“'Legalidad', ¿qué es eso? No conozco el significado de esa palabra, en este país mi voluntad es la ley”. No, estas palabras de un gobernante no están extraídas de la última edición del New York Times ni del Pravda, sino del libreto de El gallo de oro, que estos días representa el Teatro Real de Madrid. Una buena oportunidad para acercarse a un género, la sátira política, que desde Aristófanes hasta nuestros días, orbita alrededor de los mismos temas y que, por desgracia, siempre está de rabiosa actualidad.

Escena de <i>El gallo de oro</i> en el Teatro Real © Javier del Real | Teatro Real
Escena de El gallo de oro en el Teatro Real
© Javier del Real | Teatro Real

Es una obra apenas representada pero que merece la pena conocer por la cantidad de precisos tesoros que encierra, especialmente en esta producción de Laurent Pelly. El director sitúa esta fábula en un entorno onírico, lóbrego, desde esas montañas de carbón que dominan la escena, en la que, desde el primer vistazo, se adivina que el destino inevitable del mal gobierno es la decadencia. El humor compite con los brotes de tragedia, manteniendo siempre un afinado equilibrio –es tan fácil caer en el ridículo al abordar este género. Hay un hipnótico atractivo en lo visual, una aguda imaginación en las dinámicas escénicas y cierta perversidad en unos figurines que funcionan como buen resumen de la historia: los altos estamentos del reino muestran rimbombantes blancos en las cabezas degradándose en sucia oscuridad hacia los bajos, y para el pueblo, directamente, negro pobreza.

Venera Gimadieva © Javier del Real | Teatro Real
Venera Gimadieva
© Javier del Real | Teatro Real

La pareja protagonista es lo mejor de un elenco vocal muy notable. El compositor asignó al zafio Zar las partes más simplonas de la partitura y una vocalidad que casi siempre ronda el recitativo. Dmitry Ulyanov tiene una voz potente y rotunda y unas dotes actorales que le permitieron completar una actuación redonda. Pero lo mejor de su interpretación es, paradójicamente, esa musicalidad que aparece insistentemente en sus declamatorios. Frente a él, la fascinante actuación de Venera Gimadieva como Zarina de Shemajá hizo del segundo acto, el largo momento de seducción, lo mejor de la noche. Bordó una actuación que desafía las etiquetas simples de dramática-lírica y que nos evoca numerosos referentes: la sensualidad sinuosa de las muchachas flor de Parsifal, una habilidad para las coloraturas propia del bel canto, y algunos agudos implacables e inclementes que por momentos parecen un adelanto de Turandot. Los jóvenes príncipes ofrecieron un retrato simpático y una emisión vigorosa, aunque al hermano mayor, interpretado por Sergei Skorokhodov, se le fuera la afinación a la baja en cada ataque a la parte aguda del registro. El astrólogo de Alexander Kravets, sibilino y quimérico, basó su actuación en continuos y desvergonzados saltos al falsete, autorizados por su papel para tenor altino. El resto del reparto cumplió sobrado, centrando su interpretación sobre todo en aspectos teatrales. Hay que destacar entre todos ellos el doble papel para el gallo, con Sara Blanch acercando elegantemente música y cacareos desde el foso, y a Frantxa Arraiza en la parte escénica, con unos movimientos deliciosa e impecablemente animales.

Venera Gimadieva (Zarina de Shemajá) y Dmitry Ulyanov (Zar Dodón) © Javier del Real | Teatro Real
Venera Gimadieva (Zarina de Shemajá) y Dmitry Ulyanov (Zar Dodón)
© Javier del Real | Teatro Real

Tras unos pasos inciertos la pasada temporada, parece que Ivor Bolton por fin se siente cómodo con una orquesta que ha demostrado su enorme potencial si está en las manos adecuadas. Volvió a convencer con su interpretación aprovechando esta música repleta de posibilidades, recreándose en sus melodías sensuales y orquestaciones flamígeras, en las que continuamente asoman orientalismos. Muy apropiadamente, Bolton buscó la máxima continuidad para dulcificar una partitura que de otro modo puede resultar fragmentada en exceso. En este trabajo sobresalieron las maderas, siempre vivaces, para resaltar los disparates de la acción y una sección grave de cuerdas para las hermosas melodías cromáticas que acompañan a la Zarina.

El gallo de oro © Javier del Real | Teatro Real
El gallo de oro
© Javier del Real | Teatro Real

El gallo de oro es un trabajo insólitamente crítico para su época que, consecuentemente, Rimski-Kórsakov no pudo ver estrenado en vida. Es una obra que en malas manos puede quedarse en tan solo un entremés sobredimensionado, pero que en esta ocasión, gracias a la conjunción de elementos, destila magia, calidad artística y un toque ácido de presente.