Aún hoy, al escuchar los instantes finales de la Novena del 54 que dirigiera Furtwängler en Lucerna, a cualquier oyente le resulta complicado permanecer sentado en el sillón cuando la orquesta se desboca con ese prestissimo vertiginoso que el alemán lleva hasta el paroxismo, casi doblando la velocidad que llevaba al arrancar el movimiento. A pesar de sus numerosas licencias, de su enfoque personalísimo, Furtwängler imparte una clase magistral de lo que se denomina como direccionalidad en música. Es ese momento, es ese lugar donde sucede la erupción volcánica que se llevaba fraguando más de una hora. Mantener ese tempo durante todo el movimiento hubiera sido un suicidio expresivo a todas luces. Por eso resulta inexplicable que un maestro de la talla de Gergiev, curtido y que sabe planificar como pocos, acometa todo el Finale con una urgencia tal, que impida al Orfeón encontrar asiento armónico alguno y aniquile las líneas melódicas que Beethoven dejó escondidas en las distintas secciones. Y no es que la velocidad en sí sea mala, es la falta de sentido en el uso de ésta lo que la hace venenosa.

Valery Gergiev © Pablo Strubell
Valery Gergiev
© Pablo Strubell

La dirección pecó de cierto gusto por el capricho, con paradas, aceleraciones y ralentizaciones bastante bruscas que restaban redondez a la factura sonora, y obviaban esa sensación de paz interior hallada que transmite todo el movimiento final. Con todo, la orquesta sigue siendo una extensión del brazo de Gergiev y defiende sus indicaciones con aplomo. El cuarteto solista fue extraño, con un bajo, Mikhail Petrenko, tal vez demasiado implicado, más cerca de la perorata que del canto en sí mismo, y un tenor todo lo contrario, ausente en canto y en actitud. Timbre y emisión muy cuidadas las de la soprano Victoria Yastrebova y menos luces para la mezzosoprano, Yuluia Matochkina, que pasó casi desapercibida. El Orfeón rindió a un altísimo nivel, e hizo lo que pudo con unos tempi que no le permitían articular decentemente. Sin estrangulamientos y a pesar de la crispación, la afinación volvió a ser portentosa. Se llevó (y merecidamente) la mayor ovación. Obviando este último movimiento, la dirección de Gergiev tuvo sus luces y sombras. El primer movimiento fue un ejercicio de disección instrumental muy bien hilado, una especie de radiografía por secciones que el director iba mostrando sin perder nunca el sentido general del discurso. El segundo y tercer movimientos, algo más rutinarios y pesantes. Tal vez los entendiera como contrapunto al veloz final. Si esa era la idea, no funcionó.

El Orfeón Donostiarra y la Orquesta del Teatro Mariinski © Pablo Strubell
El Orfeón Donostiarra y la Orquesta del Teatro Mariinski
© Pablo Strubell

El programa había tenido una primera parte, con el Concierto para piano nº 2 de D. Shostakovich, leído con brío y sin desmesuras. Su segundo movimiento, más imbuido del lenguaje y la sustancia cinematográfica que adquiriría el ruso con el tiempo, acabó siendo lo más redondo y sentido de la noche. Sin ampulosidad (que no la necesita) ni excesos de rubato (que sólo la lastrarían), la Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinski propuso una lectura con empaste, que buscaba sonido de masa orquestal desligándose de una idea instrumental más individualizada. Denis Matsuev parece seguir el prototipo de ataque duro e intenso del primer Atskhenzy de la década de los sesenta, con virtuosismo bien entendido y potencia para dar y regalar.

Al final, contento general del público en un concierto que fue puro y lujoso capricho.   

***11