Doce años después de su última aparición, Norma regresaba a un Teatre de La Faràndula bastante concurrido y con un doble reparto que, en la función de estreno, ofrecía un nivel global suficiente aunque irregular. Tras el esfuerzo y el buen resultado con El holandés errante, equilibrar la balanza con una producción de hace casi tres lustros, tampoco resultó especialmente sangrante.
De este modo, se recuperaba la puesta en escena firmada por el equipo habitual formado por Carles Ortiz y Jordi Galobart, prácticamente intacta —con algún matiz, si la memoria no nos traiciona— y construida sobre muy pocos elementos (el árbol de los druidas y un enorme plano moderno y abstracto que simulaba las estancias de Norma), con contrastes lumínicos básicos en las ambientaciones: colores toscos —marrones y naranjas— y atmósferas grises y tenuemente azuladas. Todo ello, sumado a un movimiento escénico simple, anclado en el posturismo inherente al título, cumplió de manera funcional, dejando entrever qué cantantes poseían mayores dotes actorales y cuáles menos. En el segundo acto, un cambio de vestuario para las protagonistas introducía una mínima variación visual.
En el foso, Julio García Vico confirmaba las expectativas que despierta su juventud, con un gesto que transmite ideas —sobre todo con la izquierda— y una energía y pasión evidentes. Nombre a seguir, sin duda. Dejó detalles remarcables, como la delicadeza suspendida del final de la obertura —maderas y arpa—, impulsando la dramaturgia musical, muy atento al coro y acompañando a los solistas, si bien muchos recitativos caían en cierto tedio. El coro respondió con solvencia, especialmente en el “¡Guerra, guerra!” del segundo acto.

El director buscó matices mediante soluciones agógicas que pretendían aportar espesor dramático. Pero los medios y el calendario de ensayos son los que son, y en el estreno se percibía que aún faltaba una última cocción en la asimilación: una batalla que, con la infraestructura que tiene la Fundació Òpera Catalunya, debería estar resuelta. Muy atento a las voces, priorizó equilibrios y dinámicas por encima de la mera pulsación. Optó ocasionalmente por tempi rápidos, como en la cabaletta del trío final del acto I, donde los fuera de escena resultaron tan poco efectivos como inexistentes en otros pasajes. Limitaciones del teatro y de los efectivos, ya se sabe, que desactivaban uno de los grandes trucos teatrales del ilusionismo operístico a la hora de crear paisajes sonoros y simultaneidad de acciones.
En el reparto, el tenor Kenneth Tarver cumplió notablemente: bella zona central, intencionalidad en el fraseo y buena respuesta en los conjuntos, aunque sufrió en la cabaletta de salida, al margen de algunos pasajes algo fuera de estilo. Con todo, vocalmente su Pollione nos resultó más interesante que el Rodolfo de la temporada anterior. La más regular de la noche fue Anna Tobella, con una Adalgisa elegante, emocionalmente matizada, con presencia escénica y meticulosa en la dicción, solo enturbiada por algunos agudos tirantes y gritados que debería recalibrar para no deslucir una muy buena actuación.
Por su parte, Maribel Ortega asumía Norma con la autoridad de dos décadas de trayectoria y el reconocimiento de haber sostenido roles como este —y otros verdianos y puccinianos— dentro del circuito de Òpera Catalunya. Pero hoy su instrumento parece pedir una escritura menos sfogata y más spianata: aunque defiende la ornamentación, no siempre lo hace con la homogeneidad de línea ni la pulcritud de antaño. Su "Casta Diva", bien fraseada y sostenida, fue un buen inicio para un rol que exige resistencia y demanda cualidades muy distintas desde la mitad del acto I en adelante. Algo que el placebo en forma de notas al programa no explicaba, recreándose en la tan trillada analogía entre Norma y Medea, sin indicación alguna en torno al canto y la vocalidad de los personajes. Y es que desde hace tiempo la divulgación de la casa blanquea lo esencial: la música que, en su ausencia, reduce la ópera a argumentos e historias. Y de eso el teatro y el cine también van sobrados. Entre los comprimarios, estimable profesionalidad la de Laura Obradors; mientras que David Cervera, vocalmente engolado y de proyección escasa, firmó un Oroveso poco memorable.

