En ocasiones, la ciencia acuña términos que rozan la vocación literaria. Y, aunque todo concepto es una disposición metafórica, aquellos se prestan al ejercicio con especial coturno. Verbigracia, el vocablo ‘albedo’: Del lat. albēdo ‘blancura’. m. Fís. Proporción existente entre la energía luminosa que incide en una superficie y la que es reflejada. Con motivo de su segunda y última aparición en el Auditorio Nacional –bajo el itinerario de la Ostertournee 2017, que arrancó en Lisboa y continúa ahora por Luxemburgo, París, Barcelona, Zaragoza, Ferrara, Viena y Fráncfort–, Daniel Harding, Christian Gerhaher y la Gustav Mahler Jugendorchester ofrecen una coyuntura idónea para el viaje translaticio. ¡Y qué travesía!

El barítono Christian Gerhaher © Hiromichi Yamamoto
El barítono Christian Gerhaher
© Hiromichi Yamamoto
La obra encargada de inaugurar el repertorio –programa A– fue Altenberg Lieder, op. 4, de Alban Berg. Siempre atento a la consideración de su maestro Arnold Schoenberg –quien, precisamente, dirigió el estreno de dos de los lieder en 1913–, el compositor de Wozzeck plasma los primeros escarceos con el lenguaje dodecafónico en este ciclo de canciones, musicalizando el texto de Peter Altenberg. A lo largo de las cinco piezas –Seele, wie bist du schöner, Sahst du nach dem Gewitterregen, Über die Grenzen des All, Nicht ist gekommen y Hier ist Friede–, la GMJO consolidó un balance maduro, brindando a Gerhaher el soporte adecuado para elaborar pasajes de marcada intimidad y textura prolija. El barítono alemán imprimió profundidad desde un timbre sobrio y Harding coordinó en todo momento la abultada orquestación, logrando no engullir al primero.

En una atmósfera absolutamente diferente se desarrollaron las dos arias de Alfonso y Estrella, ópera de jaez romántico compuesta en 1822 por Franz Schubert y con libreto de Franz von Schober. Particularmente adecuada para la prímula, Sei mir gegrüßt, o Sonne desplegó el talento lírico de todas las voces –incluida, huelga decir, la de Gerhaher, que se sacudió el rigor bergiano con ímpetu y entereza–, irisando la sala a ritmo de oda. Prosiguió Der Jäger ruhte hingegossen, que, merced a los sugerentes acordes del harpa, nos instaló sin turbación en el limbo reparador de la ensoñación schubertiana. La cuerda cantó y la madera tintó con acierto cada uno de los meandros, materializando, en suma, el fantasioso refrigerio propuesto.

La Gustav Mahler Jugenorchester © Cosimo Filippini
La Gustav Mahler Jugenorchester
© Cosimo Filippini

Pero el acontecimiento clave de la velada estaba por llegar: Sinfonía núm. 5 en si bemol mayor, de Anton Bruckner. La obra sinfónica del organista austriaco constituye uno de los mayores retos orquestales a los que cabe enfrentarse –máxime caso de conjuntos en formación–. Amén del desgaste físico y espiritual propiciado por la carga metafísica, conviene considerar la intensidad y extensión de la factura, que se acerca a la hora y media y somete sin tregua a la iteración de motivos y series, aumentando progresivamente el caudal sonoro. La homogeneidad de la interpretación –no hay duda, logro mayor a destacar– permite el análisis simultáneo de los 4 movimientos –Introduktion. Adagio/Allegro, Adagio. Sehr langsam, Scherzo. Molto vivace, Finale. Adagio–. La urdimbre trascendental se tejió desde el pizzicato de bajos –inconmensurable sección, derrochando calidad, tono y empaste en cada tramo– para alentar el vuelo de archi, siempre al compás del visaje británico. La contribución del metal bañó de brillo todo el decurso, pero evitando la desmesura y el desgaje: sincronía y precisión constantes que dieron buena cuenta del talento sedente. La madera –sin excepción: flauta, oboe, clarinete y fagot– brindó momentos impagables –especialmente en las transiciones melódicas– con intervenciones solistas sencillamente magistrales. El timbal se integró en un tutti arrollador, que no descuidó nunca la calidad del acorde, y Harding, líder indiscutible, encauzó la ejecución con artes de maestro avezado: en remate, una exégesis espectacular.

¿Qué añadir a semejante despliegue? El albedo de la GMJO fulgura por sí mismo, devolviendo, cuando menos, tanto como recibe. Al calor de una preparación de primer nivel, el proyecto celebra su 30 aniversario en un estado de forma óptimo. Y, antes de soñar con la Sommertournee –Ingo Metzmacher, Jean-Yves Thibaudet y Valérie Hartmann-Claverie al alimón–, disfrutemos lo que resta de gira. Todavía quedan fechas en España, también bajo el auspicio de Ibermúsica, para deleitarse con el milagro. ¡Larga vida a la GMJO!