El intercambio entre la Sinfónica de Galicia y la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias permitió la presencia de la orquesta ovetense en el abono sábado de la OSG. Fue una versión reducida de la OSPA, probablemente pensada desde los temores de la pandemia, con lo cual no pudimos disfrutar del potencial completo de la orquesta. Se trataba de un programa clásico, Mozart-Haydn, y diseñado en base a la clásica fórmula obertura-concierto-sinfonía.

El pianista Kit Armstrong en el Palacio de la Ópera
© Marta Barbón | OSPA

La inspirada fusión de solemnidad y vitalidad que constituye la obertura de La clemencia de Tito fue un prometedor arranque. Unas cuerdas empastadas imprimieron incisividad a los pasajes más amenazantes de la obertura, así como a los vibrantes e intensos crescendi. Estas se conjugaron idealmente con unas maderas y trompas que respondieron a la perfección dando vida a las primigenias melodías mozartianas. El Concierto para piano núm. 11 en re mayor, de Haydn permitió disfrutar del hacer del joven pianista americano Kit Armstrong. La amplia y popular introducción del Vivace, a pesar de su carácter galante fue llevado a un tiempo vertiginoso por el director, el belga David Reiland, quien demostró una vez más una especial afinidad con el repertorio clásico. Escrita en el registro agudo de las cuerdas, éstas lidiaron a la perfección con el tiempo, imprimiendo una chispeante jovialidad a la interpretación. La entrada del solista se movió por ese mismo registro vertiginoso, de lucimiento, probablemente el mismo que inspiró a Haydn y a la pianista dedicataria de la obra. Es Armstrong una personalidad prodigiosa; pianista, compositor, matemático. Sin embargo, ante el teclado mostró una contención y una humildad asombrosa; dejando en todo momento que la música tuviese el protagonismo absoluto. Es un pianista con una digitación prodigiosa, que extrae del piano un sonido límpido y cristalino, pero al mismo tiempo está dotado de la musicalidad necesaria para jugar con las dinámicas a conciencia e introducir oportunas inflexiones en su fraseo. En definitiva, consiguió imprimir a la interpretación un sentido y una dirección convincente de principio a fin. Mención destacada merece la beethoveniana cadenza del primer movimiento, construida con un gran sentido de la forma. El melancólico Un poco adagio evitó el sentimentalismo fácil, trasladándonos Armstrong a un mundo atemporal de una belleza inefable.

David Reiland y la Sinfónica del Principado de Asturias en La Coruña
© Marta Barbón | OSPA
La evocadora sección central fue una auténtica delicia que culminó en una nueva cadenza, más abstracta y enigmática, pero que en las manos de Armstrong no desentonó en absoluto con el discurso previo. El Rondo all’Ungarese final fue llevado de forma galopante, impulsiva, más propia del barroco que del clasicismo, pero con sus inesperados giros, tanto del solista como de la orquesta, fue una fuente de deleite inagotable. La OSPA respondió con una precisión casi perfeccionista a las demandas del solista y del director dando vida a cada detalle con estilo y musicalidad. Armstrong respondió generosamente a los continuos aplausos con el Preludio y Fuga núm. 1 de El clave bien temperado

Sin descanso se abordó la Sinfonía núm. 33, K319, de Mozart. Las sensaciones no fueron tan estimulantes. La transparencia y fluidez que caracterizó a toda la primera parte no afloró de la misma manera en el Allegro assai inicial. Daba la sensación de que los diversos episodios que recorren el movimiento, se sucedían de forma rutinaria, sin introducir el necesario contraste entre unos y otros. El humor y la jovialidad tan bien explotados en Haydn, dieron paso en Mozart a la rutina. A una música de extremos, que se debate entre la energía y la elegancia; lo peor que puede sucederle es caer en una tierra de nadie. Hasta las fanfarrias de las trompetas, siempre estimulantes, sonaron convencionales. El Andante moderato no mejoró las sensaciones, con una introducción un tanto amanerada y un segundo tema que pide ser interpretado de forma mucho más etérea, como si fuese una mágica suspensión. Esta vez el ideal no se hizo realidad. Mejoró sin embargo la interpretación en el breve Menuetto y un incisivo Finale, en el que las cuerdas y las maderas volvieron a brillar aportando elocuencia y energía a raudales.

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