Para celebrar su nonagésimo aniversario, la Orquesta Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México, encabezada por su director titular, Sylvain Gasançon, presentó un programa de una sola obra: la Sinfonía núm. 5 de Gustav Mahler. A pesar de haber trabajado en seis sinfonías más, antes de su muerte en 1911, Mahler siguió revisando la Quinta de manera obsesiva hasta sus últimos meses de vida, realizando cambios en la orquestación, la dinámica y la articulación que reflejaban la evolución de su estilo y su minuciosa atención al detalle.
La sinfonía tuvo un comienzo un tanto accidentado, ya que el solista de trompeta tocó desafinado. Sin embargo, la entrada tutti de la orquesta fue satisfactoria, logrando la sensación de una marcha fúnebre. No obstante, en varios momentos del movimiento, los metales fallaron o se saltaron notas, lo cual a veces se notó en los momentos culminantes. Además, la tarola (marcada como piano) atravesó la textura orquestal con un volumen significativamente más alto, lo que resultó en una mezcla un tanto desigual. Otro error de percusión surgió en los momentos finales del movimiento, donde no se siguió el decrescendo en el bombo, lo que disminuyó el efecto de apagamiento. En general, aunque el movimiento se ejecutó con clímax adecuadamente impactantes, faltó la hiperespecificidad mahleriana de las instrucciones de interpretación.

Es raro que una interpretación del segundo movimiento esté a la altura de la indicación de Mahler Con movimientos tempestuosos, con la mayor vehemencia, y aunque las cuerdas y los vientos madera lo lograron aquí, los metales y la percusión se quedaron un poco cortos. El movimiento avanzó con su carácter esquizofrénico, y los pasajes más suaves (como el soli de violonchelo) se ejecutaron magistralmente. El famoso estallido en re mayor que presagia el final fue una sorpresa (tal como debe sonar); sin embargo, no contrastó lo suficiente con la dinámica previa como para acentuar verdaderamente su carácter extraño. No obstante, el final suave y reservado del movimiento fue efectivo.
Los problemas con los metales volvieron a surgir en el scherzo, desde el primer compás, con una entrada inestable de las trompas. Sin embargo, el tema del ländler se desarrolló con su alegría característica, lo que proporcionó un contraste eficaz con la sombría primera parte de la sinfonía. Aunque el corno obbligato titubeó en algunos momentos, desempeñó bien su papel de protagonista, tendiendo un puente entre las secciones contrastantes del movimiento con sus melodías inconclusas que parecen preguntas. Se produjo una ligera desincronización en la coda, pero el movimiento concluyó con fuerza.
El Adagietto, ese movimiento tan conocido de Mahler, fue el momento culminante de la noche. La orquestación de solo cuerdas supuso un cambio notable respecto a la orquestación densa de las dos partes anteriores de la sinfonía, y las armonías anhelantes resonaron por toda la sala con el patetismo característico de Mahler. Una interpretación hermosa.
Aunque la entrada de los metales en el quinto movimiento fue impreciso, se logró resaltar con éxito la complejidad contrapuntística de este movimiento, con una interpretación muy impresionante de los vientos de madera en los pasajes difíciles. El control de la dinámica aquí también fue, en general, mejor que en los movimientos anteriores, y algunos de los crescendi alcanzaron verdaderamente proporciones mahlerianas. A pesar de otra ligera desincronización en la coda —un pasaje lleno de rápidos cambios de tempo, ritardandi y accelerandi— la sinfonía tuvo un final contundente. A pesar de los errores, fue una interpretación agradable y satisfactoria. Para celebrar el aniversario de la orquesta, cerraron la velada con un bis de Huapango, de José Pablo Moncayo.













