El pasado domingo, la séptima temporada del exitoso ciclo 'Universo Barroco' organizado por el CNDM, se inauguraba con el carácter trompetero y de fanfarria del primer Concierto de Brandemburgo de Johann Sebastian Bach, de la mano de una de las orquestas especializadas en el compositor de Eisenach más importantes. El conjunto holandés, liderado por su fundador Ton Koopman, afrontaba los seis conciertos escritos para el margrave de Brandenburg-Schwedt, Christian Ludwig en 1721, aportando nuevas ideas y propuestas interpretativas a una de las obras cumbre del repertorio barroco.

El clavecinista neerlandés optó por ordenar los conciertos en función de la instrumentación y tamaño de la agrupación, comenzando por el más sonoro, con carácter de fanfarria, el número uno. Aquí se observó cierta descompensación entre las familias de instrumentos. Las trompas solistas, aunque muy acertadas en las notas, estuvieron demasiado presentes, tapando a una orquesta con una cantidad de violines y violas que comenzó careciendo de volumen y unidad. Catherine Manson interpretó el violín piccolo con poco volumen, aumentando la descompensación.

Ton Koopman al frente de la Amsterdam Baroque Orchestra © Amsterdam Baroque Orchestra and Choir
Ton Koopman al frente de la Amsterdam Baroque Orchestra
© Amsterdam Baroque Orchestra and Choir

Conforme avanzó la velada, la orquesta encontró ese sonido conjunto y elegante que le caracteriza, especialmente en los dos conciertos intermedios, los números tres y seis, escritos sólo para instrumentos de cuerda. Quizá a ello contribuyeron los cambios en la formación y su tamaño, más adaptados a las cualidades sonoras de cada instrumento solista. Koopman optó por incluir una viola da gamba entre los violonchelos solistas del tercer concierto, lo que resultó en una sonoridad diferente a la normalmente escuchada, arrojando de esta forma nuevas propuestas para la interpretación de la música del compositor germano. Así hizo también en el segundo concierto, que originalmente incluye dos flautas de pico solistas, al sustituir una de ellas por un oboe.

Posiblemente, la decisión en cuanto a los tempi (uno de los grandes caballos de batalla en la interpretación historicista) fuese la menos acertada de Koopman. Unos tempi lentos, cercanos al Andante, mermaban la gran expresividad que contienen algunos de estos movimientos. Por otra parte, los números iniciales y finales de cada movimiento fueron interpretados de forma apresurada y a veces atropellada, con momentos como el solo de clave en el quinto concierto, donde Koopman tomó un tempo excesivo y el discurso resultaba poco comprensible. Este efecto contrastaba y chocaba con la claridad, delicadeza y afectuosidad de la interpretación de los otros dos instrumentos solistas, Manson al violín y Wilbert Hazelzet con el traverso barroco.

En los dos últimos conciertos, el segundo y el cuarto, la orquesta ofreció un magnífico sonido y un buen equilibrio, en especial en el cuarto, donde las flautas demostraron gran soltura en los pasajes complejos, así como Manson en el pasaje virtuosístico que le correspondía en esta obra. El público se mostró agradecido, por lo que la orquesta ofreció dos propinas, el Aria de la tercera suite orquestal, obra archifamosa, y el minueto del primer concierto de Brandemburgo.

En definitiva, Koopman y su ‘tropa’ consiguieron ofrecer momentos de gran unidad, de sonido y dirección de línea verdaderamente dignos de las mejores versiones de las obras orquestales de Bach; sin embargo, en otros no llegaron a tal nivel. Quizá por intentar innovar u ofrecer una versión más efectista y sorprendente, no consiguieron transmitir la genialidad contrapuntística del compositor de Eisenach.

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