Resulta llamativo que para despedir una temporada de conciertos la OCNE se haya decantado por un Réquiem, y no por uno como el de Brahms, que contiene notorios elementos optimistas, sino por el de Verdi, donde la inquietud y el desasosiego conviven de principio a fin. Tratada de manera aislada, o incluso como culminación de una seria de programas, la obra no parece ser la más acertada para despedir un ciclo que, por lo demás, ha estado pertrechado de conciertos extraordinarios. Pero si la consideramos como final de una temporada titulada “Locuras”, que viene precedida de la anterior “Malditos”, se comprende fácilmente que la elección del Réquiem es acertada, toda vez que la que nos espera se llama “Redenciones”.

David Afkham dirige la OCNE en el concierto de cierre de temporada © Jseús Robisco
David Afkham dirige la OCNE en el concierto de cierre de temporada
© Jseús Robisco

Sea cual sea el motivo, el caso es que la Orquesta y el Coro Nacional de España brillaron con luz propia desde que las cuerdas iniciaron el Introito y el Coro pronunció, con una serenidad conmovedora las palabras “Requiem aeternam dona eis, Domine”, haciendo evidente una capacidad de conjunto y de afinación sobresalientes. David Afkham marcó el tempo pausado y reflexivo, y condujo a la formación desde la sobriedad inicial hasta la inmensidad de la súplica del Kyrie eleison. Desde estos primeros compases el clima general ya se sentía construido, y ya se prefiguraba, sin duda, un concierto memorable.

La presentación de los solistas en el Kyrie eleison hizo también notorio que para esta ocasión la elección del cuarteto se había cuidado meticulosamente atendiendo a unas cualidades interpretativas y vocales excepcionales; y no podría ser de otra manera en una obra en la que la intervención de los solistas es constante. Rara vez se aprecia un cuarteto solista tan compenetrado en el que los valores individuales están siempre dirigidos a favorecer la música en su conjunto, y en el que no sobresale uno sobre los otros por la amplitud de su timbre o de su gestualidad. Quienes estuvieron presentes seguramente habrán comprobado esta labor de compenetración con suma claridad en el Agnus Dei, cuando soprano y contralto entonaron las palabras Agnus Dei, qui tollis peccata mundi al unísono, y sin el sustento de la orquesta. Es cierto que la conducción rítmica de David Afkham fue más que un hilo de Ariadna para las solistas, pero también lo es que la sensación de unicidad que propiciaron Marina Prudenskaya y Aga Mikolaj fue sobresaliente. También lo fue la intervención del coro, a quien Verdi propone las mismas dificultades que a los solistas en el Agnus Dei (concédasenos la oportunidad para aplaudir a su director Miguel Ángel García Cañamero, cuya labor, por no verse físicamente en los conciertos sinfónicos, a veces pasa desapercibida, y sin embargo es de una vital importancia).

El Coro y la Orquesta Nacionales de España con David Afkham al frente © Jesús Robisco
El Coro y la Orquesta Nacionales de España con David Afkham al frente
© Jesús Robisco

También la orquesta se mostró, en general, muy compacta, especialmente las cuerdas y las maderas a lo largo de todo el Réquiem, y particularmente en el sempiterno Dies Irae, que irrumpe a lo largo de toda la obra para sobrecoger al oyente con su tremenda amenaza. No cabe duda de que esta Secuencia ha de ser tratada con cierta severidad, no en vano anuncia al juez que ha de venir a juzgarlo todo estrictamente, pero en este caso la dirección alentó más de lo prudente a la percusión y a los metales, y por ello sus intervenciones, a pesar de contener la intención de lo terrible, resultaron en ocasiones exageradas y estridentes. Sin embargo, también resultaron efectivas a la hora de ilustrar el contenido trágico que le es propia a este inquietante himno latino.

En cualquier caso, la formación al completo mostró un carácter interpretativo de acuerdo a las intenciones dramáticas que se le atribuyen a una misa de réquiem, y particularmente a la de Verdi, compuesto, como saben, como consecuencia de la muerte del poeta Alessandro Manzoni. Así que no cabe sino despedir “con honores” esta temporada que ha ofrecido tantos conciertos memorables en el marco de sus “Locuras”, y aplaudir a la OCNE y a su director titular por hacer de nuestra orquesta un marco de referencia en el panorama actual de la Música Clásica. Quedamos emplazados, pues, para el inicio del nuevo curso, para saber qué nos depara la OCNE en su nueva temporada “Redenciones”.

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