El barítono alemán Christian Gerhaher, asiduo en las temporadas del Ciclo de Lied, volvía al Teatro de la Zarzuela esta vez para interpretar una de las obras cumbre del género alemán: el Winterreise, ciclo de 24 canciones compuesto por Schubert en 1827. Se trata de un corpus que ya tiene historia en el ciclo madrileño, pues ha sido interpretado ya diez veces a lo largo de su andadura por grandes intérpretes. Y una vez más, esta velada expresiva y emocional resultó ser una gran noche, un broche inmejorable para cerrar la temporada.

El barítono Christian Gerhaher y el pianista Gerold Huber © Silvia Lelli
El barítono Christian Gerhaher y el pianista Gerold Huber
© Silvia Lelli

En este concierto de una duración de hora y media sin descanso, los dos artistas alemanes interpretaron en su forma completa este liederkreise o círculo de canciones, teniendo en cuenta las dificultades que ello conllevaría. La problemática de la tesitura se hizo notar en las primeras canciones, como en Die Wetterfahne (La veleta), donde Gerhaher tuvo que hacer uso del piano para poder entonar algunos pasajes graves. Posiblemente estaba reservando su voz, ya que, a partir de la quinta canción, Der Linderbaum (El tilo, la más conocida del ciclo), demostró  un gran control sobre el ámbito vocal interpretando con gran belleza la linea melódica, tal vez no demasiado compleja pero con algunos saltos grandes, a veces de octavas, que afrontó con naturalidad y seguridad. Se pudo observar su entendimiento profundo de este repertorio en el texto, muy dicho y excesivamente pronunciado, algo que también permite la inteligente y sensible escritura del compositor austríaco.

Gerold Huber estuvo muy acertado durante toda la velada, concibiendo la parte de piano no como un simple acompañamiento sino como una partitura importante del repertorio pianístico, respetando el contrapunto escrito por Schubert y la expresividad. Destacó su rubatto natural, sin perder el tempo, y estando completamente sincronizado con el cantante.

Si bien el elemento expresivo y emocional es clave en este repertorio, la apuesta de Gerhaher era por una gestualidad mínima, manteniendo una postura uniforme y un muy escaso movimiento que no lastrase las necesidades musicales. Esto demuestra el altísimo nivel de concentración que requiere este conjunto de canciones, por lo general de carácter triste y melancólico, casi siempre en modo menor, en el que se recorren diversas sensaciones o estados de ánimo en vez de contar una historia.

Gerhaher y Huber consiguieron un éxito total, con un público muy receptivo (posiblemente por la expectación que había recibido este recital, con el teatro casi lleno) que ovacionó a los dos músicos tras la última nota de la última canción del ciclo, Der Leiermann (El zanfonista). Sin duda, una noche que el fiel públcio del Ciclo de Lied no olviará.

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