Si miramos a la intrahistoria del Réquiem de Verdi, podemos dar con indicios de incoherencia con lo que debería ser una obra maestra: una misa de difuntos del compositor de óperas más famoso del momento, un declarado agnóstico anticlerical que ponía todos sus esfuerzos en la unidad de Italia, una obra que surgía en parte del proyecto colectivo frustrado de misa para Rossini. Pero el éxito no se basa sobre la coherencia, y el sello de un Verdi semiretirado de la primera línea constituía aliciente suficiente para que desde su estreno entrara a formar parte de esos réquiems memorables.

En esta ocasión eran la Staatskapelle Dresden con su director Daniele Gatti, el Orfeó Català y un buen cuarteto solista los que traían la obra a Ibermúsica. La lectura del maestro italiano resultó desde el principio caracterizada por la mesura y el equilibrio en dinámicas, tempi y articulación. El gesto de Gatti no es especialmente expresivo pero resulta siempre muy atento y la orquesta responde con precisión. La formación alemana en esta ocasión fue más bien esa presencia discreta, pero sólida, que permitió resaltar el texto a través del coro y los solistas. En todo caso, pudimos apreciar las consabidas cualidades de esta orquesta: desde su cuerda redondeada y pulida, un viento madera bien integrado y un metal bronceo y escultórico. Protagónico sin duda fue el Orfeó Català, que además se reveló como el mayor activo de la ejecución: sonó cohesionado en todo momento, sin que esto impidiera apreciar matices y contrastes entre los registros. Entre los solistas, Eleonora Buratto resultó especialmente convincente en el registro agudo, con buena potencia de emisión y expresividad aunque llegó algo fatigada al Libera me final; el tenor francés Benjamin Bernheim tiene una voz fresca, no muy profunda pero bien articulada, cumpliendo notablemente con el rol aun sonando como el más operístico del cuarteto. Elīna Garanča fue la voz más completa y con más oficio, bien capaz de adaptarse a todos los registros, con constancia y regularidad, mientras que Zanellato, aunque posee un timbre aterciopelado, resultó bastante forzado y constreñido en sus intervenciones.

Siempre hay cierta obsesión con este Réquiem sobre si es una ópera disfrazada de obra religiosa. Puede que sea en parte cierto, pero tal vez resida ahí su belleza. Sí es cierto que Gatti pareció intentar evitarlo dotando a la obra de una mayor serenidad y limando ciertos trances especialmente dramáticos. El resultado en su conjunto fue una lectura muy pulida, a menudo delicada, pero en la que faltó algo de energía. Por ejemplo, el célebre Dies irae, núcleo vertebrador de la obra, no alcanzó a ser estremecedor, al igual que los números con solista sonaron algo refrenados. Pero sí hubo momentos realmente ejemplares, como el Tuba mirum en el que el metal se impuso con ese justo punto de exceso, el Lacrimosa donde la integración entre los cantantes, coro y orquesta se logró con una plenitud tímbrica y una fluidez en el fraseo, perfecto punto de equilibrio entre teatralidad y solemnidad, o el Agnus Dei con el coro a capela desgranado magníficamente.

En conclusión, se trató de una interpretación más contemplativa, de una gran templanza, sin duda cuidada y esmerada en los detalles. Siempre se percibió la intención del director italiano en plasmar un determinado sonido y figuración en cada pasaje: desde la coherencia tímbrica de la formación, al equilibrio entre secciones y voces (con unos cantantes siempre audibles), dando lugar a una energía, que si bien no alcanzó ciertos picos, fue constante en el tejido de la obra, que fue recibida con merecido éxito.

















