Dos décadas después de su última presencia en Galicia, el retorno de Grigori Sokolov constituía por sí solo uno de los grandes acontecimientos musicales del verano gallego. Su incorporación al Festival Bal y Gay obligaba además a abandonar circunstancialmente el ámbito geográfico habitual de A Mariña y buscar un espacio a la altura del acontecimiento. El Auditorio Fuxan os Ventos de Lugo, inaugurado hace apenas año y medio y todavía con una actividad limitada, cumplió sobradamente el cometido. Con las localidades prácticamente agotadas y público llegado desde muy diversos lugares, recibió adecuadamente el acontecimiento musical de mayor calibre de su corta historia.

Sokolov respondió a la expectación. Lo hizo, además, con un meditado programa, poco orientado hacia el virtuosismo exhibicionista y construido alrededor de dos Beethoven separados por casi tres décadas y el monumental testamento pianístico de Schubert. Frente a pasados recitales sorprendió el particular enfoque de esta ocasión. Sokolov apenas buscó las aristas, explotando solo excepcionalmente los extremos dinámicos del instrumento y conduciendo todo el recital hacia un territorio de introspección, equilibrio y, en cierta manera, aceptación. Asímismo, se inclinó mayoritariamente por una concepción singularmente serena del tiempo musical.
En sus manos, la Sonata núm. 4, obra de un Beethoven veinteañero, se mostró curiosamente madura. Ya el Allegro molto e con brio, dejó clara una concepción espaciosa, ajena a cualquier precipitación, sostenida por una extraordinaria claridad de articulación y un control absoluto de las transiciones. No se trataba, sin embargo, de una opción sistemáticamente serena; así, el Largo, con gran espressione discurrió con sorprendente fluidez, aunque por supuesto dejando respirar cada silencio y cada resonancia sin convertirlos en materia estática. El Allegro recuperó ligereza, aunque Sokolov no explotó al máximo la gracia e ironía que esconde el movimiento; permaneciendo más contenido, fiel a la atmósfera general de la noche. El Rondo final discurrió con igual naturalidad, sin convertir siquiera sus episodios más vehementes en demostraciones de fuerza.

Sin solución de continuidad, Sokolov se adentró en las fascinantes Seis bagatelas, op. 126, una de las últimas creaciones pianísticas del compositor. Difícilmente pueden entenderse estas seis miniaturas como simples piezas independientes: sus contrastes y correspondencias permiten escucharlas casi como una única obra articulada en seis movimientos. Sokolov reforzó precisamente esa percepción de continuidad. El carácter contemplativo de la primera encontró respuesta en el nerviosismo de la segunda sin que este llegase nunca a resultar agresivo; la extraordinaria tercera bagatela se convirtió en uno de los momentos de mayor suspensión de la velada, mientras que incluso el Presto de la quinta evitó cualquier exacerbación. Más que subrayar el Beethoven más áspero y visionario, Sokolov dio vida a estas páginas desde una distancia reparadora.
Tras el descanso llegó la Sonata D.960 de Schubert, colosal no solo por sus dimensiones sino por la profundidad de un lenguaje escrito apenas unas semanas antes de la muerte del compositor. También aquí la dimensión trágica quedó muy deliberadamente en segundo plano. El Molto moderato, avanzó en manos de Sokolov con amplitud extraordinaria, sostenido sobre un pulso que parecía suspender el tiempo y con el célebre trino grave integrado en el discurso antes que convertido en un presagio amenazador. Sokolov con su fraseo milagroso hizo que cada episodio fluyese de forma natural dentro de una arquitectura de proporciones enormes. El Andante sostenuto, corazón emocional de la obra, alcanzó una conmovedora desnudez, pero sin caer nunca en el desgarro; nuevamente parecía imponerse una suerte de aceptación sobre cualquier visión terminal de la partitura. La ligereza del Scherzo fue una ventana de luminosidad antes de un muy contenido Allegro ma non troppo final.

Quedaba todavía ese segundo recital dentro del recital que Sokolov acostumbra a ofrecer: nada menos que seis propinas que hicieron sentarse, una tras otra, a la parte del público que iniciaba su salida de la sala. Tres primeras dedicadas a Brahms fueron más que un mero apéndice. Las Baladas op. 10 núm. 1 y 3, y la Rapsodia op. 79 núm. 2 prolongaron la atmósfera introspectiva de la velada, aunque con una densidad y una tensión crecientes. El Preludio op. 28 núm. 20, de Chopin, concentró en unos compases una gravedad atemporal, mientras que el Preludio op. 11 núm. 4, de Scriabin, devolvió el discurso a una delicadísima melancolía. Finalmente, Sokolov se despidió con su casi obligado Bach-Siloti. Una vez más, no podía encontrarse un cierre más perfecto para una velada mágica, construida desde la introspección y la serenidad.

















