El CNDM continúa su labor de recuperación y difusión del repertorio español, en este caso de mano de La Tempestad, uno de los conjuntos más interesantes en el panorama de la interpretación histórica en España. El programa del concierto constaba de obras instrumentales virtuosísticas en la corte española de los siglos XVIII y XIX. El grupo camerístico liderado por la clavecinista Silvia Márquez afrontaba este difícil y poco común repertorio con un programa que abarcaba cerca de siglo y medio, y que reunía obras de Scarlatti, Pergolesi y Corselli, además de otros compositores menos conocidos. La relación entre Madrid y Nápoles en esos tiempos, y las oposiciones a plazas de instrumentistas en la Real Capilla de Madrid durante los reinados de Carlos III y Carlos IV fueron los contextos por los que discurrió esta velada galante y brillante.

La clavecinista Silvia Márquez © Pilar Morales
La clavecinista Silvia Márquez
© Pilar Morales

Las intenciones musicales de La Tempestad se vieron plasmadas desde la primera obra, Concertino a quattro en re mayor de Francesco Corselli, figura central en el mundo musical de los primeros borbones. El paso del barroco tardío al periodo clásico se podía observar en la mezcla de un gran sentido melódico -con frases que anticipan lo que sería la forma clásica- y la presencia de un estilo contrapuntístico, características también presentes en las sonatas de Domenico Scarlatti. Estas obras, K 81 y K 90, son de las pocas del compositor napolitano con bajo cifrado. Una práctica habitual de la época era la de realizar versiones con más instrumentos, decisión que tomó La Tempestad, ofreciéndonos así la oportunidad de escuchar pequeñas joyas de este gran corpus, con los timbres de la cuerda frotada, fagot, oboe y flauta añadidos.

La influencia galante napolitana de Scarlatti o Pergolesi está muy presente en las obras que de Manuel Narro y Manuel Cavaza ofreció el conjunto. Destacó sobre todo la Sonata en si menor para flauta y continuo que compuso Manuel Cavaza para opositar a la plaza de instrumentista en la Real Capilla en 1777. Guillermo Peñalver, uno de los flautistas más reconocidos en el ámbito de la música antigua hoy en día, mostró una gran facilidad y naturalidad la hora de leer e interpretar esta partitura. A pesar de la fecha de composición, la obra contiene muchos trazos del estilo barroco, o 'estilo moderno', como lo calificó el mismo Cavaza en su tratado El cantor instruido, de 1754.

Posiblemente las obras más interesantes en cuanto a estilo fueron las de Francesco Federici y De Juan y Martínez. El Sexteto n. 3 de Federici, compuesto en 1820, es de una factura algo ambigua que recuerda a la obra camerística de Mozart, especialmente en las intervenciones de la trompa, tocada en esta ocasión por Javier Bonet. Se trata de una obra más clásica que romántica en la que la línea de bajo pasa del clave a las partes de trompa y fagot. La elección del registro de laúd en el clave por parte de Silvia Márquez resultó muy acertada, ya que anticipa un sonido menos brusco, más parecido al pianoforte. El trompista Javier Bonet interpretó con virtuosismo y dedicación Pieza de repente. Oposición a la plaza de trompa de la Real Capilla, obra de José de Juan y Martínez, nacido en 1812. El título de 'pieza de repente' hace referencia a que fue escrita para ser interpretada a primera vista ante el tribunal de las oposiciones.

El conjunto historicista La Tempestad
El conjunto historicista La Tempestad

Para cerrar la velada, Silvia Márquez y La Tempestad ofrecieron un estreno en nuestro país, el Concierto para dos claves de Pergolesi, figura de gran importancia en el periodo galante, fallecido a la temprana edad de 25 años, en 1736. Los dos clavecinistas (Alfonso Sebastián, que hasta entonces había hecho el continuo, se unió para realizar el segundo clave) se compenetraron a la perfección. La energía de Sebastián se mezclaba con la elegancia que aportaba la clavecinista aragonesa. La estructura del concierto recordaba bastante a la obra de Vivaldi y del último barroco, con un Adagio de melodía bellísima, y las series de séptimas del Allegro final.

El interpretar un programa tan variado puede plantear dificultades en cuanto a la afinación y el temperamento. Se notaron problemas especialmente en las cuerdas frotadas al principio, o con la intervención de los vientos, que suelen requerir una afinación más aguda de la que se utilizó. Sin embargo, el conjunto se fue sintiendo más cómodo conforme avanzaba el concierto. Los continuos cambios de la posición de los claves en el escenario, aunque ralentizaban el discurso, sí aportaban mayor o menor volumen en función de la pieza. Estas incovenientes no impidieron que La Tempestad demostrase, una vez más, el importante lugar que ocupa en la interpretación del repertorio de este periodo.

Existe la sensación de un cierto vacío en el repertorio de música española del periodo Clásico, especialmente de la instrumental. Pequeñas joyas como el Concierto para clave y cuerda de Manuel Narro, que se escuchó por primera vez desde su estreno en 1767, demuestran la falsedad de esa percepción. Ojalá este concierto incite a jóvenes intérpretes y conjuntos a abordar y atreverse con este repertorio que es íntimo y a la vez brillante, y del que todavía hay mucho por descubrir.

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