Andrés Orozco-Estrada volvió al podio de l'Auditori custodiando esta vez su batuta frente a la Orquesta Gürzenich de Colonia, y acompañado de la soprano Christiane Karg, para ejecutar un programa repleto de contrastes dramáticos y tímbricos. Una lectura que atravesó la evolución posromántica alemana, un viaje de consolidaciones y maneras artísticas de musicalizar el mundo, des de la inflexión generada por Wagner, pasando por la innovación de Strauss y finalizando con el ocaso musico-lingüístico de Mahler. El recorrido ensalzó la potencia del lenguaje orquestal y su capacidad psicológica en tres narrativas; de monumentalidad y expresión variada, teniendo como nexo una orquestación rica en expresión e intensidad, en busca de una lectura global.

Orozco-Estrada llevó a cabo la obertura de El holandés errante de Wagner consiguiendo una tensión dramática bien contenida, a través de las excelentes cuerdas –unas de las mejores que servidora ha escuchado– y la densidad de los metales; acumulando los crescendi, lograron un discurso orgánico y unitario en cuanto a expansión y transcendencia de los motivos principales de la pieza. La amplitud de los intervalos y el tratamiento cromático consiguieron recrear la monumentalidad de la obra sin perderse en la impetuosidad emotiva, siendo también la síntesis de la obra en sí, por su especial representación leitmotívica. La Gürzenich logró equilibrar las capas sonoras, matizando la inestabilidad de la narrativa y acogiendo la diversidad emocional de los grandes arcos dinámicos de la pieza. En esta primera muestra, tanto dirección como orquesta fijaron su excepcionalidad en ejecución.
Con la sección final del Capriccio, op. 85 de Strauss, la tónica cambió hacia una lectura meditativa y refinada, donde el protagonismo recayó en la esencia melancólica. Con especial detalle se vivió la coexistencia de texto y música con la participación de Christiane Karg, quien construyó una línea vocal elegante, y que acompañaba la continuidad de Orozco-Estrada en las modulaciones. La voz de Karg resultó sensualmente tímbrica en las suspensiones temporales; trató con tino la melancolía y el carácter frágil del texto. Una ejecución que subrayaba la complejidad y sutileza del amplio rango dinámico: el lirismo, la tímbrica o la tensión controlada del personaje. Aun con naturalidad, con su legato, Krag flotaba entre una orquesta que controlaba los matices suspendidos en la lectura, las modulaciones dramáticas e íntimas y captando la esencia vulnerable de la pieza.

Para cerrar el programa, la Sinfonía núm. 1 “Titán” de Mahler volvió a poner el valor del conjunto en la diversidad de sonoridades; la narrativa desprendió una dimensión expresiva, trasladada de nuevo por una carga tensada durante el desarrollo del primer movimiento. Los pasajes líricos y el pianissimo asumieron el protagonismo, con Orozco-Estrada construyendo orgánicamente la expansión musical hacia el siguiente movimiento. Evocando el espíritu vitalista y danzable del pasaje, la orquesta trasladó la energía física y el impulso rítmico, mezclando espontaneidad con tosquedad en una atmósfera ambigua, logrando una buscada exageración. La Gürzenich inició el recorrido hacia la conclusión del concierto eludiendo el summum dramático; desplegando un episodio de contrapuntos y respiraciones amplias, la dirección se orientaba a la unificación de las tensiones emocionales de los anteriores pasajes, aunando los diferentes impulsos. La esencia heroica, lírica y violenta subrayaron esta última línea musical envuelta en la fragmentación, dominando por unos metales brillantes.
Fue un programa repleto de monumentalidades sonoras, donde la Gürzenich de Colonia y Andrés Orozco-Estrada destacaron su dominio interpretativo, en el que sobresalió la impecable ejecución de la sección de cuerdas, en una lectura limpia, precisa y de sonido refinado.

















