El director Dima Slobodeniouk volvía a ponerse al frente de la Sinfónica de Galicia en el decimoquinto programa de abono de la temporada para dirigir la música de dos de sus compositores referenciales: En Saga de Sibelius y la Sexta Sinfonía de Tchaikovsky. Entre ambas, la presencia estelar de Yefim Bronfman en el Concierto para piano y orquesta nº 2 de Beethoven.

El pianista Yefim Bronfam © Dario Acosta
El pianista Yefim Bronfam
© Dario Acosta

En Saga de Sibelius constituyó un deslumbrante arranque. Perfectamente galvanizada por la intensa dirección de Slobodeniouk, la orquesta mostró en todo momento una máxima sensibilidad hacia las sutilezas de la obra. Unas cuerdas cristalinas y empastadas caracterizaron la tensión interna que la recorre. Así mismo, las maderas aportaron el inconfundible color y aroma, señas de identidad del compositor finés. La idiomática dirección de Slobodeniouk no cayó en la tentación de conferir a la partitura un carácter programático. Fue un sutil despliegue de emociones y estados de ánimo, aunque por supuesto, el gran clímax de la obra desplegó una energía épica. Como colofón, la interpretación se cerró con un desolador solo de clarinete.

Tras este sobresaliente arranque, la presencia de Yefim Bronfman estuvo a la altura de las expectativas. Siendo un pianista con un amplísimo repertorio que se extiende desde el período clásico hasta la música de hoy –por citar un ejemplo mencionaría su reciente estreno de Trauermarsch, el concierto para piano y orquesta de Jörg Widmann-, sorprendió por el enfoque extremadamente clásico con el que abordó la partitura beethoveniana. La OSG demostró su versatilidad adecuándose perfectamente al mismo. Ésta, desde la introducción orquestal, exhibió un sonido grácil pero a la vez pleno de carácter.

Bronfman eludió cualquier exceso retórico o grandilocuente, dando vida a un sonido preciso e impoluto. Su agilidad de fraseo se hizo extensible a las transiciones que sin embargo funcionaron perfectamente. Sorprendentemente la cadencia contrastó por la gravedad de su concepción. El bellísimo Adagio fue el momento más emotivo de su interpretación. Se caracterizó por sus unas dinámicas extremas y por una desnudez expresiva sobrecogedora, especialmente en la sublime disolución final. En un registro bien distinto al de la obra previa de Sibelius, las maderas de la Sinfónica demostraron una vez más en este movimiento lo hermoso de su sonido. El Rondo final estuvo dotado del impulso necesario, con un buen equilibrio entre solista y orquesta. Bronfman respondió generosamente al clamoroso entusiasmo con dos abrumadoras propinas: el Estudio en Fa mayor de Chopin y un inusual regalo, el salvaje Precipitato final de la Séptima Sonata de Prokofiev.

La segunda parte del programa nos hizo retrotraernos al debut de Dima Slobodeniouk con la Sinfónica: una inspiradísima Primera Sinfonía de Tchaikovsky, la cual tuvo a la postre una influencia decisiva en su contratación. Sin embargo, han tenido que transcurrir casi cuatro años para que el director ruso-finlandés se adentrase otra vez en este ciclo sinfónico, sin duda parte integrante de su ADN musical. Lo ha hecho ni más ni menos que con la Patética.

El resultado estuvo a la altura de las expectativas. Una vez más se volvió a percibir esa sensación de clarividencia que Slobodeniouk transmite en sus mejores conciertos. Un estado de gracia en el que el director emana la sensación de tener respuesta a todas las preguntas que la partitura plantea. Los músicos igualmente lo perciben con lo que su interpretación gana a su vez en confianza y convicción. Así, por ejemplo, el fraseo mostró una concentración y una densidad máximas.

De perfil abrumador en lo sonoro, en lo interpretativo fue una Sexta conmovedora en la que no hubo un momento de relajación. Incluso el Allegro con grazia fue inusualmente vivo, al mismo tiempo que estuvo imbuido de un sugerente carácter onírico.  El Allegro molto vivace fue recreado con una gran intensidad. Slobodeniouk lo caracterizó con una oportuna rusticidad.

Los movimientos extremos estuvieron perfectamente interconectados siendo en ambos casos lecturas expresionistas. En el Adagio lamentoso la construcción fue ejemplar, especialmente en lo que corresponde a la dialéctica entre el desolador lamento y el tema elegíaco.  La coda, con unos sentidos tremolos de los contrabajos hizo que se suspendiera el tiempo (¡y los aplausos!) en el Palacio de la Ópera. Un gran éxito que en cierto modo fue prolongación del conseguido dos días antes con idéntico solista y programa en el Auditorio Nacional con motivo del concierto extraordinario de Juventudes Musicales.