Insólita, ciertamente, esta cita con el tenor alemán Klaus Florian Vogt que nos proponía el Festival Castell de Peralada. Insólita en primer lugar porque no se prodiga Vogt en este formato, ajeno por completo al Lied en su trayectoria. Insólita también porque el programa reunido para la velada era verdaderamente surrealista, comenzando por Schubert y siguiendo con Wagner en la primera parte, y con Brahms y piezas de opereta para la segunda mitad. Un sinsentido; un programa desnortado se mire como se mire. Un programa no es un catálogo y se espera de él un hilo conductor o cuando menos una mínima coherencia interna. Y cita insólita, por último, porque el recital tenía lugar, algo ciertamente desusado, en el lapso entre dos funciones del Lohengrin de Bayreuth que Vogt está protagonizando estas semanas. Lo cierto es que Vogt acumula a sus espaldas ya década y media de una trayectoria constante, lejos de los grandes focos y levantando por igual afectos y desafectos. El material es ciertamente singular y no apto para todos los públicos, por decirlo de algún modo: el timbre, generalmente blanco, coquetea peligrosamente con el falsete conforme asciende al agudo y hay en su fraseo instalada una sensación un tanto inane. Vogt gana, sin embargo, en conjunto cuando se sube a un escenario, sobre todo con algunos papeles como su Lohengrin. Y no en vano su pálida expresividad, como aterido, quedó en evidencia en este formato de concierto dispuesto en Peralada, que apenas dejó espacio para un par de intervenciones más carismáticas en el caso del racconto de Lohengrin y en la pieza seleccionada de Der Zarewitsch de Léhar, la obra con la que supuestamente empezó su trayectoria.

El tenor Klaus Florian Vogt ofreció un recital en el Festival de Peralada © Uwe Arens | Sony Classical
El tenor Klaus Florian Vogt ofreció un recital en el Festival de Peralada
© Uwe Arens | Sony Classical

Como decíamos, Vogt no ha frecuentado el Lied en su agenda y eso se nota claramente. En primer lugar no parece afortunado seleccionar cuatro Lieder de La bella molinera, precisamente un ciclo con una narratividad interna que queda así deslavazada. En segundo lugar, no parece sensato abrir la primera mitad con esas piezas de Schubert y olvidarse del Lied hasta el inicio de la segunda mitad, con tan sólo dos canciones de Brahms. Si bien mejor entonadas estas últimas, en el caso de su Schubert, éste se asemejó peligrosamente al recitado memorístico de una lista de la compra. Su "Winterstürme" tampoco destacó precisamente por su efusividad y lo mejor de la primera parte vino, sin duda, de un Tamino muy bien medido y delineado ("Dies Bildnis ist bezaubernd schön" de Die Zauberflöte) y con el ya citado y consabido "In fernem Land" de Lohengrin, que maneja con soltura. Aunque más cómodo y desenvuelto con las piezas de opereta, desde un enfoque más superficial que charmant, lo cierto es que se mostró incapaz de resolver la tesitura más aguda de estas páginas, en una selección que incluía "Ein Leid geht un die Welt" de Hans May, "Mein Wien" de Gräfin Mariza de Kalman y "Es steht ein Soldat am Wolgastrand" de Der Zarewitsch, "Immer nur Lächeln" y "Dein ist mein ganzes Herz" de "Das Land des Lächelns", estas tres últimas de Franz Lehár.

Las propinas, apenas dos, en un recital de duración ciertamente escasa, no ayudaron precisamente a levantar el nivel de la velada, sobre todo en el caso de una inapetente "Maria" de West Side Story, al borde del precipicio Vogt al acometer el agudo que tantos disgustos le costó a José Carreras en su día. Mucho mejor Vogt, desde luego, en la segunda y última propina, el "Freunde, das Leben ist lebenswert!" de la Giuditta de Lehár. El pianista Jobst Schneiderat no tuvo a decir verdad mucho margen para expresarse y dar muestras de su buen hacer. Tampoco la acústica de la Iglesia del Carmen de Peralada es la quintaesencia en este sentido y poco más que un discreto acompañamiento es todo lo que pudo brindar Schneiderat. Y por cierto que en ninguna parte del programa (todo él en catalán) se nos indicó qué pieza para piano interpretó Schneiderat a mitad de la segunda parte del concierto. Un concierto de muchos menos quilates que los escuchados en ediciones anteriores en ese mismo recinto al tenor Ramón Vargas o a la soprano Angela Meade. Como nota al margen, celebramos la renovación de las butacas habida cuenta de la manifiesta incomodidad de las anteriores.