Tras una temporada marcada por escándalos y unas grises perspectivas sobre la escena lírica en Valencia, el Palau de les Arts ha elegido como colofón al curso musical uno de esos éxitos verdianos que nunca fallan, Nabucco.

<i>Nabucco</i> en el Palau de les Arts © Tato Baeza
Nabucco en el Palau de les Arts
© Tato Baeza

Nabucco es un auténtico caleidoscopio de emociones. Conquistador, padre, dios, loco e iluminado, supone un lujo para los barítonos que cuenten con los medios vocales y la inteligencia dramática para aprovecharlo. Leo Nucci, esa leyenda viviente, canceló su participación en esta producción por enfermedad, y se le echó de menos desde el mismo momento que se anunció su retirada. Es uno de sus papeles insignia y algunos ya se atrevían incluso a soñar con algún bis como el mítico del Real, años atrás, con Rigoletto. El florentino Devid Ceconni le sustituyó en el último minuto y, quizá por la precipitación, ofreció una actuación muy irregular. Esforzado y perdido en los dos primeros actos, no pudo mostrar los recursos necesarios para hacer creíble –a veces ni tan siquiera audible– al emperador y rey dios. Tras el descanso se produjo una inesperada recuperación y logró dar la réplica a una fiera Abigaille coronada, para ofrecer luego lo mejor de sí mismo en su oración "Dio di Giuda". Con la orquesta retenida, pudo exhibir un color aterciopelado, buen legato y fraseo con gusto. No fue esto suficiente para arrancar aplausos del público.

Sí los arrancó, y merecidamente, la que ha sido la estrella de la producción: Abigaille, encarnada en la italiana Anna Pirozzi. El papel de este personaje infame y ambicioso requiere una soprano todo terreno, capaz tanto en los extremos superiores de la cuerda –coloraturas y sobreagudos– como en los más bajos –graves potentes y capacidades dramáticas– para resolver la, en principio, imposible ecuación que combina agilidad con un rabioso sentido dramático. Desde que triunfara en este mismo papel en el Festival de Salzburgo, esta joven soprano ha hecho de este "destrozavoces" su carta de presentación, y con buenas razones. Posee una voz fornida, firme, de notable caudal y un color menos oscuro del que es habitual para este personaje. Segura en cada una de sus intervenciones, conquistó a la audiencia con el agudo, limpio, potente y penetrante; y con la delicadeza de sus agilidades y portamentos. Demostró además su faceta más lírica en un sentido "Anch'io dischiuso un giorno" y estuvo solvente incluso en la zona más baja, sobreviviendo a los vertiginosos saltos descendentes de hasta dos octavas con los que Verdi castiga a sus intérpretes. Se convirtió en la protagonista absoluta en cada uno de los momentos que pisó el escenario.

La calidad del resto del reparto vocal se situó en algún punto intermedio de la de los dos protagonistas. Serguéi Artamonov, como Zaccaria, no es el bajo profundo que el papel de líder espiritual de un pueblo demanda. Anduvo furtivo y de puntillas por las notas más graves de su tesitura, pero mostró buen gusto y un delicado y bello canto sobre el aliento en su profecía "Vieni, o Levita". Brian Jadge en su papel de Ismaele, presumió de buen volumen y control, aunque su canto, algo engolado, le restara belleza al timbre de su voz. Por eso funcionó mejor en los momentos corales y concertantes que en sus momentos en solitario. Nos quedamos con ganas de escuchar más de la sólida y canónica voz de mezzo de Varduhi Abrahamyan, pero el papel de Fenena no lo permite.

Escena de <i>Nabucco</i> © Tato Baeza
Escena de Nabucco
© Tato Baeza

Las masas corales tienen un papel inusualmente importante y difícil en una obra de su época, un pueblo entero habla por su boca. El coro de la Comunidad Valenciana lució calidad y buen oficio y se erigió en el segundo triunfador de la noche. Impecable ejecución del siempre esperado "Va, pensiero", apoyada en la precisión y el dominio de las dinámicas: desde potentes forte en los que en ningún momento se adivinó el grito, hasta electrificantes y emotivos piano sostenidos.

La producción de Yannis Kokkos propone una actualización total de los elementos estéticos tradicionales, dejando intactos los aspectos narrativos del libreto. Utiliza para ello decorados planos, regios colores oscuros y metales envejecidos, arropados en el lenguaje minimalista tan frecuente de las últimas décadas. Así, la historia, simplificada y ahora intemporal, no habla ya de Babilonia, sino de modo más abstracto, de los grandes temas de poder, amor, traición con los que nos es más fácil identificarnos. El juego de luces certeras y oscuridades profundas subraya la acción eficazmente, aunque seguramente hubiera funcionado mejor en un teatro que, a diferencia del diseño de Calatrava, no fuera totalmente blanco.

Y en el foso, el director Nicola Luisotti consiguió una lectura limpia y enérgica, sacando lo mejor de la orquesta local. Navegó con tiempos ágiles y con atención al metrónomo en los momentos orquestales, y los flexibilizó en los apoyos a los cantantes. Arrebatadores por cierto los chelos en solitario de los minutos finales, en cooperativa competición con los filados de Pirezzi.

Al acabar, una afición entregada a Verdi, al canto y al futuro de la ópera en Valencia. Los excesos del pasado han pasado factura, pero el género, aunque herido, resiste. Esperemos que muy pronto mejore.

***11