Recientemente en diversos espacios musicales españoles se ha estado revalorando la labor compositiva de Manuel García, la cual no ha sido, hasta los últimos años, tan tenida en cuenta y conocida como su faceta de tenor rossiniano y, en especial, como maestro de canto, con su método para el bel canto Ejercicios y método de canto. La Fundación Juan March, dentro de su programación de Ópera de Cámara, se une a estas recuperaciones con una propuesta de gran interés y de un estilo nada habitual en el resto de escenarios: Le cinesi.

<i>Le cinesi</i> de Manuel García en la Fundación Juan March © Dolores Iglesias | Fundación Juan March
Le cinesi de Manuel García en la Fundación Juan March
© Dolores Iglesias | Fundación Juan March

Compuesta en 1831 junto con otras cuatro óperas de salón, Le cinesi se basa en el libreto de Pietro Metastasio, uno de los poetas y libretistas más importantes de la ópera del siglo XVIII, que siguió teniendo éxito y consideración durante las primeras décadas del XIX. La trama se desarrolla en la aristocracia y nobleza china del siglo XVIII (la escenógrafa Bárbara Lluch la sitúa durante la dinastía Qing), muestra del gusto por lo exótico que empezaba a darse en la europa dieciochesca, aumentando en el siglo XIX. Con algunos ajustes en la dramaturgia y los versos por parte de Manuel García, esta ópera de una hora de duración cuenta con tan solo cuatro personajes: tres doncellas (Lisinga, Sivene y Tangía), sumidas en un gran aburrimiento, deciden, junto con Silango, hermano de Lisinga, matar el tedio interpretando escenas operísticas arquetípicas (escenas trágicas, cómicas y pastorales). La trama carece de un gran argumento (tan solo el amor entre Silango y Tangía que se ve realizado al final de la obra) ya que el interés reside en estas pequeñas arias operísticas y que los diferentes personajes comentan. La propuesta escénica está muy conseguida: Barbara Lluch realiza una puesta en escena historicista, con vestuarios y atrezo de la época y estilo oriental.

Vocalmente nos encontramos ante una obra de gran dificultad: el tenor y compositor sevillano escribió la partitura teniendo en mente sus alumnas, que en este caso eran miembros de la familia imperial en Viena. Con tan solo el acompañamiento del piano, la escritura vocal, en el estilo belcantista que podemos observar en las óperas de Rossini, está aun más expuesta y por razones de volumen puede ampliarse el ámbito y la tesitura. Esto lo podemos observar en la parte de tenor, que fue interpretada en esta producción por José Manuel Zapata. Su gran presencia escénica y vis cómica estuvieron por encima de la interpretación estrictamente musical, sobre todo en la parte aguda donde escuchamos ciertas imprecisiones y acentuaciones innecesarias. El resto del reparto vocal estaba formado por tres jóvenes cantantes: Marina Monzó (Lisinga), Cristina Toledo (Sivene) y Marifé Nogales (Tangía). Debemos destacar la interpretación de Marina Monzó, con un timbre de gran belleza y un fraseo muy conseguido, que, combinado con una expresividad destacada en la labor actoral, crearon uno de los momentos más emocionantes de la obra: el aria Prenditi il figlio… Ah no!. Cristina Toledo ofreció momentos también de gran interés tanto vocal y como escénico, solventando las dificultades de la partitura de García, mientras que Marifé Nogales en el papel de Tangía encontró más problemáticas, especialmente en la zona grave. Los cantantes consiguieron incorporar a su interpretación el carácter de sus personajes, a la vez que podían formar parte del cuadro escénico y visual cuando no se encontraban cantando. La labor de Rubén Fernández Aguirre como director musical y pianista fue magnífica, con una ejecución limpia y elegante, a la vez que realizaba indicaciones de dirección a los cantantes.

Los momentos más interesantes en la partitura fueron sin duda los concertantes, gran especialidad de Manuel García. Tanto el terceto inicial, Si direbbe con raggione como el cuarteto final, Voli il piede in lieti giri, fueron interpretados con gran solvencia, pudiéndose distinguir las sutilezas en el contrapunto polifónico de la escritura, dentro de un tejido de gran complejidad. La Fundación Juan March acertó sin duda en muchos aspectos: la belleza y conciencia historicista de la propuesta escénica de Bárbara Lluch; la dirección musical de Rubén Fernández Aguirre y la posibilidad de ver grandes promesas de la lírica española; y sobre todo, una oportunidad de escuchar el legado compositivo y musical de uno de los personajes más influyentes en la historia de la lírica europea: Manuel García.