Hay algo felizmente contradictorio en un concierto para violonchelo solo: la presencia solitaria del intérprete, sin soporte ni red, tiene parte de heroico, pero la calidez del instrumento y su carácter íntimo, apuntan en una dirección completamente opuesta. Tal vez esta es la justa distancia a la que aludía el título del concierto, aunando suites de Bach y sonatas de Weinberg en las manos expertas de Mario Brunello. La justa distancia porque Weinberg no homenajea ni intenta ponerse en la estela de Bach con esta forma musical, pero construye un universo emocional compatible por una cierta heterogénesis de los fines.

Brunello ha transitado y grabado ambas obras, por lo que su maestría sobre ellas es indiscutible, aunque aquí, más que nunca, la conexión del momento, la construcción de una narración que ponga una junto a la otra dos constelaciones sonoras tan diferentes, es fundamental. El Bach de Brunello está impregnado de personalidad, lo cual es ya un mérito frente a un corpus tan conocido: el maestro italiano se aleja del mundo de la danza, para plasmar un andamiento más meditativo. Maneja unos tempi orientados al centro: más bien parsimoniosos en los movimientos rápidos y bastante sostenidos en los lentos. El sonido es denso, privilegiando el legato y la profundidad de los registros graves. La afinación fue exquisita en la Suite en sol mayor, mas con algún desliz en la segunda parte con la Suite en re menor, y a nivel global asistimos a un tratamiento muy interesante de las voces justamente como guía de la articulación de las dinámicas y del fraseo. Lo que queda claro es que Brunello no quiere pasar de puntillas sobre estas piezas: se enfrenta a ellas desde un sonido decidido, intentando devolverles toda la dimensión sensorial al tocar los registros más profundos del instrumento. No es un Bach juguetón, como si se tratara de piezas menores dentro de la producción del Kantor de Leipzig; por el contrario es tomado sumamente en serio y decantado en el mismo instante en el que lo ejecuta.

Brunello alternó a las piezas de Bach respectivamente la Sonata núm. 1 (1960) y la Sonata núm. 3 (1971) de Weinberg, ofreciendo una calidad musical excelsa. Desde el hipnótico Adagio inicial de la primera Sonata (que por cierto, llegó a parar y recomenzar por la interrupción persistente de un móvil) hasta los movimientos con sordina (el Alegretto central de la primera obra, y el Presto final de la segunda) Brunello edificó un cosmos marcado por una coherencia interna, una pulsión viva que vertebró los giros sorpresivos que la partitura contiene. Alimentó este planteamiento con una técnica segura, capaz de devolver siempre un sonido cuidado desde todos los puntos del mástil que a menudo Weinberg obliga a recorrer de manera ágil. Tal vez menos constreñido con respecto a las archiconocidas obras de Bach, con Weinberg, Brunello se creció significativamente, destacando en intensidad y expresividad: disfrutamos del poso desencantado que Weinberg propone en cada nota, de su ironía, a la vez que asistíamos al desarrollo ascendente hacia un clímax que nos mantuvo en vilo en cada una de las sonatas.

Brunello se reveló en esta velada como uno de los violonchelistas más interesantes del panorama actual, capaz de transcender los límites del texto y de las épocas, rompiendo cierto aislamiento intratextual, pero al mismo tiempo expresando la personalidad de las obras con máximo rigor. Hubo un sentido unitario a lo largo de todo el concierto, que denota la concentración del intérprete y su voluntad de ofrecer una experiencia viva, un trecho de recorrido juntos, mostrando como diría Machado que “se hace camino al andar”.

















