Aunque de sobra es conocida la amplitud del repertorio pianístico de Pollini, este ingeniero del piano nos obsequió con un recital en el que se conjugaron dos cumbres del pianismo romántico: Schumann y Chopin. Entró concentrado, sin mirar al público y preparado para realizar la titánica tarea de ofrecer, con más de siete décadas en la espalda, un concierto de casi dos horas. Con una muestra de dominio técnico apabullante que no dejó indiferente a nadie y lejos de gestos innecesarios, el pianista interpretó el ambicioso Allegro en si menor, Op.8 de Schumann, con cuya cadencia inicial dio muestras de por qué el mismísimo Arthur Rubinstein reconoció su valía cuando el italiano contaba tan sólo con dieciocho años: "toca ya mejor que algunos de nosotros".

El pianista italiano Maurizio Pollini © Cosimo Filippini / DG
El pianista italiano Maurizio Pollini
© Cosimo Filippini / DG

Pollini desentrañó, eso sí, sin estridencias, ese lenguaje compositivo schumanniano en el que, con una escritura poco pianística, el piano se convierte en el medio y no en el fin. Esclareció fríamente el complejo entramado de texturas y el sentido polifónico que encierra esta obra, aunque la intención de marcar los contrastes abruptos y el referente de la orquesta pareció quedar aplacado por un sorprendente eco continuo de toses y estornudos en la sala. La sensación fue in crescendo cuando la Fantasía en do mayor de Schumann, dedicada a Liszt, dejó entrever la latente introspección de las emociones que convergen en ella. En un momento en el que el compositor luchaba por obtener el beneplácito del padre de la que sería su fuente de inspiración y compañera, Clara Wieck, Schumann demanda apasionamiento para un primer movimiento que se remonta a una composición anterior. Vehemencia es lo que precisamente faltó en él ya desde el turbulento inicio, un grito de amor en el que se rememora la renuncia obligada hacia su amada. Líneas melódicas cargadas de amargura que representaban el intenso mundo interior del compositor eran cantadas por el propio Pollini en medio de la agitación. Como si quisiese acallar los ruidos que de vez en cuando se escuchaban, el italiano abordó con toda su energía el segundo movimiento de marcha, marcando el contrapunto que en él se esconde y que parece intentar querer superar cualquier límite. El clímax llego con su final, en el que el público, ahogado por la turbulenta maraña de notas, saltó entusiasmado frente a un Pollini que lo culminó bastante acalorado (... pero señores: ¡todavía no ha terminado!).

Tras la tempestad, llegó la calma de la mano de un introspectivo y lírico último movimiento que nos traía a la mente ecos de las Op.109 y Op.111 de Beethoven. Pollini respiró y ofreció una bocanada de aire fresco a un auditorio que quedó encandilado ante la paleta de matices trazados que subrayaban su carácter poético. Sin duda, todo un homenaje a Beethoven. En Schumann, el italiano venció con total maestría ese conflicto que emana de sus construcciones rítmicas y que sugieren un impulso constante por violentar las normas clásicas en búsqueda continua de la libertad creativa.

Chopin concentró la atención de la segunda parte de la velada, un compositor al que Pollini ha paseado a lo largo de todo el mundo. Con una muestra de obras de pequeño y mediano formato, la expectación ante lo que prometía ser una segunda parte histórica quedó algo enturbiada. Lo que debía ser, no fue. La interpretación de estas formas en las que la idea musical parece surgir y desarrollarse de manera casi improvisada, pareció obviar la ternura que de ellas emana. A excepción de la Barcarola en fa sostenido mayor Op.60, que fue una muestra en la que el intérprete combinó el equilibrio entre el control técnico y la delicadeza a la hora de plasmar una amplia gama de matices, las obras que completaron esta segunda sección discurrieron sin plasmar ciertos elementos indispensables de la dialéctica chopiniana. En los dos Nocturnos del Op.55 (rico en adornos el primero, complejo y denso el segundo), el fraseo, el ideal de declamación de la voz humana y la ornamentación al servicio de la libertad melódica, se perdieron entre sus melodías, verdaderas y profundas creaciones poéticas. Y es que la ausencia de estos elementos, mutila el sentido de su existencia. Sin embargo, guió a los oyentes a través de los laberínticos pasajes de la Polonesa-fantasía núm. 7, Op.61. En esta pieza, las partes, que se sucedían sin aparente conexión pero con un ímpetu tempestuoso, una digitación enrevesada y unos marcados contrastes que en ocasiones parecían impedir vislumbrar su final, hicieron de la interpretación un alarde de control técnico en una continua búsqueda de perfección. Pollini ilustró magistralmente la transformación radical que el compositor efectúa en el Scherzo (antes alegre y ahora dramático). Confrontó la brillantez dramática con momentos de intenso lirismo, desde el desgarrador descenso de octavas inicial hasta el coral del segundo tema en donde, con una belleza serena, conquistó la admiración de un público tras una coda furiosa.

Las propinas no se hicieron de rogar: un revolucionario estudio de Chopin, que dejó algunas notas por el camino, y la imponente Balada en sol menor Op.23 levantaron al público de sus asientos, que reconoció su entrega y dedicación. Sin embargo, hay que ser justos: las ausencias aquí comentadas de este prodigio del piano son aciertos plenos en las interpretaciones de Stockhausen, Nono o Boulez. Pollini, cumbre y gloria de una época pasada que vivió una lucha febril ante la búsqueda de la perfección, queda, a día de hoy, como un mito entre un público cuyos gustos han evolucionado desde la búsqueda de la perfección hacía la profundidad musical. Esto no es óbice para que uno sepa reconocer a toda una leyenda viva del piano cuando la tiene delante.

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