La Orquesta Nacional de España sigue concibiendo cada nuevo concierto de esta temporada como un paso más de un ambicioso camino de autoafirmación. David Afkham se sube al podio con la mirada brillante de un joven chef delante de una flamante cocina nueva: vais a ver lo que os hago con esto. Con energía casi adolescente exprime a la orquesta en cada compás, lleva a cada sección al límite de sus posibilidades sin dejar que la tensión decaiga. Afrontó este Holandés con celo sinfónico, exponiendo con énfasis cada motivo, como si se tratara de una obertura en tres actos que agota al oído tanto como a los músicos. Sin el amistoso cobijo del foso, Afkham desató volumen y densidad, sin comprender del todo el claroscuro narrativo ni el delicioso arcaísmo moderno del primer Wagner. Una lectura suntuosa, con más eslora que calado, que parecía incómoda en los pasajes más convencionalmente weberianos (el dúo de Senta y Erik, todo la escritura de Daland –el personaje más carnal y rubicundo que salió del puño de Wagner), pero que brilló en los grandes conjuntos. Su mayor aliado fue, sin duda, un Coro Nacional de España en estado de gracia. El color, especialmente el de la sección masculina, es extraordinario, variado tímbricamente y perfectamente empastado. Bien matizados y con una dicción inusualmente clara, Afkham les dejó dar rienda suelta al volumen en el apoteósico crescendo del III Acto.

La soprano Ricarda Merberth © Mirko Joerg Kellner
La soprano Ricarda Merberth
© Mirko Joerg Kellner

El anticipado protagonista de la noche, Bryn Terfel, cayó en la trampa de su propio éxito. Decidió hacer un Holandés efectista, crepuscular y violento, condensado en un monólogo que cortó la respiración de la sala, pero que vino a cobrar su factura en el tercer acto, donde, agotado, raspó todas las subidas al agudo. Terfel comenzó su intervención por el pasillo de la platea, forzando el sonido en toda la tesitura (es increíble cómo una voz tan heterodoxamente emitida puede tener tanto volumen), con el registro grave completamente abierto y con notorios portamentos en todas las subidas al pasaje. El timbre tiene una sonoridad rica en el centro pero de color netamente baritonal. Con impecable dicción, desgrana cada frase con una tensión que tiene al espectador en vilo, pendiente de cada acento. Es gracias a ese pulso narrativo que consigue dar a su monólogo la altura épica que sus medios y su técnica le regatean. Su Holandés es doliente y cínico, descreído y rudo, apenas deja lugar para la esperanza de la redención en su dúo con Senta. Con Terfel, la historia que presenciamos es una más del rosario de puertos y Sentas que el Holandés ha dejado atrás, culminando en un final que no es drama, sino repetición trágica.

La Senta de Ricarda Merbeth, sin embargo, le da la vuelta por completo a esa lectura de la obra (es lo que tienen también las versiones en concierto, que puedes tener a dos solistas actuando con códigos dramáticos opuestos…). Su Senta es Romántica hasta el punto de la alucinación. Su confianza en el poder de su amor redentor conecta con las bases melodramáticas del primer Wagner. Con seguridad arrolladora y basándose en una técnica vocal excelsa fue la triunfadora de la noche. El material es de color un poco metálico y agrio que tiende a ahuecarse en el agudo, pero la voz es extensa y sólida. La colocación del tercio agudo es magistral, todo in maschera (con un gesto muy característico de sonrisa constante), lo que le permite una afinación milimétrica y una perfecta homogeneidad de color en los endiablados saltos interválicos de la balada. Como Terfel, es una experta narradora wagneriana y construye cada frase con magnetismo irresistible. Algunos detalles de acento fueron brillantes, como esa forma lasciva de arrastrar las consonantes en la intervención que precede al primer encuentro con el Holandés. Creyente solitaria, su sacrificio final es tan feliz y triunfante que consigue convertir a su personaje en el verdadero eje dramático de la obra.

El resto del reparto acompañó desigualmente a la pareja protagonista. Andreas Bauer sustituyó a última hora a un indispuesto Peter Rose en el papel de Daland. El color es excesivamente lírico y claro pero cantó con gusto y convicción un Daland luminoso y simpático en su avaricia. Torsten Kerl no estuvo tan afortunado como Erik. Después de un dúo correcto, aunque ya lastrado por un pasaje sin resolver, se derrumbó en su arieta, rozando el accidente. Dmitry Ivanchey fue un timonel de voz bonita pero fraseo algo anónimo. Mención de honor para Pilar Vázquez que supo aprovechar al máximo su breve papel y demostró que tiene unos medios privilegiados y un buen dominio del fraseo wagneriano.

Nada puede sustituir a la escena, y menos en una ópera wagneriana en la que prescindir de ella es contradecir abiertamente los presupuestos artísticos de su autor, pero la organización hizo un loable esfuerzo por meter al público en la historia. Los cantantes actuaron sin partitura, aprovechando todo el espacio del escenario y los pasillos y con básica interactuación gestual. Una iluminación ambiental y dos detalles de escenografía (un pequeño barco y una rueca) ayudaron si no a dramatizar, sí a ilustrar. En definitiva, una buena noche de ópera, montada con ambición y ganas, y con una Senta para el recuerdo.