rizzi con una claridad y precisión fabulosa. No hubo ninguna sensación de urgencia en la interpretación, más allá de la que surge de una impactante partitura que fue sin duda la más celebrada de la noche.

Es imposible sustraerse a lo peculiar de una Quinta de Shostakovich que huyó de los derroteros habituales por los que tan emblemática obra se nos presenta una y otra vez. Fue una Quinta teñida de escepticismo y desolación. Una Quinta que sin duda fue el resultado de una lectura que, más allá de las notas, ahondó en las terribles circunstancias biográficas que marcaron la composición de la obra. El mahleriano Largo, dilatado al infinito y desprovisto de su sensualidad, así como la anticlimática conclusión del Allegro non troppo final constituyeron el mejor ejemplo de como un director puede hacer aflorar toda la tragedia y la ironía que inspiró la música del gran compositor soviético. Los dos primeros movimientos, el Moderato y el Allegretto, fueron más canónicos. En ellos, como en toda la obra, la Sinfónica de Galicia estuvo sobresaliente. Ni más ni menos que en la línea de toda una temporada a lo largo de la cual ha demostrado estar gozando, a sus veinticinco años, de la envidiable madurez de las más grandes orquestas ¡Qué diremos de ella dentro de otros 25!

****1