La Orchestra della Svizzera italiana se presentaba por primera vez en Ibermúsica, y lo hacía, además, acompañada de una figura legendaria como Martha Argerich, y con Charles Dutoit al frente de un programa meticulosamente pensado para sacar lo mejor de una formación de tamaño reducido, pero de sonoridad ciertamente cuidada. Ravel, Beethoven y Mendelssohn eran un triada bien adecuada para mostrar distintas facetas de la formación suiza.

La suite de Ma mère l’oye del compositor francés abría la velada con una delicadeza tímbrica muy lograda, etérea y a la vez muy plástica y palpable, como si de tejidos de alta factura se tratara: envolvente la cuerda como el terciopelo, ligero y vaporoso el viento como la seda. El gesto de Dutoit fue discreto pero eficaz plasmando unas piezas de un Ravel muy impresionista, ensoñado, y aprovechando al máximo todo el color orquestal que la obra contiene. El trazo de las frases fue flexible, con dinámicas construidas gradualmente y alejándose deliberadamente de una lectura exclusivamente de destellos y brillantez. Los cuentos de Perrault fueron seguramente más evocación que narración bajo la batuta atenta del director suizo.

A continuación, Martha Argerich hizo su ingreso en el escenario para el Concierto para piano y orquesta núm. 1 de Beethoven. La pianista porteña hizo gala desde el comienzo de una apabullante técnica, especialmente en términos de agilidad y ligereza, con una muy buena compenetración con la formación suiza, alcanzando una tímbrica bien estructurada, con el necesario cuidado en las transiciones entre solista y orquesta. Y parafraseando el dicho, el genio está en los detalles: Argerich es capaz de hacer redescubrir pasajes y figuraciones incluso en un concierto tan conocido como este. A veces es suficiente un acento o una inflexión para percibir un matiz que en otras interpretaciones pasa inadvertido, o construir un movimiento como el Largo central, en el que reposan decenios de maestría y sabiduría musical, sin perder espontaneidad y naturalidad. Fue un movimiento de respiro amplio, de una tensión inmanente que se plasma a través del equilibrio perfecto, de la justeza del sonido: nada falta y nada sobra. Asimismo, el Rondó final retomó ese brío del Allegro inicial, vertebrado principalmente por la pulsión rítmica y por un pianismo que preludia al del Beethoven maduro, y que en las manos de Argerich revelaron todo su potencial a la vez que su vigencia.

Tras el descanso, la OSI se enfrentaba a la Sinfonía núm. 4, de Mendelssohn, la Italiana, que alude justamente al viaje que el compositor realizó a ese país en torno a sus veinte años. Dutoit destacó en los movimientos extremos, con claridad expositiva, pulso enérgico y un sonido definido entre el clasicismo que Mendelssohn se resistía a abandonar y un romanticismo en ciernes pero decididamente pujante. Ensoñado el segundo movimiento, en él destacaron los vínculos emocionales con el Largo beethoveniano escuchado en la primera parte, y algo lánguido el Con moto moderato, en general se trató de una lectura bien planteada, sin excesos, captando con acierto esa sonoridad híbrida entre épocas que es tan característica de Mendelssohn.
La Orchestra della Svizzera italiana demostró ser una formación con personalidad propia, de empaste moldeado casi desde una dimensión camerística, que bien propicia programas como este. Por otro lado, con Martha Argerich nada sorprende sobre el papel porque su trayectoria habla por sí sola, pero todo nos sorprende cuando volvemos a escucharla porque es imposible no hacerlo frente a esa perfecta síntesis de técnica, inteligencia musical y ese carisma que, aunque extramusical, sin duda se transmite al público.

















