El poeta Constantino Cavafis dejó escrito que, tras un periodo de oscuridad, “cuando una ventana se abra será un consuelo”, aun a pesar de no saber con certeza qué podrá aparecer detrás. De este modo, la 42 edición del Festival Ensems (adaptada) se ha convertido en un ventanal polícromo a través del cual escapar de los “días opresivos”, causados por la crisis sanitaria. Bajo el lema “Hibridaciones” da cobijo a talleres didácticos, propuestas de arte sonoro, artes escénicas, música de cámara, música de banda y sinfónica, casi en su totalidad de creación reciente. Y cuando las obras son anteriores, se confrontan con las actuales de tal manera que se establece un diálogo, como es el caso, enriquecedor.

Dentro de Ensems, es habitual que la Orquesta de Valencia ocupe una de las veladas, con un programa en el que la contemporaneidad, las más de las veces, se ha disimulado entre páginas modernistas, incluso románticas, más del gusto de sus abonados. En esta ocasión no sucedió así y se agradece que con la terna de compositores elegidos se pudiera evocar, por ejemplo, el acervo cultural común de Béla Bartók y György Ligeti, y la prolongación del interés de este último por especular con el sonido en la forma cómo lo hace el valenciano Carlos Fontcuberta. Todo ello concertado por Jordi Francés, de gesto claro y preciso y refinado gusto para desentrañar los recovecos de este repertorio.

Jordi Francés y Carlos Apellániz durante el estreno de <i>Finestres</i> con la Orquesta de Valencia © Contre Vent i Fusta | Festival Ensems
Jordi Francés y Carlos Apellániz durante el estreno de Finestres con la Orquesta de Valencia
© Contre Vent i Fusta | Festival Ensems

Así, el aparente desorden que Ligeti introdujo en Melodien, en la que los solistas parecen entablar un diálogo en el que todos se atropellan y nadie se escucha sobre densas capas armónicas microtonales, resultó controlado, proporcionado e inteligible. Después, estas masas sonoras y el oleaje que se forma en algunos pasajes tuvieron correspondencia en Finestres. Concierto para piano y orquesta, de Fontcuberta. Un músico formado en París, de escuela espectralista, que no por ello reniega de otras herencias.

Finestres (ventanas) se convirtió, sin pretenderlo, en un símbolo de todos esos vanos a los que nos asomamos durante el confinamiento. Cada uno de sus cuatro movimientos recurre a un gesto sonoro diferenciado y se interpretan enlazados por tres breves paréntesis, a modo de velados visillos. “Marina” es una impresión pictórica de inconfundible sabor galo. El solista emerge tras el denso oleaje que da forma a la introducción. “Celeste” es un breve cúmulo de timbres pequeños, puntuales y delicados. “Onírica” tiene cierta flacidez surrealista, generada por soplidos, reverberaciones, efectos en el oboe y un interminable bucle descendente en el solista.

Por último, “Metropolitana” representa la agitación urbana asociada al jazz y a la acumulación de chispeantes citas de otros conciertos para piano (de las más audibles fueron las correspondientes al Tercero de Prokófiev y al Concierto en sol de Ravel), de anuncios publicitarios, la recreación del paisaje sonoro de una estación de tren e incluso la aparición de un guiño irónico a la señal de aviso de inicio de concierto del Palau de la Música, cerrado por obras desde 2019. En esta obra, Jordi Francés consiguió el equilibrio necesario entre sonido y ruido para alcanzar cada una de esas atmósferas. La orquesta estuvo atenta y detallista en la copiosa paleta que se le solicita. Y, por su parte, Carlos Apellániz fluctuó con fruición y facilidad entre preciosos momentos de quietud contemplativa y el vibrante virtuosismo del final.

De alguna manera, Béla Bartók, también se asomó a algunas ventanas en su Concierto para orquesta; unas, de calado introspectivo y otras de añoranza. Cuando lo compuso era un “refugiado no voluntario” en Estados Unidos, ahuyentado por el fascismo, y ya estaba ajado por la leucemia. En manos de Francés y la Orquesta de Valencia resultó una página de contrastes bien definidos. Las amenazadoras referencias iniciales a la nocturnidad de El Castillo del duque Barbazul fueron compensadas por el humorismo y la amabilidad del “Intermezzo interrotto” y la gracia en hacer bailar a los ritmos rotos propios del folclore húngaro. En el “Giuoco delle copie” llamó la atención el interés del director en realzar los contrapuntos de las cuerdas a cada intervención solista. En “Elegía” sonaron carnosos los violines y redonda la canción húngara. En todos los solistas se vio gusto y musicalidad, y, tal vez fuera el cansancio (el protocolo sanitario no permitió hacer descanso) o la dificultad del “Finale”, pero fue aquí donde más titubeos se produjeron. No obstante, no impidieron que saliéramos reconfortados.

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