Evocación, contemplación y acción: la íntima conexión que se diseñaba entre las obras en programa, la Sinfonía de los salmos de Stravinsky y la Novena sinfonía de Beethoven, tiene que ver con la relación de estos tres conceptos que obligaron al oyente a mutar constantemente su predisposición a la escucha y a la recepción de la música. A través de esta clave, David Afkham, en este concierto de clausura de la temporada “Redenciones”, supo dar nuevo esmalte al plato principal de la tarde, la sinfonía beethoviana que, siendo obra archiconocida, corre el riesgo de ser un arma de doble filo.

En tal sentido, la sinfonía coral de Stranvisky, pieza igualmente importante del repertorio del siglo XX, nos llevó a un mundo lejano en el que se aludía a las sonoridades familiares, pero evitando su presencia. Así la peculiar elección de la sección instrumental sin violines, ni violas, ni clarinetes, pero con dos pianos y arpas nos ofrecía un color que evocaba el oro de los mosaicos bizantinos y los iconos ortodoxos rusos, que se redondeaba con la participación del coro -siempre bien integrado con las intenciones de Afkham. Si bien la pieza contiene algunos momentos de gran intensidad rítmica, sobre todo en el tercer movimiento, que nos recordaban al Stravinsky de la Consagración de la primavera o de Las bodas, la sensación general era la de un círculo contemplativo en el que las palabras de los salmos nos mecían en la espera de la llegada de aquello que se evocaba, de forma constante y sin excesos; es de destacar también un sentido melódico muy bien desarrollado, logrado a partir de una lectura muy expresiva del contrapunto que atraviesa plenamente la obra y que floreció tanto en las partes de predominio coral, como en los momentos de mayor predominio instrumental.

David Afkham dirige la Orquesta y Coro Nacionales durante la Novena de Beethoven
David Afkham dirige la Orquesta y Coro Nacionales durante la Novena de Beethoven

Después del descanso y con la reorganización de la orquesta, Afkham se enfrentó a una de las páginas más significativas de la historia de la música. Por ser conocida y amada prácticamente por todos, enfrentarse a la Novena sinfonía de Beethoven supone someterse a la comparación de un sinfín de interpretaciones. Pero Afkham no anda escaso de valor en tal sentido: tomó, desde los primeros compases unas pautas muy claras. Frente a la inevitable conexión emocional con el público que la sinfonía provoca, el director alemán optó por un acercamiento sosegado: las transiciones entre las voces fueron claras y se buscó siempre un sonido limpio, sin mucha acumulación de extractos sonoros. Esta dosificación de las energías prosiguió a lo largo de todo el primer movimiento, mientras que en el Scherzo la conducción fue algo más desenfadada, aprovechando del proceder más vivaz y del mayor empleo del viento y la percusión. En todo caso, la ONE nunca se desató definitivamente. El Adagio fue de suma delicadeza: susurros y recogimiento. Cabe aun decir que en algún momento la tensión dramática se rebajó un poco en favor de una exposición del sonido más desligada de las estructuras: otra vez, pura contemplación; aunque hacia el final del movimiento la batuta tomó un rumbo más decidido para prepararse ya al paso sucesivo. La parte introductoria del cuarto movimiento se mantuvo todavía en la dirección medida de los movimientos anteriores, con un momento sublime en la enunciación del tema principal por la cuerda a la que se añadió el viento ya justo antes de comenzar la parte coral. Sin embargo, con las palabras del bajo “O Freunde, nicht diese Töne!” saltó la contención precedente: la entrada del coro fue contundente (incluso un poco excesiva en algunos momentos) y los solistas hicieron bien su parte, con carácter. Afkham liberó las energías del conjunto y con tiempo bastante sostenido propició un sonido más robusto, plasmando esa idea de fraternidad universal que evoca la oda de Schiller. La obra acabó de forma redonda, dando lugar al entusiasmo, hasta ahora refrenado, del público.

En suma, fue una forma significativa de cerrar la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España, con un programa más bien antológico que mostró asimismo el trabajo de su director, siempre capaz de confrontar con las partituras más importantes y conocidas con espíritu renovado. Evocando los hitos del pasado, contemplando con distancia, pero finalmente transformando todo ello. Porque “en principio era la acción”.