Como el tercero de los conciertos que se encuentran bajo el epígrafe Cuadernos de viajes, presentó la OSPA un ambicioso programa que nos trasladó de Rusia a Argentina con billete de ida y vuelta, dirigido por David Lockington y como solista la violinista Bella Hristova, que resultó ser un verdadero descubrimiento.

La violinista Bella Hristova © Lisa-Marie Mazzucco
La violinista Bella Hristova
© Lisa-Marie Mazzucco

Abrió el concierto el poema sinfónico Una noche en el Monte Pelado, una partitura de Modest Mussorgsky que sin lugar a duda es fiel reflejo de la personalidad compositiva del ruso, y que fue completada por la mano de Rimsky-Korsakov. Lockington optó por una dirección impetuosa en cuanto a los cambios de tempo y de dinámica, y ahí se sintió cómodo mostrando una lúcida serenidad, reflejo del asaz conocimiento que tiene de la orquesta por ser su principal director convidado. Esto resultó definitivo para engrandecer el carácter de la obra, intensificando mayormente los empujes inmanentes de la partitura, y así los espíritus narrados por Mussorgsky realmente nos aterrorizaron. Todo este ambiente enfervorecido contrasta de manera radical cuando se oye la campana que disipa los espectros, dejándonos sumidos en una maravillosa calma y en perfecta predisposición para deleitarnos con la siguiente obra.

Quedó reducida la orquesta únicamente a la cuerda y en el atril Las cuatro estaciones porteñas de Astor Piazzolla, una obra harto personal que resulta de la revisión de su pasión tanguera y jazzística, aunado con el gusto por una de las obras más consagradas de la música occidental: Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi. Es esta una producción para los grandes virtuosos, plagada de todo tipo de compromisos para el solista, donde la técnica no encumbra al perito sin la existencia de la garra y la introspección. De ese modo se presentó Bella Hristova. Se liberó de la técnica más tradicional, despojándose de toda pompa y así mostrarse visceral y con sinceridad, mostrarse de verdad… Todo fue grandiosidad, desde el primer sonido se auguró su energía, deslizándose sobre un delicioso portamento y un prodigioso juego de armónicos que sonaron en perfecta afinación, con gusto e intensidad. La violinista remarcó las melodías lacrimosas con un profundo legato y una eminente expresividad. Fuerte presencia tuvo el violonchelo en la evocación del otoño porteño, que con su apenada sonoridad mostró la cara más desgarradora de la melancólica estación.

Lockington por su parte permaneció con elegante aplomo, afianzando las texturas y otorgando un cálido sabor orquestal, supeditándose por completo ante la excelencia de la solista. Los numerosos cambios de dinámica y los prominentes rubato demostraron esa alianza, sin embargo lo cierto es que esa garra que le sobraba a Hristova por momentos le faltó a la orquesta, lo que hubiera coadyuvado a elevar la intensidad comunicativa en algunos pasajes.

La segunda parte estuvo presidida por Francesca da Rimini, “Fantasía después de Dante”, op. 32 de Piotr Ilich Tchaikovsky, y fue la desencadenante para que esa placidez que demostró Lockington durante todo el concierto rápidamente se disipara. Supo sacar partido a la fastuosa filigrana con un extenso abanico de matices, aportando un discurso de lo más coherente con frases muy bien hiladas y matizadas sobre el gesto del director. Y justamente de esa manera se desplegó esplendorosa ante el opulento colorido orquestal, destacando los arcos que sonaron como un gran conjunto. Gestando el finale, el director incrementó el tempo de forma frenética con tanto ímpetu que la batuta saltó por los aires, lo que quedará como la anécdota de la velada.

El concierto quedará consolidado en nuestra memoria como un verdadero éxito, tanto por el acierto en el elección del programa como por el descubrimiento de una prócer violinista.